Los cuatro pecados de un asesino serial

POR José Luis Duran King
Andrew Lancaster era un veterano de la Segunda Guerra Mundial nativo de Kentucky y chofer de taxi. No contaba con antecedentes penales, de hecho “nunca lo habían multado siquiera por estacionar mal su auto”
Lois Petrie, muerta en su departamento de Harbor, en Los Ángeles
A principios de los años 70 del siglo pasado, incluso en Los Ángeles, la ciudad californiana que posteriormente se conoció como la capital mundial del asesinato serial, este tipo de delito era excepcional. Por eso, cuando la policía supo del sacrificio de tres mujeres maduras, todas violadas y dos de ellas estranguladas, se resistía a creer que estuviera enfrentando la actuación de un homicida reiterativo. Desafortunadamente, los hechos eran contundentes y pese a que entonces un hombre fue señalado como sospechoso, tuvieron que transcurrir casi 30 años para solucionar el caso.

El 25 de diciembre de 1972, una mujer fue encontrada muerta en su departamento de Harbor, en Los Ángeles, California. Lois Petrie, de 43 años, había sido estrangulada después de ser violada. Apenas seis semanas antes había enviudado y, a causa de la pena, vagaba de bar en bar en busca de consuelo y de hombres.
El cadáver de Petrie fue descubierto por su hermana Edith, quien dio parte a la policía. En las investigaciones los agentes descubrieron que las hermanas habían reñido a causa del novio de Edith, por lo que las autoridades decidieron interrogar a Mike Swanson. Éste declaró que, efectivamente, había cortejado a las dos hermanas, pero que el contacto con Lois había terminado muchos días antes de que la asesinaran. La coartada que presentó Swanson resultó cierta y la policía se olvidó de él.
Casi dos años después, el 18 de agosto de 1974, Cathy Masters, de 50 años, salió de un bar en compañía de su esposo. Mientras se dirigían a su auto tuvieron una discusión, por lo que Cathy decidió caminar un rato. Testigos afirman que subió al auto de un desconocido. Al otro día la policía encontró el cuerpo desnudo de la mujer. El 4 de septiembre siguiente, Ann Fellows, de 54 años, vendedora de hot dogs, salió de un bar sin saber que sería asesinada en las horas siguientes. Su cuerpo fue hallado en San Pedro. Dos asesinatos en un lapso de dos semanas, cerca del departamento donde fue sacrificada Lois Petrie, las tres estranguladas y violadas, ya no eran una coincidencia. Sin embargo, las autoridades se resistían a pensar que los homicidios eran parte de la actuación de un predador serial.
Menos de un año después, una mujer llamada Jeanette entró a las instalaciones de la estación de policía y declaró que el padre de su prometido le había confesado ser el asesino de tres mujeres en el área de San Pedro, en Los Ángeles, y de una más en San Francisco. El hombre, entonces de 49 años, llamado Andrew Lancaster, le dijo que había cometido “cuatro pecados” en su vida e incluso le explicó dónde había abandonado los cuerpos.
Andrew Lancaster era un veterano de la Segunda Guerra Mundial nativo de Kentucky y chofer de taxi. No contaba con antecedentes penales, de hecho “nunca lo habían multado siquiera por estacionar mal su auto”, dijo uno de los agentes. Por supuesto, el individuo negó la imputación de Jeanette, y las autoridades, sin confesión de por medio, tuvieron que dejarlo libre.
La otra confesión
La policía aísla la escena del homicidio de Cathy Masters
Después de mudarse por unos años a su natal Kentucky y después a Nueva Orleans, Lancaster regresó en 2002 al valle de Santa Clarita, a menos de una hora de Los Ángeles, donde vivía una de sus ex nueras. Pese a que el anciano parecía un Santa Claus californiano, el sexo aún le atraía y pronto intentó hacer avances sentimentales con Rebecca, la ex esposa de su hijo. La mujer supo mantenerlo al margen y, una noche, mientras conversaban, Lancaster decidió confesar nuevamente “sus cuatro pecados”.
Rebecca creyó la historia y acudió a la policía. La historia parecía consistente y los investigadores decidieron desempolvar los casos fríos, encontrándose con la declaración de hacía 27 años de Jeanette. Los agentes contactaron a los laboratorios de Harbor, solicitando las muestras de fluidos recabadas de los cuerpos de las mujeres asesinadas. Del semen se logró extraer el ADN y ahora sólo había que confrontarlo con el código genético de Lancaster.
Los agentes citaron al hombre en un café y le dijeron que investigaban una serie de robos domésticos. Lancaster de inmediato dijo: “Se trata del asesinato de las cuatro mujeres, ¿verdad? Creo que debo conseguir un abogado”. De la taza utilizada por el sospechoso los peritos determinaron que las muestras de ADN empataban. En mayo de 2007, Andrew Lancaster fue sentenciado a prisión de por vida.