El rugido del mar canta entre campos de hierba

POR Gabriel Ríos
Truman Capote incorporó en su obra el conocimiento de la naturaleza humana, sus instituciones y convicciones, mediante adultos que no han salido de la infancia. Dibujó al hombre de nuestros días, que se enfrenta a las tinieblas
(anaastasia.wordpress.com)
Allá por los años 70, a mediados de la década, leí un libro que me pareció infinitamente superior a cualquier otro que se me hubiera cruzado en el camino: El arpa de hierba, de Truman Capote. Curiosamente me lo regaló mi novia que viajó conmigo a la Unión Soviética, pues después de habernos conocido en San Francisco, habíamos aterrizado maravillados con la película Desayuno en Tifanny’s, más que nada con Audrey Hepburn, pero también habíamos leído la crónica extraordinaria del escritor favorito del momento, de la culminación de una gira mundial, de Porgy and Bess, la ópera del compositor George Gerswin, de la que habíamos escuchado una y mil veces, influidos por los comentarios de amigos en común, que viajaban con frecuencia. Otra de las cosas por las que decidimos ir a la Unión Soviética, era para que Luzma practicara lo poco que había aprendido de ruso.

Parte de la crónica de Capote la habíamos conseguido en una librería de viejo en una de tantas calles sucias de la Ciudad de México. “Se oyen las musas”, poco tuvo que ver con el final de la obra de Truman Capote, donde se propuso extinguir su humor, perdiéndose la frase del hombre, que en auto-entrevista de aquellos años afirmaba que de él no conocía más que virtudes.
Pensamos que fue así como asimiló la verdad como ilusión, enterrado gustosamente en la flor y nata de la sociedad estadounidense, pues la tan esperada novela Plegarias atendidas, fue la que menos trabajó, y se redujo a la descripción del masajista de algunas momias aristócratas, de editores y condesas, de espíritus con aroma a Jicky y cronistas sobornados.
Curiosamente, Luxma y yo partimos también de Berlín y atravesamos las puertas de Brandenburgo en un expreso azul, como lo hiciera Truman Capote en 1956. Ella nunca se quitó el gorro de lana negra, siempre abrazando al oso misha de peluche que habíamos comprado en Alemania. Recuerdo que ella no dejaba de sonreír, como sólo puede hacerlo una chica de 20 años que le divertía comer salchichas, pan negro y frutas. Ocupamos un compartimiento enorme, y al igual o muy parecido a lo contado por Capote, recibíamos la visita de un cachorrito bóxer, pero éste de pintas negras y blancas. Después de mimarlo, darle dulces y devolverlo a su dueño, un señor gordo, muy gordo llamado Orson Wilson se quedaba dormida, con el abrigo puesto.
(aletheiamuip.com)
En esos años, la explosión de fuegos artificiales animó el desierto y una isla tropical, Música para camaleones, fue un contenedor de saurios fosforescentes, acuarelas de Holliday Golightly, de esa adorable criatura llamada Marylin Monroe, además de un relato acucioso de un crimen, en el cual, el protagonista Jack Pepper resuelve el crucigrama de las serpientes de cascabel, saboreando los cuerpos de los Roberts.
Me sigue impactando esa estupenda estampa de Brooklyn Heights, que visitamos Luzma y yo hace añísimos. Nada más porque sabíamos que allí había vivido Edmund Wilson, quien le dedicó a ese lugar maravilloso, de casas de ladrillo rosa y rojo, un fragmento de lo que él consideraba la agonía y muerte de los Heights. Nos remontamos al año de 1959, cuando el vecindario poseía el atractivo de acoger a personalidades como Hart Crane, Thomas Wolfe, W. H. Auden, Richard  Wright, Carson Mc Cullers, Paul y Jane Bowles, Benjamín Britten y el mismo Truman Capote. Pero más que esas pinceladas, incluyendo la del cuervo Lola, lo más portentoso de Capote fue y seguirá siendo siempre la construcción y el enamoramiento, la obra y la vida de dos asesinos.
A sangre fríase desarrolló en un pueblo al oeste de Kansas City. Capote intentó con la escritura y las charlas con esos personajes de carne y hueso desacreditar a la ley como a la psiquiatría, en cuanto al análisis de criminales, en párrafos que se desaguan, buscando las imágenes de Perry y Nancy, la chica pecosa, de cabello castaño corto, que seguramente en otras circunstancias le hubiese ofrecido un trozo de tarta de cereza, en tanto el cuento del contrahecho héroe de guerra proyectara a su madre en la muchacha, como una mujer cherokee de piel del color del té, distinguida desde el principio de los tiempos, con el privilegio de la concepción inmaculada, libre de la mancha del pecado original.
Es posible que la virgencita se hubiese entendido con ese hombre atormentado por las fuerzas colectivas. A estas horas estuviéramos leyendo que en Holcomb, una aldea rodeada de praderas y campos de trigo que se encorvan con el viento, una pareja de enamorados se besan en la fiesta del cuerpo nuevo. Lo menos que podía esperar Perry Smith es que Dios fuese superior a los mortales, en el aspecto de ser mejor, pero no en cuanto a movilidad e informalidad morales. Por eso el pájaro amarillo de sus sueños estaba de su lado, en el momento en que la explosión, el tintineo de una moneda de plata y la oscuridad del cuarto, le taladraron la conciencia.
(paintingsoncanvas.net)
En 1967 cuenta Truman Capote que siete años atrás, sostuvo una conversación con Perry Smith, a dos días de haber sido aprehendido. Era uno de los asesinos de la familia Clutter, “una persona distante, suspicaz, de mirada taciturna y soñolienta”. En el proceso de la cinta, en plena producción, meditaba Capote en la necesidad reflejada, la esencia de la realidad, la verdad más verdadera, de que todo arte se compone de detalles seleccionados, ya sean imaginarios o como en A sangre fría, un destilado de la realidad. Para adentrarse en la historia, durante el rodaje, se pasaba el escritor las tardes en la granja de los Clutter. Dice que fue una curiosa experiencia encontrarse de nuevo en una casa en la que había estado mucho tiempo en completo silencio.
Reflexionaba que a través de un objeto, la realidad se infiltra en el arte. Se refería a las persianas venecianas que protegían el despacho del señor Clutter, la habitación por la que los asesinos entraron a la casa.
Truman Capote incorporó en su obra el conocimiento de la naturaleza humana, sus instituciones y convicciones, mediante adultos que no han salido de la infancia. Dibujó al hombre de nuestros días, que se enfrenta a las tinieblas. En Un árbol de noche, muestra sus fulgurantes exploraciones de un mundo olvidado, aflorando las reminiscencias que tienen la ambigüedad del candor y fascinación de la nostalgia.
De los coletazos, pasamos a la brisa, al despertar de la astucia del ser que al ir ascendiendo en la escala social le saca lustre a las escupideras que representan algunos espacios de Nueva York. En todo caso, Truman Capote, al tratar de explorar la materia, inyectaba sobre ésta sus propias vivencias. El misterio del arte se lo develó Eros, la ambigua representación de lo masculino-femenino, que de pie, sobre el sol y la luna, se tienden las manos izquierdas, al lado del corazón, de donde no sólo proviene el amor, sino las contradicciones de la naturaleza humana, según Jung.
(hyperbole.es)
El 25 de agosto de 1984 Capote muere, aunque creo que unos minutos antes todavía le daba vueltas a su narrativa. En Un árbol de noche, por ejemplo, Miss Bobitt es una niña de diez años que ha tenido suficientes experiencias para saber que hay que amar al diablo como se ama a Jesús. En el relato “Miriam”, la fe libera al personaje del temor, además de ser para mi gusto uno de los textos secretos de muchísimos lectores.
“Cierra la última puerta”, otro relato, es el resultado de los instintos de choque de Walter, que le ocasionan daños emocionales y el no reconocerlos da pie al título del cuento. Finalmente Kay es una chica que siente una seguridad eterna y al negarse a conversar con ese par de perdedores, que se ganan unos mendrugos por ese acto circense-fúnebre, se le vienen encima los recuerdos de esos fantasmales ramajes del árbol oscuro.
Lo extravagante del viaje a la Unión Soviética fue que Luzma y yo gastamos todo nuestro dinero por la influencia de Otras voces, otros ámbitos, El arpa de hierba, Desayuno en Tiffany’s y ese maravilloso cuento, “Miriam”.
Entre la medianoche y la madrugada recuerdo que el expreso se quedó varado cerca de Leningrado, y cuando llegamos nos recibieron millares de palomillas, o quizá, como lo expresó en otro momento el autor de A sangre fría, el rugido del mar cantando entre campos de hierba. Nos abrazamos, emocionados. Luzma siempre de buen humor (a los 19 años quién no), escribió en su diario que hombres y mujeres miraban nuestros rostros.
Era Navidad. Fuimos a una iglesia a dar gracias. Las luces de ese ensayo en mi vida, proyectaron sombras, mientras Luzma caminaba suavemente, enfundada en su cazadora y unos pantalones ajustados. No sé de dónde, ella consiguió una copia del diario soviético Simena, el de 1956. Me leyó un fragmento de la reseña: “…Uno de los acontecimientos más importantes. El espectáculo de Porgy and Bess, nos mostró una idea del arte contemporáneo americano”.
Luzma y yo hicimos historia y precisamente el día que murió Truman Capote, volvimos a leer toda su obra, vimos casi todas las películas que se han realizado basadas en su literatura y seguimos releyendo El arpa de hierba, para volver a encontrarnos con Dolly Talbo, Catherine Creek, Riley Henderson, Collin Talbo Fenwick, y la hermana Ida y sus 15 hijos.