Asesinos seriales: orden y caos


POR José Luis Duran King
Aunque los países que han enfrentado casos de predadores reiterativos manejan sus propias nomenclaturas en el proceso de una investigación, la clasificación propuesta por el FBI de asesinos seriales organizados y desorganizados ha sido adoptada de manera universal
Ted Bundy: posgrado en asesinato serial (plqhq.blogspot.com)
Uno de los grandes instrumentos metodológicos en la investigación en torno al fenómeno del asesinato serial es el perfilamiento criminal. De acuerdo con la forma de actuar, del arma utilizada o la manera de matar, además de la impronta que en general dejan en el escenario del hecho criminal, el proceso taxonómico resulta fundamental para la categorización de los homicidas recreativos, ya que muy rara vez este tipo de agresor rebasa los parámetros que él mismo ha construido en derredor suyo.
Y aunque los países que han enfrentado casos de predadores reiterativos manejan sus propias nomenclaturas en el proceso de una investigación, la clasificación propuesta por el FBI de asesinos seriales organizados y desorganizados ha sido adoptada de manera universal. Dentro de ese manual taxonómico existe un gran apartado que se circunscribe al homicidio sexual, el cual, a su vez, se divide en homicidio sexual organizado, homicidio sexual desorganizado y homicidio sexual mixto.
En el caso del asesino organizado, éste planea sus crímenes tan meticulosamente como planea sus posibilidades de escape. Pueden transcurrir semanas, meses e incluso años antes de que este tipo de homicida comience a materializar sus obsesiones. Su fantasía muy pocas veces desborda o atenta contra la escrupulosidad con que ha ideado sus ataques. Ted Bundy es el ejemplo más depurado de asesino serial organizado. Este hombre, que dijo que el único posgrado que tenía era en asesinato serial, sabía de lo que hablaba, por lo menos en sus primeros homicidios, en los que planeó hasta el último detalle.
Observaba por días a sus víctimas potenciales y aprovechaba cualquier resquicio de oportunidad para completar sus planes. Una vez que se había apoderado de su presa, utilizaba su equipo de trabajo para maniatar, amordazar e incluso golpear. En su Volkswagen dorado traía esposas, cinta adhesiva, cloroformo, pasamontañas, cachiporra, cordón y armas punzocortantes. Nada quedaba a la deriva. Tras ser aprehendido, la policía auscultó uno de los departamentos que habitó. Su armario era un reflejo de lo que Bundy era en la vida cotidiana. Sus trajes estaban alineados de acuerdo a cómo los utilizaba en los días de la semana. Las corbatas y ropa interior estaban perfectamente dobladas en los cajones, los zapatos boleados, la cama tendida, el mobiliario sacudido y el piso barrido y trapeado.
Sin embargo, después de rebasar los 20 homicidios –alguna vez lo declaró—“no sabía dónde había dejado un tobillo”. Su organización la perdió conforme los asesinatos se acumularon. Aun así, solo la huella de una mordida en la nalga de una de las víctimas lo condujo a la silla eléctrica. Incluso en su celda del corredor de la muerte, el orden fue la constante.
Como jaula de perico
Richard Ramírez: un asesino al azar (tumblr.com)
El asesino desorganizado es diametralmente opuesto al caso anterior, pero no por eso es más fácil de atrapar. Su fortaleza reside en que no es predecible. Es amo y señor del azar, de la oportunidad, por lo que sus víctimas pueden ser mujeres, hombres, ancianos, jóvenes, incluso niños. No tiene un arma predilecta. Toma lo que tiene a la mano y lo convierte en objeto agresor. A menudo su coeficiente mental está muy por debajo de los niveles normales. No es extraño que sea un desempleado, que carezca de medio de transporte propio y que su espectro geográfico delictivo sea cercano a su hogar.
En cuanto a los escenarios del crimen, éstos quedan batidos como jaula de perico. Los cuerpos de las víctimas regularmente son dejados tal y como quedaron después del ataque y muestran a menudo mutilaciones hechas bajo un estado de furia. Por lo mismo, el homicida sexual desorganizado no oculta sus huellas o destruye las evidencias que lo vinculan a las víctimas, además de que en la mayoría de los casos se lleva trofeos o recuerdos de sus presas, que pueden ser prendas de vestir, joyería e incluso partes corporales.
Un ejemplo de homicida serial mixto fue Richard Ramírez, quien entre junio de 1984 y 1985 puso en verdaderos aprietos a la ciudad Los Ángeles, California. En ese lapso, 19 personas fueron brutalmente asesinadas dentro de sus hogares por este joven latino al que la prensa llamó El Asaltante Nocturno. De sus víctimas, los hombres fueron baleados o estrangulados. Las mujeres sufrieron un peor destino, ya que fueron violadas y mutiladas. De algunas de ellas, el predador decidió conservar los ojos.
Ramírez era un vagabundo mentalmente perturbado y tenía una adicción dura a la cocaína. Simpatizaba con el satanismo no obstante que provenía de una familia mexicana con un acendrado espíritu católico. Su necesidad de matar, combinada con sus alucinaciones, tuvo resultados desastrosos. Ramírez asesinaba al azar, de noche, y en una ocasión cobró tres víctimas en un solo evento. Era capaz de borrar sus huellas dactilares del picaporte, pero incapaz de hacerlo con sus pisadas y las palmas de sus manos ensangrentadas en las paredes, además de que se daba tiempo para escribir consignas satánicas con la hemoglobina de sus presas.
El gran problema para la policía de Los Ángeles fue aprehender al lobo antes de su siguiente ataque. Corrió mucha sangre antes de que eso sucediera. Finalmente, el 31 de agosto de 1985 el amante de Satán, del heavy metal y de la cocaína inyectada fue rescatado por la policía en medio de un grupo de personas que había reconocido su retrato en televisión e intentaba lincharlo.