Seudónimo Quincey (séptima parte)

POR Óscar Garduño Nájera
El cañón se recarga en la sien. Gatillo. Pum. En seco. El hombre inclinó la mirada: muerta así, de tan cerca, ya no cuenta para los puntos. Tras descansar un poco, uno de ellos tomó una varita y en el lodo sumó los puntos de cada quien
(manualidadesdesdehogar.com)
STOP
A la última por poco y le da en las nalgas. Y al llegar frente a los otros:
—Las nalgas cuentan treinta puntos, cabrones, más los que llevaba… ¡ya me los chingué!
En espalda valen cinco puntos. En brazos y piernas, diez. En las nalgas, treinta. Nuca, cuarenta. Cabeza, cincuenta. Ahora que si las mujeres vienen de frente: abdomen, veinte. Pecho, diez. Rostro, cincuenta. Para este tiro se necesita valor. Pero, ¡chin!, se movió, y al caer alcanzó a esquivar la bala. Con paso seguro llegó hasta ella: movimientos compulsivos que intentan arañar el lodo, escapar por ahí, soñar con un túnel (que se hace añicos en cuanto el tosco rostro del hombre aparece). Mirada donde el terror y el miedo opacan cualquier brillo. Y aun así él se refleja, aparece al frente cuando ella suplica que no la mate.
—Haré lo que me pidas- se hinca, reza para falso santo con pistola en mano.

PLAY
Dice el viejo: Andrea, tienen tus pies la torpeza de una marioneta. Pero ya va media hora del ensayo. Y es una lata: ya que inicias, piensas que lo haces bien, te sueltas, pero el viejo agita su batuta, ¡no, no, no!, y pone STOP a la grabadora.
—Vamos a empezar de nuevo.
¿Otra vez? Pone PLAY, te toma de la cintura y te lleva.
Intentan bailar en medio del patio del centro comunitario: mole bruta de cemento con una quebrada asta bandera en una de las esquinas. Alrededor, tras de las agrietadas macetas, no faltan los mirones. Pelan ojos cada que el viejo pone PLAY. Cuando pone STOP y regaña a Andrea, voltean a ver el asta bandera, o se ven entre ellos, sorprendidos por la rara música que escuchan. También tapan sus bocas: disimulan las risitas cuando Andrea vuelve a tropezar con los zapatos del viejo, quien otra vez se enfada.
—¡No, no, no, puñado de Dios!, ¿por qué se te complica tanto Tchaikovsky (cuando escucha Tchai… uno de los mirones sí suelta una carcajada).
Otra vez PLAY.
STOP
Pensó que la mujer no estaba tan fea: igual y la jalo para otra parte, ¡total!, si de todas formas le voy a dar por lo menos que sea luego de un poquito de placer…
—Se te advirtió de las cuentas… el patrón lo que menos aguanta es una pinche raterilla…
En la pausa aprieta su barbilla, levanta su asustado rostro, obliga a que vea de frente a su captor.
El cañón se recarga en la sien. Gatillo. Pum. En seco. El hombre inclinó la mirada (falso vaquero en un desolado oeste): muerta así, de tan cerca, ya no cuenta para los puntos. Y regresó con los demás. Tras descansar un poco, uno de ellos tomó una varita y en el lodo sumó los puntos de cada quien: se obtuvo al campeón absoluto de esa semana. Eso si es que sabían sumar.
Ahora abren las puertas traseras de la camioneta. Dentro hay dos mujeres maniatadas. Una tiene catorce años: delgada, morena piel y china cabellera negra enredada en coleta por la espalda. Llora y en sus mejillas y su cuello ya se observan marcas de secas lágrimas que vuelven a empaparse cuando hace pucheros, cuando intenta hablar.
—Yo no tuve la culpa…
La otra mujer también lo intenta pero se contiene cuando ve que ella lo hace. Trae puesta una descolorida playera donde se alcanza a leer con gruesa tipografía el nombre del primer table dance donde trabajó. También llora. En sus gruesos labios la saliva se confunde con lágrimas cuando al fin se decide.
—Nosotras no fuimos, señor…
Las arrastran luego de que las bajan de la camioneta. Ahora sus voces parecen entablar un coro.
—Nosotras… no fuimos… no fuimos.
(eldiario.com.ec)
PLAY
—Primero escucha, escucha, déjate llevar…
Tiene una batuta imaginaria en las manos. La mueve junto al vals. Muchos de los mirones creen que se volvió loco. No aguantó los malos pasos de Andrea. Mueve una y otra vez la batuta, tara, tara, tara, esa misma batuta que no lo defendió cuando lo expulsaron del conservatorio: también la maestra creía que se había vuelto loco. A ver, vamos a empezar de nuevo.
—¿De nuevo?- pregunta uno de los mirones y, tras chasquear, se va furioso.
—A ver, Andrea: gira para allá, suave, suave, tu bracito, tu bracito, puñado de Dios, sostenlo bien arriba.
Tchaikovsky (o como se diga): Vals de la Bella Durmiente. La culpa es de tu papá, Andrea: de entre cientos y cientos de mejores canciones escogió la más complicada y fea. Tantas vueltas. Tantas: y en esta parte se llamará por el micrófono a los padrinos. Muchos aplausos.
De la Bella Durmiente te gusta mucho el beso que se dan al final.
—¿Un beso?- preguntó un sonrojado Jacinto.
—Total: tú cierras los ojos, caminas como si vinieras hacia mí, pero… ¡le atinas, eh!, pegas aquí tus labios y ya: un beso… no vayas a ser tan bruto que te vas por otro lado.
Pero Jacinto no quiso: por pena.
—¡Aprende del príncipe!, nunca tiene pena.
—Pena, Andrea… ¡claro que me gustaría!
Valiente primer chambelán.
Termina el ensayo y cabizbajo el viejo se retira.
—Nos vemos la semana que viene, puñado de Dios.
Y los mirones lo ven alejarse, acaso sienten lástima de él.
Al otro día te aseguras que las pilas queden en su lugar y sales, grabadora en mano, a buscar un lugar donde puedas ensayar lejos de los mirones del centro comunitario. Cabrones, si ellos cumplieran quince años escogerían cualquier cumbia. Y no Tchaikovsky. O como se diga.
(sanluispotosi.evisos.com.mx)
PLAY
Y Juventino calla a las mujeres.
—A ver, chingao, dejen de chillar o las tronamos aquí de una buena vez.
Obedecen. Llevan años obedeciendo cada que un hombre ordena.
—¿Ya saben de qué se trata, no?
Es la hora: comienza el juego y Juventino les da las instrucciones.
—Las vamos a dejar libres…
Aparecen atrás de él otros dos hombres. Uno de ellos sonríe y piensa en la palabra que escucha de Juventino: libres.
—Se pelan pa donde puedan, contamos hasta cuarenta.
—Quedamos hasta treinta –lo interrumpen—, si no este cabrón vuelve a ganar.
Juventino repite: cuarenta. Las sujetan por los hombros, las obligan a ponerse de pie: dos mujeres rinden saludos a sus captores.
—¡Ándenle, mamacitas!, uno, dos, tres, cuatro…
Han sacado las pistolas. Esperan a que el conteo finalice.
Corren. Con lo que les queda de fuerza tras los golpes. Corren. Respiración agitada que altera la campirana escenografía. Corren, y a cada paso comprenden que se les va la vida. Lo que menos quieren: escuchar que Juventino grita cuarenta. Corren. Descalzas: sus dedos se enredan en el lodo, se acurrucan en las piedritas, en las ramas de los arbustos. Corren…
—¡Cuarenta!
Persecución. Detrás de ellas. Contentos, los hombres gritan, escupen, disparan al aire, se disputan a la presa.
—Ahora sí le doy en una nalga, carajo.
Se detiene y toma su tiempo. Saca una cajetilla de cigarros, enciende uno. Mira el horizonte donde únicamente se pintan arbustos, arbustos y más allá, a lo lejos, un pueblito dejado de la mano de Dios. Suelta el humo. Piensa en su estrategia de juego: la deja correr unos cuantos metros, que se canse más de lo que ya está. Hay un momento en el que, al no saber por dónde seguir, la mujer se detiene. Asustada mira a su alrededor. Busca ayuda. Esos segundos son los que él aprovecha. Levanta el arma. Pum.
—¡Mierda!
Llega hasta el cuerpo. Todas se parecen a lo lejos, piensa. No es a la que quería darle: falda a cuadritos y blusa blanca. Otra vez: ¡mierda!
Cuando regresa a donde está la camioneta, otro ya cava la fosa. Juventino se burla.
—Otra vez perdiste, cabrón.
Se escucha música de una grabadora que cuelga de su mano: Vals de la Bella Durmiente. Tchaikovsky. Ninguno de los hombres sabe quién es.