Prometeo y Alien: el origen de la bestia

POR Alfredo C. Villeda
¿Cómo nació tan peculiar criatura? La duda había persistido 37 años, tres estupendas secuelas (Aliens, 1986; Alien 3, 1992, y Alien Resurrection, 1997) y dos mezclas de duelo con otro gran icono de la ciencia ficción: Alien contra Depredador (2004) y Alien contra Depredador: Réquiem (2007). Hasta que Scott retomó el tema para contarnos, con el título de Prometheus, el origen de la bestia
(onlyhdwallpapers.com)
Borges cultivaba los oficios del descubrimiento y, como Descartes, de la duda. Se preguntaba cómo explicar el hecho común y a la vez misterioso del niño que es llevado al zoológico por primera vez y halla animales que jamás ha visto: jaguares, buitres, bisontes y, lo que es más extraño, jirafas. “Ve por primera vez la desatinada variedad del reino animal, y ese espectáculo, que podría alarmarlo u horrorizarlo, le gusta”.
Platón nos diría, supone el poeta, que el niño ya ha visto al tigre, en el mundo anterior de los arquetipos, y que ahora al verlo lo reconoce. Y admite, no sin cierto pesar, que quien recorra su Manual de zoología fantástica (Breviarios, FCE), elaborado a cuatro manos con Margarita Guerrero, comprobará que la zoología de los sueños (esfinges, grifos, centauros…) es más pobre que la de Dios.

Sin embargo, no es improbable que este pequeño libro, cuya primera edición data de 1957, haya caído en las manos del cineasta Ridley Scott o del guionista Dan O’Bannon, autores de Alien (1979). Si bien en esa obra fundacional de la saga el extraterrestre no acaba de definir la que el espectador adivina monstruosa figura, en las posteriores entregas el mortífero bicho presenta sus cartas credenciales: negro, viscoso, con una cabeza enorme, ácido por sangre y doble hilera de afilados dientes.
¿Cómo nació tan peculiar criatura? La duda había persistido 37 años, tres estupendas secuelas (Aliens, de Cameron, 1986; Alien 3, de Fincher, 1992, y Alien Resurrection, de Jeunet, 1997) y dos mezclas de duelo con otro gran icono de la ciencia ficción: Alien contra Depredador (2004) y Alien contra Depredador: Réquiem (2007). Hasta que Scott retomó el tema para contarnos, con el título de Prometheus y producción 2012, el origen de la bestia.
El lector del manual borgesiano pensará, cuando conoce a alien, en la anfisbena, una parca que enhiesta como báculo camina, serpiente de dos cabezas y con las dos puede morder. O quizás en el basilisco, que con el curso de las edades se modifica hacia la fealdad y el horror si bien su nombre significa “pequeño rey”. Aunque ese pequeño volumen también puede trazar, si se ve con empeño, a la teniente Ripley, interpretada por Sigourney Weaver en el filme, que a la manera de los héroes clásicos (Hércules, San Miguel, San Jorge, verdugos de dragones) consuma la hazaña de vencer y matar al monstruo alienígena.
(screenrant.com)
Scott ha vuelto a los orígenes, pues, y señala a una raza superior al hombre, los creadores del hombre, los ingenieros, como responsables también de diseñar una primera modalidad del monstruo para destruir al sapiens. Los viajeros descubren en ese periplo que, sin embargo, la maniobra se sale de control y ha dado cuenta de toda la especie, salvo uno. La incubación de un primigenio alien dentro de ese ingeniero humanoide responde dudas de 37 años pero, como en el oficio de Borges y Descartes, abre un abanico, que bien puede ser infinito, de dudas.
La heroína ya no es la teniente Ripley, sino la doctora Elizabeth Shaw, interpretada por Noomi Rapace. Y si bien Scott descarta que se trate de una secuela (“solo comparte ADN con Alien”), Prometheus pinta para desencadenar otra saga con nuevos símbolos y mitología, con su propia zoología fantástica, con su personal desatinada variedad de personajes y señales: androides, humanoides, hipersueño, naves espaciales, armas biológicas… Y una ruda cuarentona, a la que da vida Charlize Theron.
Pasado cronológico fílmico, futuro nuestro, el monstruo alienígena de doble hocico y sangre de ácido, de la zoología fantástica de Ridley Scott, está de vuelta.