El sueño de la literatura*

POR Óscar Garduño Nájera
Desde el fondo de cada obra literaria parecía despertar una pesadilla al compartir las memorias. Así, pronto los pobladores iban de allá para acá con los fragmentos de varias memorias, de tal suerte que pronto se convirtieron en críticos literarios
(pitbox.wordpress.com)
Señalan las crónicas que en este pueblo todos tienen sueños extraños. O por lo menos sueños fuera de lo normal. Y por más explicaciones que intentan ofrecer nadie consigue dar con una que valga la pena. También se habla de alguna maldición, un hechizo propio de una realidad que les es ajena. Así, hombres y mujeres esperan con horror a que caiga la noche, las cuales sospechan son idénticas, monstruosamente multiplicadas, pues no hay una donde no se repita el fenómeno (si es que hay que darle un nombre), pues nadie en su sano juicio puede adjudicarse conocer los enigmas de la noche, incluso cuando los románticos alemanes lo hayan intentado.

Todo comenzó una fría noche de invierno. Hombres y mujeres se dieron cita alrededor de una fogata para festejar el cumpleaños de uno de ellos: Albert, quien como regalo pidió le dejaran leer en voz alta un capítulo de El Quijote de la Mancha. Tomó el libro y se puso de pie. El fulgor de la leña ardiendo iluminó su rostro, y de sus delgados labios las primeras palabras del capítulo parecían escapar. No obstante, acurrucados por el calorcito muchos cayeron agotados.
Los pocos que quedaron despiertos celebraron la lectura no de un capítulo, sino de tres, pues poseído por la emoción de su festejo, Albert decidió continuar.
Instauraron, así, un taller de lectura alrededor de fogatas.
Siguiente lectura: la Divina comedia.
Y aquí comenzó la maldición:
Amenazados en su descanso nocturno, al día siguiente muchos pobladores dieron por cierto haber estado en la memoria de Miguel de Cervantes justo cuando escribía el capítulo donde el Quijote lucha contra los molinos de viento; otros, en cambio, aseguraban haber estado en la memoria de Dante Alighieri cuando Dante desciende al primero de los infiernos. Algo extraño había sucedido durante la noche: experimentaron las mismas sensaciones, los mismos olores, las mismas emociones de los dos autores. Llegó el horror.
Corrió la voz de alarma en el pueblo. Decidieron hacer la prueba con otras obras de la literatura universal.
Albert finalizó la lectura en voz alta de la primera parte de La metamorfosis, de Franz Kafka, luego de que otro poblador concluyera la lectura del primer capítulo de Las palmeras salvajes, de William Faulkner. Al día siguiente sucedió lo mismo: desde el fondo de cada obra literaria parecía despertar una pesadilla al compartir las memorias. Así, pronto los pobladores iban de allá para acá con los fragmentos de varias memorias, de tal suerte que pronto se convirtieron en críticos literarios (concepto muy avanzado para la época) y hacían análisis con base en los recuerdos de cada autor.
Roberto Bolaño (culturacolectiva.com)
Comenzaron las peleas entre los que preferían a James Joyce por encima de Cavafis, o a Roberto Bolaño (justo en el último capítulo de 2666) de Jorge Luis Borges, memoria prodigiosa, por cierto, y su Aleph, o a José María Álvarez (en algunos poemas de su Museo de cera) frente a Fernando Pessoa, este último multiplicado en muchas memorias, con nombres y estilos distintos, o a Lope de Vega (emparentado en memoria con Cervantes) frente a Paul Valery, Bashevis Singer frente a Tolstoi…
Pronto el pueblo se convirtió en un hervidero de fragmentos de memorias. Y por extraño que parezca (acaso todo proviene de lo extraño) todos los pobladores se vieron entrelazados, pues los mismos fragmentos de memoria de Cervantes se encontraban en la memoria de Borges, y los de Kavafis en la memoria de Roberto Bolaño. Visto de esta manera, todas las memorias literarias construían un poderoso mapa de más coincidencias que divergencias.
Señalan las crónicas que, con el paso del tiempo, cada poblador dejó de ser lo que era para transformarse en los fragmentos de la memoria de otro autor, al cual se sumaba otro, y otro más, hasta edificar una biblioteca infinita de cadenas literarias. Y si bien hubo algunos que cedieron a la locura (piénsese en la etapa final de Don Quijote), otros se volvieron vanidosos y egocéntricos, con la falsa creencia de que los fragmentos de su memoria eran únicos y que de ahí provenían nada más y nada menos que los orígenes de la literatura universal, olvidando acaso la sentencia eclesiástica de que “nada nuevo hay bajo el sol”, y todo está ya escrito por los fragmentos de memorias pasadas.
Hasta la fecha nadie es capaz de dar información fidedigna respecto a lo que sucedió con el pueblo. El hecho es que mientras algunas crónicas aseguran que los pobladores terminaron suicidándose tras finalizar alguna de las tantas lecturas, y comprobando que los fragmentos de memoria se repetían hasta el infinito, antologías literarias actuales señalan que meses más tarde los pobladores iniciaron un éxodo, luego del cual decidieron separarse por los reinos de la noche, donde también se multiplica el infinito.
*Cuento incluido en el libro inédito “Anatomía de los sueños”.