La última cena


POR José Luis Duran King
La industria de la comida chatarra ha demostrado una capacidad extraordinaria de adaptación, acudiendo con rapidez inusitada a entregar los pedidos a las prisiones en cuanto se los solicitan. El objetivo es que nadie se vaya sin cenar, para de esta forma evitar las desagradables pesadillas
(pbase.com)
John Wayne Gacy fue un hombre de costumbres. Ni los casi 15 años que habitó en el corredor de la muerte en la prisión de Stateville, en Illinois, Chicago, lograron cambiar sus hábitos. Más bien, los fortalecieron. Gacy fue detenido a principios de los años 80 por el asesinato de 33 adolescentes, a quienes violó y torturó antes de matarlos y enterrarlos en el subsuelo de su residencia.
El 1 de mayo de 1994, Gacy fue informado que su cita con el verdugo era cuestión de horas, por lo que las autoridades de la prisión le preguntaron qué deseaba cenar. El condenado hizo un recorrido rápido a su pasado y solicitó un paquete de KFC, camarones fritos, papas a la francesa, fresas y una coca de dieta. Horas después, un funcionario de Stateville comunicó a los medios y activistas contra la pena de muerte que Gacy había sido ejecutado de acuerdo con el protocolo estatal.

John Wayne Gacy, Pogo el Payaso, fungió durante varios años, en su época de esplendor social, como gerente de una franquicia de la KFC. Para este individuo de costumbres, el nombre y sabor de esa comida de firma trasnacional formaban parte de su historia y estuvieron con él, acompañándolo en el momento crepuscular de su existencia.
Por extravagante que parezca, la última cena de los condenados despierta un interés público peculiar, incluso enfermizo. Aunque si nos detenemos un poco en este tema, si conocemos los gustos culinarios de los que van a morir, quizá encontraremos que esa curiosidad no es tan descabellada como pudiera parecer en una primera instancia. Después de todo, el menú final nos permite hallar un atisbo de humanidad en individuos que en su momento estelar fueron considerados monstruos, furias de la naturaleza, maldad extrema.
Es un “receso en la mente humana”, lo ha descrito el periodista estadunidense Mark R. Vogel en su artículo Last Meal On Death Row. ¿Por qué eligen un platillo en lugar de otro? ¿Qué significado oculto hay en una determinada cena al pie del patíbulo? En realidad no hay nada. Simplemente el acto de comer nos los revela como seres humanos, con apetito, con miedo, con deseos de disfrutar al máximo los minutos finales de un reloj que se detendrá para siempre.
Tradición antigua
(huffingtonpost.co.uk)
El acto de cumplir la última voluntad de los condenados es una tradición que puede rastrearse hasta los tiempos de los antiguos griegos, egipcios y romanos. Al parecer, cumplir ese capricho tenía móviles más de superstición que de humanidad. En Europa, por ejemplo, se tenía la idea de que si un condenado aceptaba la última cena, de alguna manera se iba satisfecho de este mundo, sin rencores ni maldiciones que pudieran alcanzar a quienes tuvieron que ver con su triste destino, llámense verdugo, juez, acusadores y testigos, entre otros.
Y es precisamente a la luz mortecina que la comida adquiere una connotación diferente a la actividad de supervivencia que la sociedad realiza cotidianamente acompañada del periódico, viendo la televisión, peleando con la pareja, regañando a los niños o simplemente fugándose de sí misma. La comida también es banquete y celebración, lo mismo que despedida. “Todo viaje comienza con una comida”, reza un refrán italiano. Y qué es la muerte si no un viaje, el último, el nocturno, cuando se trata de los condenados a la pena capital.
Así que ya, en estos términos, la última cena tiene argumentos suficientes para contar con su propio anaquel en la vitrina de la murderabilia, entre los coleccionistas de souvenirs que los grandes asesinos dejan regados.
En este rubro, la industria punitiva estadounidense, que afortunadamente tiene una obsesión muy sana, que es la de registrar en documento escrito toda su actividad motriz, ha sido bastante generosa para proporcionar los puntos y las comas de lo que sucede al interior y con los internos de las prisiones estatales.
Gracias a esos registros sabemos que el brutal Ted Bundy llegó a la silla eléctrica con la barriga llena, aunque quizá no con el corazón contento, después de saborear un bistec, huevos, pan y café. Que para Aileen Wuornos, La Damisela de la Muerte, fue irrelevante cenar antes de morir. Que Robert Alton Harris también pidió un paquete de KFC y una pizza Domino.
Asimismo, nos enteramos que los gastos de la última cena de los condenados corren por cuenta de los gobiernos estatales, que hay un costo límite para la cena, que varía de acuerdo con los estados entre 20 y 40 dólares. Y que, por lo mismo, también hay ciertas restricciones para los platillos.
Solicitar un lechón para la cena, caviar o langosta está fuera de toda proporción. Y así como hay unos estados que son más generosos que otros, hay algunos más, como Maryland, que ni siquiera se toman la molestia de ofrecer de cenar a sus incómodos invitados.
Como dato curioso cabe resaltar que el alcohol está prohibido y que el cigarro está circunscrito a las leyes que no permiten fumar en el interior de las instalaciones gubernamentales. Además, acerca del bocado postrero, la industria de la comida chatarra ha demostrado una capacidad extraordinaria de adaptación, acudiendo con rapidez inusitada a entregar los pedidos a las prisiones en cuanto se los solicitan. El objetivo es que nadie se vaya sin cenar, para de esta forma evitar las desagradables pesadillas.