Monstruos posmodernos

POR José Luis Duran King
Para el especialista Peter Vronsky, autor del libro Serial Killers. The Method and Madness of Monsters, el decenio de los 70 debe ser subrayado con rojo, pues marca el surgimiento de una generación de asesinos seriales de brutalidad turbocargada
Albert de Salvo, El Estrangulador de Boston (boston.com)
El asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy, en noviembre de 1963, es considerado por algunos sociólogos de ese país como el suceso histórico que marca el fin de la inocencia y el optimismo de una nación dispuesta a encarar y vencer cualquier reto, como, por ejemplo, llegar a la luna. Para otros estudiosos, el magnicidio representa un punto intermedio entre dos episodios que han sacudido literalmente a nuestros vecinos del norte: Pearl Harbor y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Y, efectivamente, el asesinato del incómodo presidente católico fue un detonante social que se tradujo en el incremento de la actividad criminal, sobre todo en lo que concierne a los rubros masivo y serial. Así, dos días después de la muerte de Kennedy, cuando parte de las imágenes registradas por la cámara de Abraham Zapruder se repetían incansablemente por televisión, El Estrangulador de Boston violaba y asesinaba a su víctima número 12. Tres años después, el 14 de julio de 1966, en lo que los especialistas consideraron el comienzo de un verano de miedo, el marinero Richard Speck, después de una sesión de alcohol y heroína, asesinó a ocho estudiantes de enfermería en las instalaciones del Hospital Comunitario del Sur de Chicago. Sólo tres semanas después, el francotirador y ex marine Charles Whitman subió hasta el mirador de la torre de la Universidad de Texas, en Austin, y haciendo gala de sus habilidades acabó desde ahí con la vida de 14 personas y dejó heridas a 31 más.
Finalmente, para cerrar la mítica década de los 60, Charles Manson y su grupo de vagos cometieron una carnicería en dos actos, en la cual murió la actriz Sharon Tate.
Galería nocturna
Algunas de las víctimas de Kenneth Bianchi y Angelo Buono (criminalminds.wikia.com)
Para el especialista Peter Vronsky, autor del libro Serial Killers. The Method and Madness of Monsters (Berkley Books, New York, 2004), el decenio de los 70 debe ser subrayado con rojo, pues marca el surgimiento de una generación de asesinos seriales de brutalidad turbocargada. Ese periodo abre prácticamente con Juan Corona, cuyas atrocidades fueron dadas a conocer públicamente en mayo de 1971, cuando la policía desenterró 26 cuerpos de braceros en la granja del señor Corona, un contratista y coyote de trabajadores del campo, a quien se le hizo más fácil asesinar a sus clientes que ayudarlos a pasar a la tierra prometida.
En 1973, la policía de Houston, Texas, logró desenmarañar un caso de asesinato serial en el que participaron Dean Corll y sus dos jóvenes cómplices David Brooks y Elmer Wayne Henley, a quienes se les responsabiliza de haber matado a 27 varones, los cuales, en su mayoría, fueron violados antes de morir.
Pero la gran marea maligna, como apunta Vronsky en su libro, estaba por venir. El investigador señala que “un estudio sobre asesinato serial en Estados Unidos entre 1800 y 1995 descubrió que 45 por ciento de los homicidios seriales registrados ocurrieron en un periodo reciente, entre 1975 y 1995”.
Pero no sólo es significativa la cantidad de asesinatos seriales cometidos en ese lapso, sino también los personajes involucrados en esa trama. Los dueños de esa época fueron David Berkowitz, Ted Bundy, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, John Wayne Gacy, Ed Kemper, Herb Mullin, Richard Trenton Chase, Jerry Brudos y Jeffrey Dahmer, entre otros monstruos de paso cataclísmico.
Con David Berkowitz, El Hijo de Sam, quien eligió como objetivo de su revólver a parejas en Queens, Nueva York, las autoridades toparon con un hombre amanerado, inofensivo en apariencia, que, al igual que Jack el Destripador, enviaba cartas a la policía. Pero también descubrieron a un individuo de dudosas facultades mentales que declaró que su tarea mortal obedeció las órdenes dictadas por un perro negro propiedad de su vecino.
Un dígito más
Ted Bundy. La ciencia unificó criterios para atraparlo (destylou-historia.blogspot.com)
Para Peter Vronsky el arquetipo del asesino serial posmoderno, el que rompe con los arquetipos lombrosianos del pasado, que inaugura una nueva era en homicidios de índole sexual, el joven guapo de la puerta de al lado, por el que la ciencia unificó criterios con tal de atraparlo, es Ted Bundy.
Es del conocimiento general que el primer ataque mortal de Bundy ocurrió el 4 de enero de 1974 y que el último fue el 9 de febrero de 1978. Sin embargo, cuántas mujeres realmente murieron en ese ínterin. Algunos dicen que fueron 17 (cifra oficial), otros aducen que fueron más de 30. Lo cierto es que en una entrevista previa a su ejecución, cuando un periodista inquiere al predador acerca de la cifra exacta de asesinatos, el individuo fue aún más enigmático. “¿Fueron 17?”, pregunta el reportero. “¿Fueron 33?”, vuelve a la carga. Bundy guarda un silencio corto y responde: “Auméntele un dígito”. Está bien, aumentaremos ese dígito, ¿pero a cuál cifra? ¿A las 17 o a las 33 víctimas?
La nueva era de asesinos no respeta las tradiciones más venerables. Un caso bastante peculiar por la edad de los involucrados quedó al descubierto cuando un trabajador fue contratado por un anciano de 75 años y su esposa de 69. Durante sus labores en la granja, el trabajador tropezó literalmente con un cráneo humano. Tras reportar el incidente a la policía, ésta desenterró cinco cadáveres masculinos, todos con el tiro de gracia hecho con un rifle calibre .22. Pero lo más desconcertante para las autoridades fue la lista de nombres propios anotada en un cuaderno y, al lado de cada nombre, una ominosa X. Cuántos hombres perdieron la vida en manos de la pareja de ancianos. Quién sabe, pero Ray y Fay Copeland implantaron el récord de ser los convictos más viejos esperando su turno en el corredor de la muerte.