Envejeciendo con Juliette Binoche


POR Alfredo C. Villeda
Decía Oscar Wilde que la última vez que había llorado era por la muerte de Lucien de Rubempré, personaje de Esplendor y miseria de cortesanas, de Balzac. Resulta inevitable evocar esa confesión cuando pierde la vida, desnucada, Émilie en El desprecio, acaso la novela más emotiva de Alberto Moravia
(Szymon Roginski/Kino Lorber Films)
Un hombre desnudo, sentado en un banquillo en la cabecera de la mesa del comedor, rasga su guitarra acústica al ritmo de “Las hojas muertas”, el célebre poema de Jacques Prévert devenido pieza musical icónica de una época francesa y multitraducido e interpretado en varias lenguas. Hay en especial una versión en inglés, cantada por la francesa Patricia Kaas, que ya será tema de otra nostalgia.
El caso es que el hombre desprovisto de ropa, pero dueño de un sentimiento especial para tocar la guitarra, hace soñar a su anfitriona, que cierra los ojos y se deja llevar mientras el resto de bohemios habla sobre negocios, política y otros temas baladíes. En realidad la acompañan cuatro comensales, pero ella ha decidido evocar un testimonio reciente y convierte la aburrida sesión en una animada velada con música y vino. Animados fantasmas ajenos.

El fusilero ya había olvidado la última vez que había visto a la anfitriona, que para mejor seña se llama Juliette Binoche. Debió ser en el lejano comienzo de siglo XXI, en la película Chocolat, en la que comparte crédito con Carrie-Anne Moss. Pero esta vez, el director polaco Malgorzata Szumowska parece empeñado en hacer énfasis, a quienes crecimos junto a la estrella francesa, en que hemos envejecido juntos.
Porque ahora las chicas que lucen como la Binoche de Blue (la primera parte de la trilogía de Krzysztof Kieslowski, 1993), Joana Koulig y Anaïs Demoustier, son las coprotagonistas de este filme franco-polaco titulado Elles (Ellas, 2011), en el que la primera es una reportera de una revista parisiense en busca de las historias de dos jóvenes estudiantes prostitutas. Una de ellas le ha contado que uno de sus clientes suele desnudarse y tocar “Las hojas muertas”; la otra, que alguno la ha violado con una botella.
Los testimonios de las dos chicas hacen vibrar a la reportera y la integran a su dinámica. Durante una de las sesiones de entrevista, la estudiante polaca convence a su visitante de beber vodka y acaban enredadas entre los efectos de los tragos, los cigarrillos, la música y sus brazos. Estas entrevistas, pues, dan nueva vida al personaje de Binoche, cuya figura cincuentona, sin embargo, el director se esfuerza en degradar en cuanto pone un pie en la cotidianidad de su hogar, vilipendiada por un hijo adolescente y el esposo aficionado a la pornografía.
Pero ella, en esa reunión en casa, tan importante para la estabilidad laboral de su cónyuge, revive cada personaje narrado por sus entrevistadas, los sienta a su mesa y disfruta a ritmo del gran poema de Prévert, rodeada de la imaginaria clientela sexual de las bellas jóvenes.
Decía Oscar Wilde que la última vez que había llorado era por la muerte de Lucien de Rubempré, personaje de Esplendor y miseria de cortesanas, de Balzac. Resulta inevitable evocar esa confesión cuando pierde la vida, desnucada, Émilie en El desprecio, acaso la novela más emotiva de Alberto Moravia, que Jean-Luc Godard llevó al cine con Brigitte Bardot y Jack Palance. Supongo que algunos espectadores, admiradores de la Bardot, habrán pasado el mismo trance, envejeciendo junto a su estrella, que ahora experimentan quienes, como el fusilero, hicieron lo propio junto a Binoche. Pero ahora, a ritmo de “Les feuilles mortes” en voz del gran Yves Montand:
C’est une chanson qui nous ressemble,
Toi qui m’aimais, moi qui t’aimais.
Nous vivions tous les deux ensemble,
Toi qui m’aimais, moi qui t’aimais.
Mais la vie sépare ceux qui s’aiment,
Tout doucement sans faire de bruit.
Et la mer efface sur le sable,
Les pas des amants désunis…