La resurrección robótica de Philip K. Dick

POR Torie Bosch
El proyecto Philip K. Dick comenzó en 2004. David Hanson, un graduado de la Universidad de Dallas, mezcló la experiencia artística con la robótica mediante la invención de una piel  sintética parecida a la humana que él llamó “Frubber”
(shavarross.com)
En 2005, David Hanson dejó la cabeza de Philip K. Dick en un avión. Hanson, un experto en robótica, se dirigía a Google para presentar su proyecto de equipo –una esmerada réplica artesanal androide del autor, que murió en 1982— cuando en el cambio de itinerario olvidó la bolsa de lona. La cabeza del robot apareció en un par de aeropuertos del oeste de Estados Unidos antes de desaparecer en el estado de Washington, nunca más fue hallada.

Dick, autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? –la materia prima de Blade Runner— estuvo profundamente comprometido con el tema de la inteligencia artificial, a la vez que fue un paranoico profundo. Es decir, era el escritor de ciencia ficción para quien ser transformado en androide, y después perder la cabeza en la burocracia laberíntica de una compañía aérea, pudo ser lo más adecuado. En How To Build an Android (Cómo construir un androide), David F. Dufty explica cómo Dick se convirtió en una máquina gracias a un grupo de expertos nerds en robótica. Dufty observó el desarrollo del robot al tiempo que meditaba acerca del estado de la robótica y la inteligencia artificial. En particular describió la manera peculiar en que los seres humanos interactúan con las máquinas, y lo que se requiere para hacernos sentir que un robot está vivo.
El proyecto Philip K. Dick comenzó en 2004. Hanson, entonces un estudiante graduado en la Universidad de Dallas, incorporó la experiencia artística con la robótica mediante la invención de una piel (relativamente) sintética muy parecida a la piel humana que él llamó “Frubber”. Una de las primeras cabezas robot que modeló fue la propia, y después las de dos amigas. Una de ellas K-Bot, basada en una ex llamada Kristen, desplegó una habilidad notable para expresar emociones. (Hacer una cabeza de robot de tu ser amado es, al parecer, el equivalente futurista de un soneto.)
En una conferencia conoció a expertos en robótica de la Universidad de Memphis que trabajaban en un programa educativo llamado AutoTutor. Si ellos combinaban las bien elaboradas cabezas de Hanson y las habilidades básicas de conversación de AutoTutor –los expertos en robótica pensaron— podían crear un androide, ¿y por qué no diseñarlo en forma de un escritor de ciencia ficción preocupado por la línea entre el hombre y la máquina? (En el libro, un estudiante graduado que bromea sobre lo que él llama “la cabeza de Dick” es gentilmente regañado.)
Hanson tiene un poco de robo-rebelde: explica que el principio ampliamente aceptado de Uncanny Valley –que las máquinas entre más realistas son más inquietantes— no tiene base en la realidad. Esta posición no ortodoxa la sustenta en que el desarrollo de robots humanoides es de vital importancia, ya que permitirá una mayor interacción con la gente. Pero no todos en la robótica están de acuerdo en que la forma humanoide es un ejercicio que vale la pena, teniendo en cuenta obstáculos importantes: la locomoción sobre dos piernas es increíblemente difícil de replicar, como lo es replicar el rostro humano. De ahí que haya desacuerdos acerca de la forma en que un robot debe pensar o actuar.
(smh.com.au)
Uno de los problemas más famosos de la robótica es la prueba Turing, que pregunta si las computadoras serán capaces de pensar. Desde que Alan Turing planteó la idea en 1950 ha tenido lugar un cuerpo de discusión filosófica y técnica, además de un concurso anual llamado Premio Loebner, en busca de la primera inteligencia artificial indistinguible de un ser humano en una conversación basada en texto.
“Para Dick, el mayor problema con la prueba de Turing fue que le puso demasiado énfasis en la inteligencia”, escribe Dufty. “Dick creía que la empatía era más importante para el ser humano que la inteligencia, y la prueba Turing no medía la empatía”. En cambio, Dick imaginó en Sueñan las ovjejas… “la prueba Voigt-Kampff”, que intenta separar a las máquinas de los hombres provocando respuestas emocionales.
El Philip K. Dick androide habría fracasado en los dos exámenes. Pero para muchas personas eso no importaba.
El robot se parecía mucho a Dick e incluso vestía alguna de su ropa, donada por los hijos del escritor. Lo más importante es que no hablaba parecido a Dick, sino como Dick: los creadores del androide cargaron el cuerpo con un prodigioso trabajo de software, además de montones de entrevistas con el autor real. Si una persona hacía una pregunta al robot que se le hubiera hecho al verdadero Dick –y si había sido grabada— la máquina respondería como el propio escritor lo hubiera hecho, en la voz de Dick. Sólo si Dick no hubiera respondido a una pregunta en particular, entonces el software intentaría construir una respuesta utilizando un sistema llamado análisis semántico latente. El robot también tendría algunas respuestas preprogramadas a las preguntas más frecuentes.
Lamentablemente, resulta que Dick nunca fue grabado explicando si los androides sueñan con ovejas eléctricas –una pregunta que se le hizo al robot en varias ocasiones durante su breve pero intenso periodo de despliegue, a menudo en el Club VALIS, una sala a prueba de ruido, acondicionada para parecer la sala de Dick. El libro recoge una serie de conversaciones que parecen extraordinariamente “dickianas”, incluyendo ésta, entre la cabeza del robot y un blogger llamado Paul Jones:
—Jones. ¿Qué piensas del Presidente?
—Phil. ¿Cuál Presidente tienes en mente?
¿Dónde estamos ahora?
—Parece que estamos en la sala de mi casa. (Pausa.) ¿Puede ser un simulacro, aunque (pausa), ¿por qué molestarse con las autoridades?
En ocasiones, las respuestas del bot eran casi demasiado realistas. “Se parecía mucho a mi papá”, explicó Isa, la hija de Dick, a Los Angeles Times pocos años después del primer encuentro con el robot. “Cuando mi nombre fue mencionado, lanzó una larga diatriba acerca de mi madre. …No fue agradable”. En otros casos, las palabras de Dick eran confusas por decir lo menos: una vez, cuando su interlocutor dijo que ella era la presidente de la Universidad de Memphis, el robot respondió: “Yo sabía que él era presidente, pero no sabía nada de la Universidad de Memphis”.
(Fuzzy Gerdes)
Curiosamente, algunos observadores recuerdan el intercambio no como un hipo, sino como un triunfo, con la cabeza de Dick preparando la broma: “He oído del presidente, pero nunca he oído hablar de la Universidad de Memphis”. “En vez de sinsentidos”, Dufty escribe, “recuerdan un rechazo agudo. Encontraron un mensaje inteligente donde no había alguno. Vieron una cara en las nubes”. En muchos sentidos, esta reacción se remonta a los primeros años del programa “chatbot” Eliza, un “terapeuta rogeriano” desarrollado en los años 60 por Joseph Weizenbaum del MIT. Las respuestas de Eliza son “prestidigitación computacional”, Dufty explica: simplemente se le enseñaron algunos trucos para hacer que pareciera como si sostuviera una conversación. Eliza no tiene inteligencia, no importa cuánto tiempo usted y sus amigos de la preparatoria pasaron en el laboratorio de computación intentando que Eliza aprendiera a decir cosas sucias.
Sin embargo Weizenbaum se alarmó porque mucha gente parecía creer, o quería creer, que Eliza poseía alguna inteligencia real. Eran abiertos, confesionales, con el programa. La secretaria de Weizenbaum una vez le preguntó si podía quedarse a solas con Eliza. “La idea de que la gente confiara en la computadora, o que incluso estuviera motivada para discutir pensamientos íntimos con un ordenador… de alguna manera me impactó”, me dijo en 1973. Sherry Turkle, autora de Alone Together, ha escrito sobre el “efecto Eliza”, o la tendencia a proyectar la humanidad en una máquina. De alguna manera, las formas excesivamente caritativas con que las personas reaccionaron al bot PKD demuestra esta idea: estaban ansiosas por ver la verdadera inteligencia o el ingenio por lo menos en la máquina.
“Si la gente atribuye cualidades humanas al androide incluso cuando se carece de humanidad, ése es un testimonio del poder del arte”, razona Dufty. Pero si usted sabe de qué material está hecho el robot, podría evaporarse la magia. La pregunta, entonces, es cómo los robots parecen mágicos y poderosos para los legos. Mucha de nuestra ciencia-ficción –un poco de ella derivada de la cabeza de Dick y del tiempo que dedicó a la escritura— explora la superposición entre el hombre y la máquina. Pero si la obra de Hanson y otros conduce a que los robots humanoides se vuelvan cada vez más comunes, y si la mayoría de la gente llega a tener una comprensión de cómo funcionan las máquinas, ¿será una señal de que la humanidad debe continuar? Usted puede bromear con que Siri es la única persona que verdaderamente te entiende, pero la verdad no lo creo.
Pero si los humanos se sienten cómodos con su comprensión de los robots, ¿qué pasa con el entendimiento de los robots de sí mismos? Dick escribió en Ovejas eléctricas… y en otras partes, acerca de máquinas que creen ser humanas. Su androide fue programado para llamarse a sí mismo un “retrato robótico”, y cualquier inteligencia artificial que pueda imitar la conciencia humana está muy lejos en el futuro. Y si ese momento llega, sería bueno tener cerca a Philip K. Dick como guía. Por suerte, Hanson Robotics reconstruyó la cabeza bot PDK en 2011, y está listo para desplegar nuestras preguntas una vez más.
How to Build an Android: The True Story of Philip K. Dick’s Robotic Resurrection, by David F. Dufty. Henry Holt.
Tomado de:Slate. Junio 1, 2012.
Traducción:José Luis Durán King.