Seudónimo Quincey (10)

POR Óscar Garduño Nájera
Finaliza la Novena y muchos regresan a sus casas. Temerosos tras las noticias y las asociaciones. Hacen cuentas: cuánto saldrá cambiar sus huaraches por zapatos decentes. Cuánto saldrá cambiar al diablo por Dios. Cuánto pasará antes de que encuentren a otra mujer muerta
(tejiendoelmundo.wordpress.com)
Hay que hacerlo: se respira. El pueblo de bostezo sombrío lo hace. Y desérticas branquias oscilan. Porque la muerte se entierra junto al ataúd de la niña Andrea. Pero luego resulta que no se va tan fácil, inquieta como es perdura su chirrido por entre la plaza, se trepa por las ramas del roble, frente a la iglesia, aprovecha incautas sonrisas para destrozarlas: más de uno va por ahí cabizbajo y piensa en una justicia divina que tarda en llegar, o que de plano les dio la espalda y se largó hace mucho de estas branquias. Entonces la muerte también parte. Por un momento. Pensar, eso los jode.

Y ahí un hombre. Lleva varios minutos inmóvil. Parece que reza frente a las puertas de la iglesia. Tal vez nadie le ha dicho que lo tiene que hacer dentro. Tal vez nadie le ha dicho que no sirve de nada: hace mucho que nadie se para frente al altar. Mueve una batuta imaginaria: la Novena de Beethoven. Se auxilia con su esquelética mano. Quiere dirigirla magistralmente. Al inicio del segundo movimiento agita más la batuta. Alza ligeramente los talones. Por extraño que parezca hay personas que se detienen frente a él. Y piensan que a nadie en sus cinco sentidos se le ocurriría mover una batuta imaginaria así. Luego la escuchan: moltovivace de la Novena. Segundo movimiento. Junto al hombre de la batuta la inventan: la música. Porque basta con concentrarse para escuchar a la orquesta. Y hasta más de uno tiene su parte preferida. Pongamos el inicio del adagio molto.
Muchos en el pueblo comentan lo que sucedió. Entre dientes. Llevan años contando cosas. Pero eso es un chisme con el que trazan cruces del pecho a la frente y los hombros. Se rumora: un aviso, los tiempos malos están por regresar. Si el diablo un día aventó acá su semillera, seguro que lo puede volver a hacer. Para eso es el diablo. Y ni modo que le discutas sus decisiones: te mueres de miedo frente a sus cuernotes. No por nada lo de la quinceañera. A ver, cómo te lo explicas. Si hasta con la grabadora cargó. Quién más, el que disparó. Y eso que a partir de ahí el gordo Quixtlihuac ya ni puzzlesde canciones en su puesto. Si hasta piensa dejarlo.
La gente escucha: tiempos malos. Tampoco es que los actuales sean tan buenos. Pero malos es una palabra a la que no están tan acostumbrados. Algo les queda claro: para ellos hay un tiempo y nada más. Hacen memoria: cuando el diablo se apareció por estas tierras. Mató animales. También se llevó con él a algunos hombres. Mira qué curioso comportamiento el del diablo: no se llevó a ninguna mujer. Un semillero del cual por fortuna se olvidó. Aunque tras los sucesos no están tan seguros. Primero fue lo que se dijo de la quinceañera. Acá son chismosos y no faltó quien, con algo de esfuerzos, hiciera asociaciones. De esas que se imaginan en películas. Eso al no contar con televisión. No es que les den importancia. Hay borrachos que a cualquier hora del día tienen visiones. Pero también hay otros hombres que no toman. Y a esos también se les aparecen las fantasmagorías. Difícil palabra esta última. Pocos en el pueblo recuerdan quién enseñó su significado.
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De hamaca a hamaca se susurra: que si un coronel venía duro que dale con unos huarachudos. Aquí les gana la risa. Al final de la hamaca ven sus huaraches. Y cuando las siguen topan con pared. O con una banca. Se esfuman. Nadie consigue creerlo, pero parece que las fantasmagorías trepan por el aire y huyen. Tal vez hay cosas para las que no hay explicaciones. Luego lo de la niña muerta. Si por acá idiotas no son. Si se aparece el diablo me echo a correr, dicen meciendo la hamaca. Pero con los huaraches, seguro a las primeras piedras tropiezan: Dios se apiade de ellos.
Muertita. Si supiera dividir en sílabas lo haría. Es la tercera vez que lo dice. Tono latoso. Medio ebrio. Acústica de su propia acústica en una cantina vacía a esas horas. Su acompañante lo mira de reojo. Mirada quién sabe de qué pero distante. Se aventura a cambiar de tema. Qué sabe él de quinceañeras muertas de un pinche balazo. Sabe de escopetas y de miradas, eso sí. Toma una servilleta, la pasa por su frente y habla del calor de los últimos días. Exagera cuando arruga el papel y lo deja al lado de un cenicero de barro. También saca una rojiza lengua cuando dice que sufre así por el sudor de sus sobacos. Para hacerlo más gráfico se rasca uno. Habla de una vaca. ¿Te acuerdas de la Tomasa? Pero al decir el nombre se calla, súbitamente, como si una gota de sudor le perforara la garganta. Se hace un silencio de esos que son extraños en cualquier cantina. Mínimo esperas que alguien acomode las botellas o choque los vasos para decir salud. De seguir por ahí, va a llegar a lo mismo: la Tomasa también es muertita. Una enfermedad de esas raras. Primero ampollas amarillentas en sus tetas. Ningún medicamento. Ninguna pomada. Triste la Tomasa se quejaba en un rincón: ahí arrumbada, mostrando sus enfermas tetas, quejándose como con suspiros prolongados para no despertar a los demás animales, porque, eso sí, siempre fue respetuosa. Las ampollas pudrieron las tetas al estallar: la carne rosada de la Tomasa se partió y aparecieron coágulos sanguinolentos que despedían un insoportable hedor. Él tomó la escopeta. Una vieja Remington M870. 12 el calibre. Durante buena parte del día anduvo con ella al hombro. Dubitativo. Luego la Tomasa se puso peor y agonizó. Sin pensarlo llegó con la escopeta, recargó el cañón en la cabeza y ¡pum! Voló la cabeza de la Tomasa. Antes del gatillo y la bala alcanzó una última mirada de su vaca. También una última y perenne compañía: cuando piensa en la Tomasa se cubre con sus apagados ojos. Y hay que ver cómo una mirada te sigue por el resto de tu vida, trepa tu memoria, viaja en tus lomos.
(milodonymadrono.blogspot.com)
Al percatarse que no va a seguir, el otro ve la pausa necesaria para volver a hablar. Ordena con voz grave otras dos cervezas. Dice la marca. En realidad, en la cantina donde están ni meseros hay. Tan sólo está el que atiende tras de una barra de madera. Tipo alto de pelo envaselinado a lo Presley. Rostro moreno, de facciones toscas y mal encarado. De esos que ves y no quieres de enemigo. Parco de palabras. Dice sí o no con la cabeza. La mueve, se entiende. De derecha a izquierda: manda a la chingada a quien ordena. Ahí, en esa cantina de mierda, nadie te va a llevar a tu mesa dos cervezas. Menos si el que las ordena es un cabrón tan hablador. Y si eso cree, los dos se van a quedar sin beber. Y con el calor que hace. Ni modo: algo comprende y se para por las dos cervezas. Llega hasta la barra y vuelve a ordenar: dos cervezas. Piensa en golpear con el puño la superficie de la barra. Pero le parece excesivo. Además, no cualquiera le golpea la barra a un tipo más alto que tú. El que atiende las saca de una hielera de aluminio que está a sus pies. Escurren agua con escarcha de hielo. Con un destapador sujeto a una de las orillas de la barra, las abre. Serpentinas de vapor se entrelazan cuando las corcholatas caen. Aquí están, dice, y mueve la cabeza.
Llega a la mesa. Deja las cervezas y se sienta. Bebe. Al hacerlo, parece ordenar al otro que también lo haga. Habla: muertita, chingao. Qué se yo de quinceañeras muertas, insiste en pensar el dueño de la Tomasa. Está de más que lo diga. El otro vuelve a beber, eructa. Se enteró por su mujer. Y ella se enteró en el mercado. Estaba en el puesto del gordo Quixtlihuac. De compras. Una falda a cuadritos para una sobrina que quiere entrar a la secundaria. El muchacho Jacinto grita a lo lejos. Una mujer muerta. La acabo de ver. Le cuelga un nombre y se echan a correr. Es un decir, porque qué va a correr ese cabrón de Quixtlihuac. Su esposa es así. Cuenta los chismes del mercado como si escribiera telegramas. Ha de pensar que cobran cada palabra, que entre más hable más alta será la cuenta. Un recibo que echan por debajo de tu puerta. Debes tanto de tantas palabras que utilizaste. Él se lo dice a cada rato y le insiste. Amplíate más cuando cuentes. Así como le hacen en las películas. Porque si no cuentas, quién chingaos te explica el mundo, a ver. Pero no: ella ahí va con su costal de migajas de palabras. Para él, una de las respuestas está en que no sabe cómo contar los chismes. Afirma: nunca he visto una película. El dueño de la Tomasa se sorprende. Pero te las puedes imaginar, presume. Así le digo a mi esposa: vas por ahí de apestosa porque no sabes contar los chismes, o porque eres incapaz de imaginar tu propia película para contarla. Le falta lengua a la muy cabrona. Se chupa los labios. El dueño de la Tomasa le avienta una confusa mirada. El otro termina de chuparse los labios e inclina ligeramente la cabeza. Traza su mirada una línea recta hasta los dientitos metálicos que hacen de cierre en el pantalón de mezclilla. Pero no creas que para esto, qué va, ahí sí chupa y chupa con la lengua la condenada.
Que hable lo que se le antoje. Es la conclusión a la que llega el dueño de la Tomasa: que hable lo que quiera. Con tal de que pague las cervezas. Piensa en algunos de los remedios que aplicó a la Tomasa para sacarle las ampollas de encima. También en la Remington. Luego se le aparece la boca de la mujer del de enfrente chupando su verga. Ensalivada. Extraña manera de combinar los pensamientos la de los hombres de aquí.
Finaliza la Novena y muchos regresan a sus casas. Temerosos tras las noticias y las asociaciones. Hacen cuentas: cuánto saldrá cambiar sus huaraches por zapatos decentes. Cuánto saldrá cambiar al diablo por Dios. Cuánto pasará antes de que encuentren a otra mujer muerta.