Cortesanos y esquizofrénicos


POR Alfredo C. Villeda
Hace unos días los dirigentes actuales del PRD, pastores disfrazados con los plumajes y máscaras correspondientes a lo que su propia nomenclatura bautiza como tribu de Los Chuchos, cayeron hincados levantando los brazos al cielo con la gran noticia de la salida oficial de AMLO de ese partido
(revistadelauniversidad.unam.mx)
En el zenit de la campaña electoral, los atónitos testigos de la vida política vieron cómo una cauda de elementos extraños se formaba a la zaga de Enrique Peña Nieto. Cada uno, único por su identidad y ADN, sin duda, tenía sin embargo un rasgo en común inocultable que le da, con el resto, pertenencia de especie: los cortesanos.
No vaya usted a pensar, por favor, que se alude aquí a ese nutrido grupo de ayudantes y colaboradores que suelen ir detrás de su jefe. Ni mucho menos. Ellos son trabajadores y, casi con seguridad, aliados de partido, de militancia, de ideología. Tampoco debe creerse, por ningún motivo, que se ensaya aquí una peyorativa analogía con esos pequeños seres acuáticos, las rémoras, que van alimentándose de los desechos que generan las quijadas del tiburón cerradas sobre su presa.

Son ex perredistas, ex panistas, ex comunistas, ex guerrilleros… de la misma especie.
Octavio Paz lo explica así:
“La autoridad del Tlatoani azteca reaparece en el culto de la figura del Señor Presidente. Este culto no es un principio político: su fundamento es religioso. El respeto al virrey, aunque menos profundo (era un jefe enviado por un poder extranjero), también sigue vivo. La Independencia, al acabar con el virreinato, abolió la corte, pero quedaron los cortesanos.
“Es un grupo todavía muy floreciente y que rodea a cada presidente y a cada gobernador. Las dificultades que ha encontrado el sistema democrático para enraizar en México se deben, fundamentalmente, a las actitudes tradicionales del pueblo mexicano frente a la autoridad política. Aún no somos un pueblo de ciudadanos y esta es la razón principal de la lentitud con que se han ido implantando en nuestro suelo no las instituciones, sino las prácticas democráticas.”
Jesús Ortega (elporvenir.com.mx)
Hace unos días los dirigentes actuales del PRD, pastores disfrazados con los plumajes y máscaras correspondientes a lo que su propia nomenclatura bautiza como tribu de Los Chuchos, cayeron hincados levantando los brazos al cielo con la gran noticia de la salida oficial de Andrés Manuel López Obrador de ese partido.
“Ya era esquizofrénico”, expresó Jesús Ortega, fundador de tal agrupación, al referirse a la constante confrontación entre las posiciones de ellos y del líder tabasqueño, que se retiró con un mensaje parafraseando a Amado Nervo: “Me despido en los mejores términos (…) Estamos a mano y en paz”.
Hace 19 años, Paz escribió:
“El PRD sigue siendo una alianza de facciones y grupos heterogéneos. Es deplorable la frecuencia con que sus dirigentes se contradicen unos a otros; también lo es que a menudo, en sus declaraciones públicas, incurran en opiniones y posiciones que parecían haber abandonado (…) Es imposible saber a ciencia cierta cuál es la verdadera ideología de ese partido.
“Esas contradicciones y arcaísmos revelan que el PRD se enfrenta a un reto de la mayor gravedad: el de su definición ideológica. Es un problema mundial y que afecta a todos los movimientos de izquierda (…) Los dirigentes del PRD no se han tomado nunca el trabajo de explicar cómo han llegado a sus actuales convicciones democráticas.”
Muchos pertenecían al PRI, otros fueron militantes comunistas, trotskistas y de otras banderas. Ninguno de ellos, decía Paz hace casi 20 años, ha explicado la razón de su cambio ideológico.
Estamos, en todo caso, ante el antiguo arte de la transfiguración, pervertido con más de cinco siglos encima, que no lo reconocería el Nobel Le Clézio, quien escribió sobre el tema en Le rêve mexicain en 1988, y menos su fuente original: Bernardino de Sahagún.