A la sombra de El Zodiaco


POR José Luis Duran King
Mucho se ha especulado sobre por qué el misterioso asesino cesó sus actividades. Para el perfilador de conducta criminal John Douglas, el retiro de El Zodiaco ocurrió a causa de que fue detenido por otro delito diferente a los homicidios que cometió o, simplemente, porque falleció
En esta imagen del 29 de marzo de 1974, los inspectores de homicidios David Toschi y William Armstrong revisan la ropa de una de las víctimas de El Zodiaco en la morgue de Salón de Justicia de San Francisco (Associated Press)
Entre diciembre de 1968 y julio de 1969, uno de los grandes acertijos criminales impuso un reino de terror en California. Después de atacar a dos parejas en situaciones y fechas diferentes, llamó a la policía para acreditar sus delitos. Un hombre sobrevivió, aunque los detalles que proporcionó fueron insuficientes para atrapar al elusivo asesino. Además del juego que inició con la policía, el individuo envió a tres periódicos de San Francisco igual cantidad de cartas, cada una con parte de un extraño mensaje, que en realidad era un criptograma elaborado con símbolos extraños y una cruz rodeada por un círculo. El Zodiaco, como se autodenominaba el sujeto, atacó a una tercera pareja el 27 de septiembre de 1969, solo que en esa ocasión, en lugar de dispararles como lo había hecho anteriormente, eligió acuchillarlos. Tras cumplir su objetivo, llamó a la policía para reportar el homicidio. Dos semanas después, El Zodiaco asesinó a su víctima número siete. Y entonces, tal como había comenzado esa saga sangrienta, la actuación del criminal cesó.

Mucho se ha especulado acerca de por qué el misterioso asesino abandonó repentinamente sus actividades. Para el perfilador de conducta criminal John Douglas, el retiro de El Zodiacoocurrió a causa de que fue detenido por otro delito diferente a los homicidios que cometió o, simplemente, porque falleció.
Diez años después de que cesaron los ataques del enmascarado, el 20 de agosto de 1979 las autoridades de San Francisco acudieron al parque estatal de Mt. Tamalpais, donde yacía el cuerpo desnudo de una mujer. Se trataba de Edda Kane, quien además de ser violada fue obligada a arrodillarse antes de ser ejecutada con un tiro en la nuca proveniente de una pistola calibre .44. La policía creyó que se trataba de un caso de homicidio aislado. Sin embargo, el 7 de marzo de 1980 Barbara Schwartz, de 23 años, paseaba entre los árboles del mismo parque cuando un individuo de unos 30 años, atlético, se le acercó y, sin aviso alguno, la comenzó a acuchillar. Un hombre que paseaba a su perro presenció de lejos el ataque, pero cuando llegó a ayudar a la mujer, ésta había fallecido.
Homicida impulsivo
David Carpenter (Mary Frances Bennett)
La naturaleza de los ataques intempestivos y mortales, además de la utilización de pistola y cuchillo, provocó que muchos medios dedujeran que El Zodiaco había regresado. Sin embargo, el agente especial Roy Hazelwood publicó un artículo en el que explicaba que los ataques de índole sexual generalmente son motivados por agresión, sentimientos de poder y, por supuesto, gratificación sexual. Y añadía que los criminales sexuales se dividen en dos: impulsivos y ritualistas. En el caso de los impulsivos –en el que al parecer se encontraba el asesino de Edda Kane y Barbara Schwartz— son delincuentes oportunistas, en su mayoría con un coeficiente mental por debajo del normal y su conducta es detonada por compulsiones sexuales básicas. Los ritualistas buscan satisfacer necesidades psicológicas específicas, por lo que sus homicidios y las circunstancias que rodean a éstos son más intelectuales, al grado de desafiar de una u otra manera al sistema judicial de su entorno.
Asimismo, a diferencia de El Zodiaco, el nuevo asesino prefería mantener sus crímenes en un bajo perfil, lejos de los reflectores mediáticos. Por ejemplo, tras asesinar de tres balazos a Anne Anderson, el 15 de octubre de ese mismo año, el 27 de noviembre siguiente Shauna May, de 25 años, no llegó a la cita que tenía con su novio. Dos días después fue encontrada en una tumba a flor de tierra en el parque Tamalpais; a menos de dos metros de distancia otra tumba albergaba el cuerpo en avanzado estado de descomposición de Diana O´Connell, de 22, cuya desaparición no fue promovida por su verdugo.
Conforme el tiempo transcurría, el asesino de Tamalpais adquiría mayor audacia. Su actuación siguiente, el 29 de noviembre, involucró un doble homicidio: el de Richard Stowers, de 19 años, y Cynthia Moreland, de 18. El mismo acto quiso repetirlo el 29 de marzo de 1981, al atacar a Stephen Haertle y a Ellen Hansen, quien sobrevivió y pudo dar información que contribuiría a la captura, más adelante, del asesino. El 1 de mayo siguiente, Heather Scaggs no volvió a casa; había dicho que se reuniría en San Francisco con un hombre llamado David Carpenter para ver lo de la compra de un auto. En cuanto las autoridades dieron con el paradero del individuo y cotejaron la información de la sobreviviente con los antecedentes penales de Carpenter, sabían que tenían a su hombre.
En el periodo de los interrogatorios, el cadáver de Heather Scaggs fue recuperado en un parque estatal al norte de San Francisco. Asimismo, David Carpenter confesó el asesinato de Anna Menjivas, al tiempo que proporcionó un mapa dibujado a mano del lugar en que estaba enterrada en el parque Tamalpais.
David Carpenter, casado, padre de tres hijos, era el lobo debajo de la piel de cordero. Hijo de un padre alcohólico y una madre ciega, fue un niño golpeado y arrojado al fondo de su autoestima. De joven abusó sexualmente de cuanto menor se le puso enfrente, sin hacer distinción de género. Al llegar a la edad adulta era un individuo que solo infligiendo humillación lograba placer sexual. Su mayor gratificación era arrodillar y escuchar a sus víctimas pedir clemencia antes de dispararles en la nuca; también gozaba “penetrándolas” varias veces con su cuchillo. Fue condenado a la pena capital, cita que aguarda en el corredor de la muerte de San Quintín. Es el preso más viejo del lugar.