El Borges prestidigitador

POR Teófilo Huerta
“No fue en lo personal un autor que me encantara con su discurso o con el que me identificara por la recreación de ambientes o por el planteamiento psicológico de los personajes, pero sí un escritor que me sacudió, me exigió un razonamiento extra y me hizo sonreír sutilmente”
(elarcangelino.blogspot.com)
Acudo por primera vez a un recinto agradable, principalmente teatro pero con funciones también de sala de conferencias. Se trata del Foro Cultural Chapultepec, inserto en el conjunto deportivo del mismo nombre.
Es la peculiar conmemoración del 113 aniversario del nacimiento de Jorge Luis Borges. No es el centenario, sino el centenario más la cifra para unos cabalística del 13. Curiosa celebración que es más un pretexto para sus fieles seguidores encabezados en esta ocasión por José Antonio Lugo, quien reúne a otros colegas para disertar acerca del “Universo borgiano”.

Acompañan al organizador, Ernesto Garcianava y Héctor Orestes Aguilar, además del texto enviado por Armando González Torres.
Ernesto Garcianava realiza una lúcida exposición de los atributos literarios del argentino y refiere la anécdota conmovedora de su real sentimiento de pesar al enterarse por el encabezado de un diario en el puesto de periódicos acerca del deceso del escritor latinoamericano. En medio del furor y los goles del Mundial de México 86, se asomaron las lágrimas de Garcianava, quien entonces revivió la fascinación que el literato había causado desde sus tiempos mozos.
Orestes Aguilar destaca la filiación que Borges acusó hacia las letras germanas e inglesas, quizá más que al mismo español. La importancia que tuvo en el examen de la literatura occidental a riesgo de las críticas de algunos de sus connacionales. Se aventuró a hablar del “Borges pop”, el que era un ícono reconocido y popular.
Por su parte José Antonio Lugo retoma un artículo escrito, ése sí, en el centenario del natalicio del escritor para subrayar su agradecimiento por el legado racional, literario y sentimental dejado por Borges, y exhorta al público a no abandonar su lectura poética y ensayística e incluso a releerlo.
(tedijequenomelodijeras.blogspot.com)
Como parte de ese público reflexiono sobre lo que a mí Borges me dejó ya desde hace tiempo. Con las escasas lecturas de Historia universal de la infamia y de El Aleph, pude apreciar un talento singular y ciertamente espacial. No fue en lo personal un autor que me encantara con su discurso o con el que me identificara por la recreación de ambientes o por el planteamiento psicológico de los personajes, pero sí un escritor que me sacudió, me exigió un razonamiento extra y me hizo sonreír sutilmente.
Las historias de Borges además de ficticias, hacían pasar lo ficticio como real, a partir del invento puntual y documentado de personas y situaciones. Obviamente ello me creó en instantes confusión pero la misma articulación de sus escritos develaba que lo dicho –muy bien dicho- no tenía mayor sustento que la historia truqueada.
Y qué decir de El Aleph, ese microuniverso mágico en el que como lector sentí sostener y asomarme a un átomo o a una perla en la mano y observar todo lo que puede existir en la realidad y en la imaginación.
No es de poca monta lo que pude experimentar de estas lecturas de Borges, con la salvedad de tener una deuda con su ámbito poético.
Casi al finalizar el encuentro literario en Chapultepec, Héctor Orestes refiere que entre otras cosas el contacto con el universo borgiano puede contraer cosas inexplicables y fantasiosas, asegura haber tenido ya varias y ejemplifica con el boleto que halló en uno de sus libros sobre un espectáculo al que no recuerda haber asistido en lo absoluto. Yo, desde mi butaca, sonrío incrédulo, pero ahora me quedo pensativo pues al preparame a escribir este artículo y tomar de mi librero las obras referidas que he leído, me percato que el libro de la infamia cuya ilustración contiene un patético rostro  en el que resalta el globo ocular, está acomodado junto a uno –que además no he quemado ni destruido por respeto al libro como objeto de valor cultural- de Sealtiel Alatriste, reciente muestra real de la infamia literaria. Sí, parece que en efecto hay un Borges ilusionista.