Sartre, Beauvoir y Camus: un enredo llamado Wanda


POR José Luis Durán King
Aunque Sartre y Camus han sido ubicados en el mismo compartimento estanco del existencialismo, había diferencias insalvables entre ambos. Por si algo faltara, físicamente no podían ser más contrastantes: la arrogancia y el porte de Humphrey Bogart de Albert Camus eran aún más ostensibles cuando Sartre estaba a su lado
Juntos, pero no revueltos (twicsy.com)
Fueron contemporáneos y fueron amigos. También fueron existencialistas. De hecho, ambos están considerados entre las figuras prominentes de esa doctrina filosófica, que si bien arranca desde el siglo XIX, fue hasta el siglo XX que adquiere su nombre, después de los horrores que desplegó en Europa la Primera Guerra Mundial. A las preguntas de por qué estamos aquí, qué sentido tiene la vida y hasta qué punto somos libres, entre otras, la mencionada corriente del pensamiento intentó dar respuesta.
Y quizá como corpus reflexivo, el existencialismo en general heredó más interrogantes que respuestas. Aunque en lo particular, Sartre y Camus vaya que supieron encontrarle no sólo el sentido sino también el sabor a la vida. Y si bien estos pensadores pudieron actuar como comparsas en sus correrías filosóficas y románticas, hubo una circunstancia que los separó de forma definitiva e irreconciliable.

Sartre conoció a Simone de Beauvoir en 1929 en la École Normale Supérieure de París, donde ambos estudiaban. En un primer momento, la joven no se sintió atraída por su condiscípulo –sobre todo porque él era bizco, chaparro y feo—, pero la atracción comenzó a surgir cuando Sartre le presumió sus conocimientos acerca de Rousseau, al tiempo que el también joven le confesó su admiración por Alexandre Dumas, Lord Byron y Richard Wagner, una tripleta de mujeriegos y conspicuos libertinos.
Por supuesto, para que prosperara la relación entre Sartre y Beauvoir fue muy importante el factor intelectual de ambos. En algún momento del incipiente romance ella confesó tener “la sensación de encontrarme a mí misma: él era la sombra proyectada por mi futuro”. La ya entonces previsora Beauvoir era consciente de que el vínculo con Sartre se proyectaba hacia adelante, no aún en el periodo primario de su amistad, sobre todo porque la mujer desde los 21 años se acostaba con René Maheu, profesor de filosofía y amigo común de Sartre y Beauvoir. En Europa es un deporte nacional que los profesores se enreden con sus alumnas, y Maheu no fue la excepción: sedujo a su veinteañera pupila, a quien de cariño le decía Beaver [Castor], por el parecido con el apellido Beauvoir.
Simone de Beauvoir (antropocacos.com)
La relación afectiva entre Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir goza de prestigio internacional. Las dos celebridades del pensamiento, ambos escritores, atrajeron con poderoso embeleso a la prensa, y el encanto duró muchos años. Su pacto de contingencia, de libertad absoluta en el terreno amoroso fue celebrado e imitado durante los años 60, década marcada, entre otras cosas, precisamente por el amor libre.
Ambos trabajaron para no mezclar en su unión el aspecto intelectual con el sentimental. Y visto por fuera parece que su compromiso de no monogamia fue exitoso. Sin embargo, al acercar la lupa las cosas no fueron nada sencillas para la pareja. Estuvieron juntos 51 años, los mismos en los que nunca vivieron en la misma casa. Los celos estuvieron presentes todo el tiempo. A Beauvoir la destruía la pasión que Sartre sentía por las muchachitas vírgenes, a las que perseguía como un sabueso. Y Sartre nunca pudo digerir los affairlésbicos de Beauvoir. Es cierto, hubo entre ellos la suficiente honestidad para contarse todo con pelos y señales, pero la sinceridad, cuando se trata de confesar la infidelidad, mata en abonos.
La aceptación sin remilgos del famoso pacto de amoríos circunstanciales en realidad benefició más a Sartre que a Beauvoir, según se desprende en una serie de cartas que la escritora ventiló después de la muerte de su pareja en 1980. Lo que destaca en ellas es la obsesión de Sartre por las mujeres. No desperdició oportunidad que se le presentó para entregarse a la pasión con alumnas suyas, de Beauvoir e incluso con algunas de las amigas de ésta. Sin embargo, la “cortesía” de la autora de El segundo sexo, de publicar las cartas que Sartre le había enviado, y a lo que en vida el pensador siempre se opuso, le fue correspondida a Beauvoir una vez que falleció. Su agente halló en un armario un paquete de cartas que la mujer aseguraba haber perdido. Y si en las misivas de Sartre se adivina al obseso sexual, en las de Beauvoir, publicadas en 1990 bajo el título Cartas a Sartre, la imagen idílica de la pareja liberal se derrumba y deja al descubierto a una mujer que sufría las travesuras genitales de su consorte.
Le Dome, en el boulevard Montparnasse (WordPress)
Simone de Beauvoir, quien nació en 1908 en un apartamento de Montparnasse, vivió desde joven el conflicto de ser un ama de casa con hijos o seguir los pasos de su padre, un funcionario intelectual que presumía lo mismo un árbol genealógico con ramaje aristocrático que las mujeres con las que se iba a la cama. Al conocer a Sartre, su disyuntiva desapareció y optó por la veta cultural, pero sin olvidar las andanzas de su padre.
Aunque conservadora, Beauvoir pronto se adaptó a la permisividad sexual acordada con Sartre y también dio rienda a sus deseos. Tuvo amantes masculinos, pero sobre todo tuvo una gran cantidad de relaciones lésbicas. Y los tríos, aunque menos, tampoco fueron excluidos del menú de la escritora.
En Triángulos amorosos. El ménage à trois de la antigüedad hasta nuestros días, los autores Barbara Foster, Michael Foster y Letha Hadady narran que en 1930, mientras Sartre cumplía con su servicio militar, Beauvoir combatía el aburrimiento mediante incursiones nocturnas a antros parisinos de baja estofa, como el Sphinx, al que también acudía Henry Miller, quien entonces buscaba (y lo hizo gran parte de su vida, aun después de ganar reconocimiento como escritor) mujeres que le intercambiaran los tragos por relaciones sexuales de una noche.
Beauvoir asistía ocasionalmente al Sphinx acompañada por Pierre, un amigo de Sartre, que era el amante de una mujer madura y adinerada. Al culminar su servicio militar, Sartre y Beauvoir fueron invitados por la mujer a una velada vespertina en su casa de campo. La reunión derivó en un ménageentre la dama y la joven pareja. Se desconoce si el trío repitió más adelante la experiencia, pero lo cierto es que la aristócrata tomó como protegidos a Sartre y a Beauvoir, refinándolos y ofreciéndoles cobijo durante la guerra.
El amigo Albert Camus
Wanda Kosakiewicz (telegraph.co.uk)
A mediados de los años 30, Beauvoir entabló amistad con una de sus alumnas, Olga Kosakiewicz, quien tenía una hermana llamada Wanda. Ambas habían llegado a París huyendo de Rusia. Al conocerlas, Sartre quedó fascinado por la belleza de las hermanas, aunque inicialmente concentró su atención en Olga, sólo que ésta sentía predilección por su profesora. Y si la rubia estudiante aceptó un trío con la pareja de tutores fue sobre todo por experimentar la cercanía física con Beauvoir. El hecho de que durante sus experiencias sexuales Olga besara sin tapujos la boca de su profesora y condescendiera a besar la mejilla de Sartre, sólo sirvió para encaprichar al académico. A partir de entonces, el joven lobo de mar la buscó incansablemente, lo que molestaba a Olga. La joven rusa no encontraba nada extraordinario en Sartre. El discurso intelectual –el arma de seducción favorita de su incómodo pretendiente— con ella no daba resultado. Además de los defectos físicos de Sartre, éste siempre se presentaba ante Olga en un estado desastroso producto de la mezcalina que entonces se atiborraba.
Sin embargo, lo que Olga sentía con respecto a Sartre fue lo mismo que Beauvoir sentía ante la cercanía constante de Olga. La profesora no deseaba romper el pacto establecido con su pareja, y menos con una joven, que amén de que se deslizaba de forma paulatina en el alcoholismo, intelectualmente no ofrecía nada. La belleza, que había sido su salvoconducto para obtener los favores afectivos de Beauvoir, se marchitó prematuramente.
Sartre, por su parte, dejó de insistir y se concentró en la hermana de Olga. La joven Wanda Kosakiewicz era una aspirante a actriz y, contrariamente a su hermana mayor, ella poseía más intelecto. Sartre la sedujo en una primera instancia con sus palabras y más adelante con la promesa de que la ayudaría en su carrera teatral. Pese a que después de su primer encuentro sexual Wanda se sinceró y le espetó a su potencial benefactor que lo odiaba, esto sólo sirvió de catalizador para que Sartre le ofreciera un papel en una obra que había escrito y que estaba en proceso: Huis clos [A puerta cerrada].
Acompañado por Wanda, Sartre fue a buscar al amigo que dirigía la producción de Huis clos. El amigo era Albert Camus quien, para disgusto de Sartre, antes de conocer incluso las dotes histriónicas de la joven rusa, se mostró bastante entusiasmado con ella.
Albert Camus, el porte de un hombre que Sartre envidiaba (telegraph.co.uk)
Aunque Sartre y Camus han sido ubicados en el mismo compartimento estanco del existencialismo, había diferencias insalvables entre ambos. La amistad entre ellos era intelectual, pero sin camaradería. A las angustias de la libertad individual de Sartre, Camus cuestionaba y reducía al absurdo los temas fundamentales de la humanidad. Por lo mismo, al autor de Huis clos no le agradaba que un hombre talentoso como Camus destacara la felicidad entre la tristeza que sofocaba al mundo, trivializando incluso el pensamiento. Por si algo faltara, físicamente no podían ser más contrastantes: la arrogancia y el porte de Humphrey Bogart de Albert Camus eran aún más ostensibles cuando Sartre estaba a su lado.
Albert Camus obtuvo el premio Nobel a los 43 años, por lo que es uno de los escritores más jóvenes que reciben ese galardón. En 1997, al publicarse la biografía titulada Albert Camus. A Life, el autor Olivier Todd presenta el retrato de un niño de barriada de Argel, además de una serie de cartas que revela a un hombre que en serio, obsesivamente, amaba a las mujeres… pero sólo por un tiempo.
Como sucede con gran parte de los mujeriegos, sus víctimas en ocasiones no se reponen o incluso pierden la vida. Todd, en su libro, trae a colación la obra de Camus La chute [La caída] –que por cierto era la favorita de Sartre, y en seguida sabremos por qué —, la cual narra cómo se trastoca la vida de un célebre abogado parisino después de que no logra salvar a una mujer que muere ahogada. En realidad la mujer ahogada fue la segunda esposa de Camus, Francine, quien no pudo superar que su esposo le dijera que era más conveniente llevar su relación “como hermanos”, permitiéndose así, Camus, disfrutar una vida licenciosa más holgada.
Por supuesto, las revelaciones hechas por Todd no resultan sorpresivas para quienes han leído Le mythe de Sisyphe, escrita cuando el autor tenía 28 años y donde explaya sus reflexiones en torno al donjuanismo.
Como pruebas del espíritu inquieto de Camus, Todd ofrece tres misivas escritas por el autor en 1929. En una de ellas anuncia a su amante que pronto regresará de su estancia en Loumarin, después de pasar el verano con su esposa y sus hijos. Al día siguiente, Camus escribe: “Quiero hacerte saber que llego el martes en coche. Estoy tan feliz ante la idea de volver a verte que me estoy riendo mientras escribo”. Un día más tarde, redactó: “Nos vemos el martes, querida, te estoy besando ya y te bendigo desde el fondo de mi corazón”. Y, finalmente, hubo otra carta dirigida a Nueva York.
¿Qué tienen de extraño estas misivas? Casi nada: las cuatro cartas estuvieron dirigidas a mujeres diferentes, explica Peter Lennon en su artículo “Camus and His Women” (The Guardian, octubre 15 de 1997). “La primera fue para Mi, una joven pintora; la segunda a Catherine Sellers, una actriz; la tercera a Maria Casares, una actriz de fama internacional con la que tuvo una relación durante 16 años; y la cuarta a una estadunidense llamada Patricia Blake”.
Contrariamente a Sartre y a Beauvoir, el autor de La peste tuvo una infancia de pobreza, cuyo padre murió por unas heridas provocadas en la guerra, y su madre era una sirvienta. Es arriesgado aventurar que la tuberculosis crónica que padecía detonara en Camus sus ganas por vivir y disfrutar la existencia y los placeres que ésta otorga. Lo único seguro es que Camus tomó a manos llenas el trozo de historia que le correspondía.
Con Wanda Kosakiewicz duró el tiempo suficiente antes de que lo aburriera, no obstante que eso significó el distanciamiento definitivo de Sartre, un hombre que nunca fue importante en los afectos de Camus.
De Wanda prácticamente no hay registros. Los pocos que se encuentran se refieren a ella como una de las amantes de Sartre. ¿De qué murió, qué hizo después de participar en la obra de teatro Huis clos? Es uno más de los misterios del existencialismo.