Oscar Wilde: editor de revista femenina


POR Kaya Genç
Hace 125 años, Oscar Wilde estuvo al frente de la edición de la revista The Woman’s World; fue su primer y último trabajo en oficina. Por esta labor, James Joyce lo llamó “bufón de la corte”, aunque las modalidades que aportó en su oficio todavía brindan grandes enseñanzas
(unizar.es)
Tras el asunto de Haymarket de 1886, en el que siete policías y cuatro civiles murieron en Chicago durante una marcha laboral, Oscar Wilde firmó una petición en la que apoyaba a los anarquistas que decían haber colocado las bombas en la zona. Menos de seis meses después de firmar aquel documento, el cual fue preparado por George Bernard Shaw y aprobado por Friedrich Engels, entre otros, Wilde comenzó a trabajar para una revista de modas, comparable a la Vogue de hoy.
¿Inconsistente? ¿Paradójico? ¿Extraño? Para aquellos que creen en el retrato disidente de Wilde, el buscador de The Soul of Man Under Socialism [El alma del hombre bajo el socialismo], el antiguo acto es una expresión seria y sincera de sus simpatías reales, mientras que el segundo es el resultado de las apremiantes necesidades materiales (dos años antes se había casado con Constance Lloyd, con quien había tenido dos hijos), si no es que de la desesperación absoluta. Pero una mirada más de cerca a los volúmenes de su revista, The Woman’s World, que está disponible para su lectura a través del programa de digitalización de Google, complica esta simple oposición entre el Wilde disidente y el Wilde taquillero. Bajo su dirección editorial, la revista tenía poca paciencia para el chisme y la superficialidad, centrándose más bien en la mercantilización de la vida victoriana: sus potencialidades, sus caídas y el papel del feminismo en ella.

La revista editada por Wilde es una empresa seria, un marcado contraste con los títulos rutilantes de nuestra época. Qué suerte tuvieron esos editores, uno piensa, al trabajar en un ambiente cultural donde la mercantilización podía ser tema de una revista, y no su fuerza vital. The Woman’s World parecía más interesada en reconfigurar la idea de la feminidad (Wilde presionó su editor en jefe a revisar el título original, The Woman’s World, aduciendo que no era “femenino”), lo que da fe de su condición de intelectual. Diseñada para un público de altos ingresos, culto y prestigioso, la revista de Wilde casi puede describirse como disidente por su defensa frecuente de la mujer nueva, políticamente empoderada, y radicalmente re-apropiada de la feminidad victoriana.
Mi interés en esta fase de la vida de Wilde no se limita al plano editorial –lo que él escribió, por encargo, y deconstruido en la revista— sino que se extiende al impacto que esta experiencia tuvo en su “verdadera” obra literaria fuera de la oficina.
(barnesandnoble.com)
Para aquellos interesados, o como yo, obsesionados con los aniversarios: este verano marcó los 125 años del trabajo de oficina de Oscar Wilde. Es cierto que la importancia del evento palidece en comparación con el centenario del hundimiento del Titanic o el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, pero la experiencia de Wilde en una oficina nos brinda este aniversario curioso donde el escritor, quien desea lo mejor de ambos mundos como periodista y autor serio, puede ver en la práctica si tal cosa es posible o deseable.
Cuando tenía 33 años, Wilde comenzó a trabajar para la firma editorial Cassell & Company donde estuvo más de dos años. Su mejor obra de no ficción y ficción se produjo durante el tiempo que pasó en la oficina de Ludgate Hill, cerca de Fleet Street. Entre el 18 de 1887, cuando firmó contrato con Thomas Wemyss Reid, quien era gerente general de la empresa, y octubre de 1889, cuando se le entregó su notificación, Wilde logró escribir sus ensayos más brillantes y extensos, incluyendo El crítico como artista, La decadencia de la mentira, Pluma, lápiz y veneno, y El retrato del Sr. W.H.”, una especulación sobre los sonetos de Shakespeare (que más tarde se convirtió en favorito de Borges), sin mencionar El retrato de Dorian Gray, que a menudo es considerada la mejor obra de Wilde y el texto que definió la era victoriana tardía.
Es difícil imaginar a un autor serio de nuestros días realizando una hazaña similar. ¿Hubiera podido Jonathan Franzen, ese gran enemigo de la superficialidad de Twitter, escribir The Corrections mientras hace la edición de GQ, invirtiendo sus fines de semana en la oficina? Mientras que muchos autores contemporáneos prefieren desconectarse de su red social mientras escriben, Wilde hizo lo contrario e intentó tener el mayor número de contactos posibles, pues pensaba que contribuían a su creatividad como autor.
Después de una gira por Estados Unidos y algunas partes de Inglaterra a principios de los años 80 del siglo XIX, en la que dictó una serie de conferencias sobre decoración, moda y artes aplicadas, Wilde había divertido a las audiencias estadounidenses y británicas con su personalidad y sus habilidades oratorias. Cuando esta gran gira llegó a su fin, Wilde de inmediato buscó la fama en prestigiosas revistas literarias y periódicos donde podía reseñar libros y publicar ensayos acerca de sus temas favoritos. En el transcurso de un año reseñó docenas de libros, algunos de los cuales confesó no haber leído en su totalidad (“Nunca he leído un libro que debo reseñar”, escribió, “te prejuician”.) Mediante la construcción de un sólido crédito que le abriera nuevas oportunidades, Wilde llevó una existencia de freelance para varios años. Ese periodo fue fundamental para su crecimiento como pensador independiente.
Constance y Cyril, la esposa y el hijo de Oscar Wilde (thefindesiecle.com)
Después de su graduación en Oxford, Wilde apenas si había pasado tiempo en una oficina y tal vez la consideraba un lugar de trabajo poco propicio para un autor con ambiciones literarias: Sus ídolos intelectuales, John Ruskin y Walter Pater, eran ambos profesores de Oxford. Pero a pesar de sus logros académicos, Wilde tenía poco interés en convertirse en un profesor universitario, no obstante que su fracaso para ganar dinero suficiente para mantener a su lujosa vida está bien documentado en su correspondencia de esos años. A principios de 1886, cuando Constance estaba embarazada y el flujo de dinero que recibía por sus populares conferencias llegó a su fin, Wilde había solicitado el puesto de secretario en la Fundación Beaumont. En su carta de solicitud, mostró sus credenciales, con la creencia (errónea, se vio después) de que le darían el puesto.
“Durante mi carrera universitaria he obtenido dos Primeras Clases, el Premio Newdigate, y otros honores, y desde que obtuve mi especialización, en 1878, me he dedicado en parte a la literatura y en parte a la difusión del arte, el conocimiento y la apreciación del arte entre las personas […] Si los fiduciarios del Esquema Beaumont me consideran digno de ocupar el cargo de secretario, yo sería capaz de dedicar todo mi tiempo a la realización de las tareas necesarias y al fomento del movimiento propuesto, ya que no tengo otra profesión que la literatura y la cultura del arte”.
En lo que fue una carta enérgica e insistente, Wilde escribió no sólo para pedir compensaciones económicas sino también para realizar sus proyectos literarios. Después de haber publicado “El fantasma de Canterville” en la Court & Society Review, Wilde dio muchas ideas a su editor. En general, trataría de organizar una reunión en la que él pudiera demostrar su sofisticación, tanto como autor y como caballero a la moda. Pero gradualmente descubrió que la vida de un crítico independiente y escritor de ensayos era financieramente incompatible con la de un hombre casado.
Fue en esos días, en mayo de 1887, cuando luchó desesperadamente para encontrar trabajo y dinero, por lo que Wilde fue abordado por vez primera por Thomas Wemyss Reid, quien le ofreció el puesto de redactor y le envió una gran cantidad de números atrasados de la revista. Wilde aceptó de buen grado la oferta, expresando lo feliz que sería “unirse con usted en el trabajo de edición, y hasta cierto punto, de reconstrucción de The Lady’s World, que era entonces el título de la publicación de Reid. Wilde propuso “adoptar una gama más amplia, así como un punto de vista elevado, y abordar no solo lo que las mujeres visten, sino lo que piensan y sienten”.
La revista, escribió Wilde, “debe ser el órgano reconocido de la expresión de opiniones de las mujeres en todos los temas de la literatura, el arte y la vida moderna, y sin embargo, también debe ser una revista que los hombres puedan leer con placer, y en la que se considere un privilegio colaborar”. La idea de editar una revista de alto mercado inspiró grandes proyectos, que rápidamente trabajaron para consolidarlos. Inmediatamente prepararon una lista de posibles colaboradores, de acuerdo con su conocimiento y experiencia en el mercado literario, a los que buscó conquistar con su nueva función editorial.
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Una vez descrito el tipo de artículos que se debería encargar, Wilde pensaba acercarse a diversa autoras que pudieran aportar material interesante para la revista. “Aunque muchas de nuestras encantadoras mujeres no han tenido mucha experiencia literaria”, escribió, “el que puedan escribir para nosotros representa una gran colección de retratos de familia y asuntos similares”. En cuanto a las páginas que comprendían temas literarios, él se ofreció a escribir una columna acerca de libros y autores. Esa columna, propuso, debía incluir crítica literaria “hecha en forma de párrafos” que exprese juicios agudos de los libros. Debía escribirse, “no desde un punto de vista académico o pedante, sino para que fuera agradabl al leerse. […] Si un libro es aburrido, no digamos nada al respecto, si es brillante vamos a revisarlo”.
Más adelante, Wilde exigió un rediseño de la portada y que las ilustraciones se reconsideraran, pues opinaba que eran demasiadas y carentes de calidad. “Con la nueva portada debemos presentar a nuestros nuevos colaboradores, y dar distinción a la revista de una buena vez”, escribió, “vamos a tener el vestido final de la revista; literatura, arte, viajes y estudios sociales para comenzar. La música en una revista es un poco aburrida, nadie la quiere; una columna para niños sería mucho más popular”. Wilde pronto convenció a Reid de que se trataba de buenas ideas. The Woman’s Worldestaba lista para lanzarse y su editor oxfordiano estaba deseoso de conquistar Fleet Street, quien, sin saberlo, había comenzado una nueva etapa en su vida literaria que con el tiempo y con decisión definiría los temas de sus obras literarias y constituirían su nuevo e híbrido estilo literario.
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Wilde era audaz en su enfoque hacia la realeza y hacia las regalías. En su editorial escribió una carta a la reina Victoria, a quien consideraba una colaboradora ideal. Se rumoraba que la reina Victoria escribía versos en su tiempo libre y Wilde quería que le autorizara publicar uno de sus poemas. “En realidad, qué no dirá e inventará la gente”, fue la respuesta. “Nunca podría la reina en toda su vida escribir una sola línea de poesía seria o cómica o incluso hacer una rima. Se trata, pues, de una invención y un mito”. Sin embargo, una de las damas de honor de Victoria informó más adelante a Wilde que la reina disfrutaba inmensamente la revista. La reina no pudo colaborar en ella, pero era una fan de The Woman’s World.
La realeza estaba satisfecha y también lo estaba Wilde ahora, en términos de regalías. Incluso antes de aceptar formalmente la oferta de Reid, el escritor fue claro acerca de sus intereses y necesidades: el dinero. De hecho, Wilde estaba tan ansioso de cobrar que protestó por la fecha del contrato que se le ofreció. Afirmaba que su “salario preliminar” debía comenzar el 1 de mayo, en lugar del 1 de junio, de acuerdo con la propuesta de Reid. “Es absolutamente necesario comenzar de una vez”, escribió, “y ya hemos dedicado una gran cantidad de tiempo a la elaboración del plan, y tengo entrevistas con personas de gran posición e importancia”.
Así, la socialización se transformó en un medio para hacer dinero, así como para hacer conexiones literarias y de moda. Pasó una tarde de ese mes con la señora Jeune, una colaboradora potencial de la revista, que en conjunto elaboraron una lista de nombres que podían utilizar en ediciones futuras. Esto era considerado trabajo en el mundo del periodismo, Wilde descubrió con alegría, por lo que recibiría un pago. Después fue a Oxford “para arreglar un artículo acerca de Lady Margaret, y para reunirse con algunas mujeres de su interés”.
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La estrategia de Wilde como editor de tiempo completo era inteligente. No sólo evitó alienar su círculo respetable e intelectual de Oxford, sino también quería obtener su bendición y apoyo. Insistió: “Hay que tener a las universidades de nuestro lado”. Si no podía convertirse en un nuevo Ruskin, Wilde al menos podía encargar una semblanza de él. Las escritoras de ese modo se verían en la revista, preguntándose acerca de las opiniones de sus trabajos en las columnas, ya que las damas y las feministas constituían una parte importante del público lector de Inglaterra.
El estilo de comisionar de Wilde era poco ortodoxo. Pidió a sus colaboradoras que eligieran su “propio aspecto” del tema escogido, les dio libertad y fue generoso con sus honorarios. Tratando a sus colaboradoras a la manera de Nineteenth Century, la prestigiosa revista literaria de la época victoriana tardía, que formó a sus propios escritores, Wilde estaba orgulloso de ofrecer un espacio cultural para otras escritoras que podían explotar de acuerdo con sus necesidades. Cuando pidió “unas ocho páginas de extensión de material impreso” a una de las colaboradoras, Wilde triunfalmente ofreció “los honorarios de una guinea por página, que es lo que paga Nineteenth Century, y más de lo que paga la mayoría de las revistas”.
Deseaba que las piezas comisionadas fueran relevantes y relacionadas con temas de actualidad. Cuando pidió a una colaboradora hacer la reseña de un libro histórico, The Family of Augustus, Wilde le dio instrucciones para dar a la composición un toque moderno a fin de hacerlo más legible. “Los poetas y los artistas en su relación con la corte de Augusto se dieron cuenta y algo dijeron acerca de la influencia de la personalidad de Cleopatra –pero todo ligeramente tocado como los franceses, que son tan buenos en el tema del Imperio Romano, lo han hecho”, escribió.
Una vez que el primer número salió y recibió su paga (seis libras a la semana, una suma importante comparada con las regalías que recibió de The Portrait of Mr W. H, a pesar de que le llevó más tiempo y esfuerzo que elaborar con sus amigas una lista de colaboradoras), el entusiasmo de Wilde pareció disminuir. En una carta de ese año a Helena Sickert, Wilde tomó una distancia irónica de su antigua devoción. “Querida señorita Nellie, voy a ser un editor (¿por mis pecados y mis virtudes?), y quiero que me escriba un artículo”, apuntó. Fingir poco entusiasmo era parte de su educación, y una vez que sus demandas financieras y editoriales fueron satisfechas por los editores, ya no fue necesario darse prisa. Pudo tomar una distancia caballerosa de su trabajo para llevar a cabo sus ambiciones literarias bajo el velo de un editor de Fleet Street.
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Un gran problema para Wilde en su nuevo trabajo era que no se permitía fumar en la oficina. Esto era profundamente irritante para el hombre que alguna vez dijo que “un cigarrillo es el tipo perfecto del placer perfecto. Es exquisito, y deja a uno insatisfecho”. Pero no tenía nada en contra de pasar un día conversando con los autores en una cómoda silla de oficina. Parecía disfrutar inmensamente de su posición privilegiada, al menos al principio.
Richard Ellmann describió bellamente una mañana cotidiana de Wilde mañana en esa época:
“Tomaba el tubo de Sloane Square a Charing Cross, y luego caminaba hasta Strand y Fleet hacia su oficina en Ludgate Hill, en el Belle Sauvage Yard. Era el hombre mejor vestido de Cassell. Arthur Fish dice que cuando hacía mal tiempo Wilde estaba deprimido a menudo, una condición que podía confirmarse por su forma de caminar mientras se acercaba. Pero en un buen estado de ánimo, sobre todo en primavera, él contestaba cartas enérgicamente, revisaba el contenido de la revista, y se sentaba en su sillón a conversar durante mucho tiempo. Le desagradaban las reglas de Cassell contra el humo del tabaco, y la duración de su estancia estaba regida por su capacidad de sobrevivir sin un cigarrillo.”
Wilde tuvo la suerte de tener un subeditor en la oficina que lo ayudaba a organizar las colaboraciones y la edición de artículos, que gradualmente para él se convirtió en una molestia. Arthur Fish tenía 27 años cuando se convirtió en el asistente de Wilde en 1887. Mientras que su jefe poco a poco se convertía en una figura fascinante en los círculos literarios de Londres, Fish cumplía la difícil tarea de correr detrás de las colaboradoras caprichosas, para después editar sus textos. Cuando su jefe dejaba la oficina para pasar la tarde en el café, era Fish quien lo cubría. Barbara Belford, que escribió una de las biografías más recientes de Wilde, describió esa relación en términos cariñosos:
“Fish inventaba excusas para justificar la ausencia de su jefe. Por el sonido del paso de Wilde, Fish sabía si trabajaría o pospondría todo. En un mal día, Wilde suspiraba profundamente y preguntaba: ‘¿Es necesario resolverlo hoy?’ Se colocaba el sombrero y se iba. En la primavera, Fish lo encontró más alegre, entrando en la oficina ‘con un brillo epigramático’ que iluminó la habitación aburrida.”
Café Royal (pongameuncafe.blogspot.com)
Pero, ¿qué hacía exactamente Wilde en el Café Royal? Tomando en cuenta la impresionante producción literaria de ese periodo es evidente que estaba escribiendo ensayos y ficción para su uso personal. Pero es igualmente claro que trabajaba con una determinación similar en su columna literaria en The Woman’s World. No había hecho una elección entre el periodismo y lo que consideraba su escritura intelectual: en lugar de escoger bandos, los convergía.
En A Fascinating Book, una reseña del libro de Ernest Lefebure Embroidery and Lace: Their Manufacture and History from the Remotest Antiquity to the Present Day, que se publicó en el número de noviembre de 1888 de la revista, Wilde parece encontrar una forma ideal del tratamiento de su tema, que en este caso fue un libro sobre el vestido. Tomó una distancia crítica e irónica del asunto en cuestión, pero también se identificó con él, detallando minuciosamente sus cualidades, como si el tema en sí, el texto, fuera una pieza de moda enviada para su inspección.
La reseña de Wilde al libro mencionado eliminó las fronteras entre la crítica intelectual de sus ensayos literarios y sus opiniones más o menos trilladas de las obras de otros autores. En lugar de hacer una elección entre los discursos del periodismo y de la literatura seria, Wilde hizo a un lado su distinción y convirtió una revista de moda en una empresa literaria. Al hacer esto reconsideró la literatura en su cabeza, convirtiéndolo en un medio adecuado donde el autor podía hablar profusamente sobre la moda y el vestido.
Esta nueva voz autoral, que sin duda había descubierto gracias a su editorial, la empleó en El retrato de Dorian Gray, cuando el narrador ofrece un recuento de las experiencias del héroe epónimo del libro. Generaciones de estudiosos wildeanos señalan entusiastamente el auto-plagio del autor: Wilde hizo un uso extensivo de la revista Woman’s World en Dorian Gray.
Si Wilde pudo tomar literalmente de su reseña pasajes descritos en el libro de Lefebure, entonces no tiene mucho sentido distinguir la esfera del periodismo, por lo menos en sus formas respetables: las de ficción. Pero el problema más grande, Wilde lo descubrió, es que la producción y el consumo de una revista de moda semejan la experiencia de un personaje influenciado por el mundo que le rodea. Como la mayoría de los lectores de una revista de moda, el individuo moderno es fácilmente impresionable. Como Dorian aprendió, las influencias sensuales, culturales y políticas tenían un poder inmenso para cambiar vidas. Esto fue una prueba suficiente para el descubrimiento de Wilde de que la vida imita al arte como también lo hace la moda. La edición de una revista de moda le mostró que el periodismo y la ficción eran formas de representación, y después de haber dominado las dos esferas Wilde obtuvo una ventaja especial sobre sus contemporáneos.
(gutenberg.org)
Tras sus descubrimientos, Wilde perdió completamente el interés en el trabajo de edición. Pudo haber fracasado en el trabajo con la reina, pero ahora ella estaba familiarizada con su nombre (fue sobre todo por el talento natural de Wilde para la creación de redes que James Joyce más tarde lo llamó “bufón de la corte”). Había pedido a su esposa Constanza y su madre que escribieran para la revista, petición que ellas aceptaron felizmente. Pero a finales de 1889, a raíz de la disminución de las ventas y el interés en el contenido, Wilde se vio obligado a dimitir de su cargo. La revista regresó a su formato original (aunque retuvo el título), al tiempo que Wilde regresó a su condición de freelance.
Sin embargo, la experiencia le había alterado de forma irreversible. Cuando se publicó El retrato de Dorian Gray en el Lippincott’s Monthly meses después de su renuncia, Wilde ya dominaba la voz autoral que utilizaría efectivamente en el resto de su carrera literaria, aunque esto también llegó trágicamente a su fin unos años después.
Sería pura especulación imaginar qué clase de autor habría sido Wilde de no haber trabajado en la redacción de The Woman’s World. Sin embargo, con el beneficio de la retrospectiva, uno puede ver que la pluralidad de los colaboradores resultó ser una fuerza para Wilde, más que una debilidad. No se refugió en el silencio aunque tampoco dedicó todas sus energías al periodismo: su verdadero acto político real fue su capacidad de trabajar y luchar en ambos mundos. Lo que Gramsci ha definido como la guerra de posiciones, donde el disidente penetra una cultura hegemónica para cambiarla desde dentro, fue la pieza central de la estrategia autoral de Wilde: sigue siendo relevante y aplicable para nosotros también.
Tomado de: Los Angeles Review of Books. Agosto 12, 2012.
Traducción y edición: José Luis Durán King.