Concebir el amor pasional como un milagro


POR Gabriel Ríos
Isaac Bashevis Singer no fue presa de la captura, de los espejismos, no desperdició oportunidades, ni se divirtió en exceso con sus pasiones. Sus cuentos y sus novelas tienen las características del ser moral, con la consabida frustración del goce consciente, y es verdaderamente increíble lo que vemos a través de sus ojos: bosques, profecías, arroyos
Franz Kafka (algundiaenalgunaparte.wordpress.com)
Era una época en la que todo me parecía bueno. No había diferencia entre el cielo y la tierra. La estrella más distante y mi cabellera roja me provocaban una conmoción, pero más que ello, el concepto spinoziano.
Me hacía sentir a Dios con atributos infinitos.
Ahora que han pasado tantos años, y como en su momento le pareció a Isaac Bashevis Singer, en su libro En el tribunal de mi padre, y con más fuerza en su libro de cuentos, que no sé cuándo publicó, Un amigo de Kafka, me quedé con el relato “La llave”, que en las manos artríticas de la anciana, que con un egoísmo propio de quien se ha quedado sola, imagina tonterías.

En fin, sin tener ningún tipo de relaciones, de pronto se encuentra en la calle, porque al introducir la llave ésta se quebró. Al sentirse en el más profundo de los abandonos, encuentra que los que consideraba enemigos son personas que le ayudan, como es el caso del portero que le abre su casa o la vecina que le guardó la botella de leche, que la dejó abandonada.
Curiosamente, la mujer quedó aliviada de haber andado por las calles de Riverside Drive, hasta agotarse y ya exhausta, descansar en las escaleras de una iglesia, donde dormitó. Al despertar le vino una reflexión de Sam, el que fue su esposo, y siempre la buscó, como si fuera una doncella.
Bessie Popkin, en la vigilia, habló con ese caballero judío, dándole un sentido distinto a la literatura, quizá una reinterpretación de la Torá.
Acerca de ello, en los años 60, Jacques Lacan analizaría los síntomas de quien precisamente con el desfasamiento de lo aparentemente real, e incluso de lo imaginario, por lo reluciente del símbolo de esa luz de la luna, se encontraría al final del camino. Es decir, Bessie se habría convertido en una muchacha, que miraba el cortejo y escuchaba murmullos de canciones.
Por supuesto que Isaac Bashevis Singer pensaba en quimeras, pero también en las contradicciones del caso, pues el pasado es de aquel que se había quedado con una mujer desfasada, por lo que se “tropieza” cuando el amor es persistente y el trabajo para el hombre es superior a sus fuerzas.
¿Cuánto sabía Sam de las transgresiones sobre transgresiones? De hecho siempre fue el orgullo que antecedió a la caída. Ahora huía del sueño de Bessie. Sin embargo, se preguntaría: ¿qué hacer con el cuerpo y los deseos?
No dejemos de lado, admite Singer, que la ambigüedad de las religiones provoca culpa, adulterio, pecado, masturbación metafísica. Claro que el sufrimiento envilece y se justifica con la frase del origen divino del deseo.
Forzosamente tendría que ver con la lucha encarnizada que tiene consigo la heroína, que a un instante de morir le queda a la vista los verdes profundos y luminosos. Para explicar un fragmento del símbolo, Lacan recurre a una cita de Saussure, empalmándola con las alucinaciones.
Isaac Bashevis Singer (en.wikipedia.org)
Isaac Bashevis Singer no fue presa de la captura, de los espejismos, no desperdició oportunidades, ni se divirtió en exceso con sus pasiones.
Es cierto que sus cuentos y sus novelas tienen todas las características del ser moral, con la consabida frustración del goce consciente, y es verdaderamente increíble lo que vemos a través de sus ojos: bosques, profecías, arroyos. Pudieron haber sido historias de honor, fantásticas, pero fueron mucho más que la inteligencia inmediata.
Por eso decimos, que Sam, murió en el vértigo de Bessie, esa mujer que lo contrariaba. Escuchamos, que con ironía, se apoderaba del joven. A una edad avanzada, el viejo Sam había elegido, con la ayuda de su experiencia, la paz de las flores, el cielo caliente que se abovedaba en el horizonte.
El trofeo por su valentía fue la soledad en donde se encuentra la naturaleza, es decir, la Dama Blanca, encarnada en sí mismo. Por eso quedó protegido de la oscuridad en la que se quedaron los demás participantes.
Alejado de los caídos en lo perverso, nada más tendríamos que recordar que nunca fue bocado para Bessie, porque mucho tiempo atrás miró en un sueño al padre anterior a la aparición de la Ley. No podría ser de otra manera.
Por poner algunos ejemplos, la autobiografía de Bashevis Singer o su narración El esclavo, donde una pareja, Jacob y Wanda –en el marco del siglo XVII, en Polonia, ahí donde se gestó una de las masacres del pueblo judío, nada más comparable a la que sucedió tres siglos más tarde en la Alemania nazi— conciben el amor pasional como un milagro, de ese Dios eterno y poderoso, existente antes de la Creación, de mano invisible, el que modela cada tallo, brizna de hierba, pétalo, oruga y mosca, mariposas que lucen en sus alas un dibujo exclusivo, y pájaros que cantan con voz aterciopelada y única.