La delicadeza femenina

POR José Luis Duran King
Para los especialistas en el fenómeno criminal, los asesinos masivos masculinos son impulsados por deseos de venganza y buscan hacer el mayor daño posible en una sola jornada; en las mujeres que perpetran actos de homicidio masivo generalmente hay antecedentes de enfermedad mental
Priscilla Joyce Ford (nevadatrivia.com)
La tarde del Día de Acción de Gracias de 1980, una afroamericana manejaba un auto Lincoln modelo 1974 en la calle North Virginia, en Reno, Nevada. Las aceras estaban atestadas de gente. De repente, la mujer hundió el pie en el acelerador y subió su unidad a la banqueta. En unos cuantos segundos la máquina recorrió dos cuadras, arrollando y aplastando gente como si fuera una gigantesca podadora. Finalmente, otro conductor colocó su coche frente al de la mujer, obstruyéndole el paso e impidiendo que continuara su macabra misión. Al ser arrestada, la conductora mostró su enojo, no tanto porque la policía la tenía en custodia sino porque habían interrumpido su tarea.
El recuento de los daños fue particularmente escabroso. Diversos miembros estaban dispersos en el asfalto, junto con señales de tránsito, recipientes de basura y cristales. Las ambulancias no se daban abasto. El saldo: 24 personas gravemente heridas, cinco muertos en la escena y dos más murieron en el trayecto al hospital.
Si la conducta agresiva de la mujer fue desconcertante por decir lo menos, al ser interrogada todo tuvo sentido. Priscilla Joyce Ford, de 51 años, era una maestra de primaria que se había mudado de Nueva York a Reno. De acuerdo con sus testimonios, mucha gente la llamaba Jesucristo, además decía ser Adán y Eva en un solo cuerpo, mismo que albergaba a algunos profetas.
Casi 21 años después de los sucesos de Nevada, el 20 de junio de 2001 una mujer llenaba de agua la tina del baño mientras su esposo se acicalaba para irse a trabajar. El hombre se despidió sin poner mayor atención a su entorno. Andrea Yates se quedó con sus cinco hijos en su domicilio de Houston, Texas. Faltaban menos de dos horas para que llegara su suegra. Andrea se sentía mal por haber permitido que sus hijos hablaran mal de la madre de su esposo. Tenía que salvar sus almas e impedir que se fueran al infierno.
A menos de una hora de haber llegado a su oficina, Russell Yates recibió una llamada de su esposa, quien le dijo que los niños ya se habían ido. ¿A qué se refería? De inmediato, el hombre regresó a su casa. Ahí estaba ya la policía. En dos camas individuales reposaban cuatro pequeños cadáveres, cubiertos por una sábana. En la tina del baño uno más estaba sumergido, en medio de excremento y vómito que flotaba en la superficie.
El factor mental
Andrea Yates (msnbc.msn.com)
Para los especialistas en el fenómeno criminal, a diferencia de los asesinos masivos masculinos, que son impulsados por deseos de venganza y buscan hacer el mayor daño posible en una sola jornada, en las mujeres que perpetran actos de homicidio masivo generalmente hay antecedentes de enfermedad mental. Si nos apegamos al librito, un asesino masivo es el que mata a cuatro personas o más en un solo incidente. Si una de las víctimas fue asesinada horas antes de la carnicería, este primer acto se considera parte del mismo escenario. Sin embargo, en cuanto al número de víctimas varias autoridades consideran que incluso el reclamo de dos víctimas puede ser parte de un asesinato masivo, siempre y cuando el criminal tuviera planeado continuar con su misión.
Muy lejos del comportamiento varonil de los asesinos masivos, que por lo general reservan la última bala para colocarla en su cabeza al término de su guerra contra el mundo, en 1986, en Trail Creek, Indiana, una mujer llamada Patricia Kirby, ayudada por Roger Griffen, incendió la casa del hombre con el que estuvo casada por 22 años. En la conflagración murieron Roland Kirby y su novia Betty, además de otras dos personas que estaban de visita. Una noche antes, Patricia y Roger habían discutido en un bar. Lo que motivó a la mujer para cometer su crimen fue simplemente un episodio de celos.
De los tres casos de asesinas masivas mencionados en este artículo, cabe destacar que Priscilla Joyce Ford, quien por cierto decía que la voz de John F. Kennedy la había detenido en una ocasión en Boston para no cometer una matanza colectiva, fue acusada de seis homicidios en primer grado y 20 intentos de homicidio, por lo que fue condenada a muerte. De cualquier forma, la mujer murió en prisión en 2005, por lo que no hubo necesidad de pagar los honorarios del verdugo.
Andrea Yates, cuyo juicio se convirtió en un toma y daca de premisas psiquiátricas, fue condenada a prisión de por vida, mientras que Patricia Kirby recibió cuatro sentencias de 40 años cada una. Las autoridades también se valen de eufemismos para encubrir castigos a perpetuidad.