“Fue la esposa”


POR Alfredo C. Villeda
Es casi automático que el homicidio de un político se vuelva un escándalo y la opinión pública especule sobre la autoría y el móvil. En la serie de asesinatos de los años 90, que abre con el cardenal Posadas Ocampo y continúa con Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la política era la línea obligada a seguir
La presunta autoviuda (campeche.com.mx)
En su análisis de la obra de Guy de Mauppasant, Antonia Fonyi escribe que hay dos condiciones para que haya historia policiaca: el crimen y el castigo. La certeza de que la ley puede definir el delito y la certeza de que la justicia es capaz de sancionarlo. Sin embargo, el cuentista francés soslayaba ambas características en no pocos relatos, basados, eso sí, en hechos reales o verosímiles. Más bien explotaba los accidentes del alma, los límites psicológicos, la infelicidad y el temor al juicio divino: perturbación, pánico, celos… Los temas universales en historias criminales desprovistas de un eventual seguimiento del cauce legal.

El tema apasiona a escritores desde Homero. Desde siempre. El homicidio de una pareja de ancianos, él ex secretario de Estado, ella discreta novelista, conmocionó a la sociedad mexicana de los años 70, no solo por el sanguinario método para perpetrarlo, a machetazos, sino porque después de la investigación el asunto derivó en lo que un periódico vespertino de la época tituló así: “Fue el nieto”. Vicente Leñero se interesó en el caso y escribió un memorable reportaje, Asesinato, que remata con una entrevista al acusado, Gilberto Flores Alavez, quien primero evade la pregunta sobre la autoría del crimen y al final, ya juzgado y en la cárcel, responde que él no fue.
Es imposible desligar a este homicida divagando ante Leñero sobre temas diversos, pero ajenos al crimen, con uno de los asesinos de A sangre fría, la novela-reportaje de Truman Capote sobre el asesinato de una familia en un pequeño poblado de Kansas, en la medianía del siglo XX. El periodista visitó durante años, hasta la ejecución en la horca, a los dos homicidas; uno de ellos se negaba a revivir el episodio, pero de súbito abrumaba a su oyente con historias de papagayos amarillos que bajaban a visitarlo a la celda o de una ardilla a la que alimentaba a diario por una pequeña ventila.
De vuelta a México, es casi automático que el homicidio de un político se vuelva un escándalo y la opinión pública especule sobre la autoría y el móvil. En la serie de asesinatos de los años 90, que abre con el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y continúa con Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la política era la línea obligada a seguir, si bien el del prelado resultó una “confusión” y el del candidato, primero perfilado como “complot”, acabó en obra de un “asesino solitario”.
Hoy en día, sin embargo, el primer sospechoso es el narcotráfico, aunque se trate de políticos. El 5 de septiembre de 2009, hay que recordar, José Francisco Fuentes Esperón, candidato a diputado en Villahermosa, fue hallado muerto junto con su esposa y dos hijos. Él degollado, ella baleada y los niños asfixiados. La fiscalía perfilaba el robo como su principal móvil, pero los propios priistas, que llamaban a su malogrado compañero el “Peña Nieto de Tabasco”, hablaban de una “venganza del tipo del crimen organizado”.
La resolución de la historia, después relatada en un gran reportaje del colega Diego Osorno, derivó en un crimen del fuero común: un bachiller que trabajaba en la exclusiva zona residencial, obsesionado con la esposa del candidato, planeó junto con otros dos jóvenes el asesinato, del que ya hasta Los Zetas se habían deslindado.
Así fue como ayer asistió el consumidor de noticias al desenlace parcial del apuñalamiento del diputado Jaime Serrano Cedillo, también priista, en Nezahualcóyotl. Rememorando aquella cabeza periodística de los años 70, el informe de la fiscalía mexiquense puede resumirse con una frase: “Fue la esposa”. Pleito conyugal. De hallársele culpable, la abogada Patricia Grimaldo de la Cruz recibirá una sentencia de tres a 10 años de prisión. Otra vez un caso del fuero común que haría salivar a Guy de Mauppasant, olvidándose, por supuesto, de las certezas del delito y el castigo.