Seudónimo Quincey 12


POR Óscar Garduño Nájera
Y si en una de esas la bebida corta tu claridad mental y una buena noche golpeas a tu esposa hasta matarla, lo menos que esperas es que se te aparezcan dos mujeres, dos. Por eso nadie pone la verdad en lo que dice Emiliano: asocia la muerte de la niña Andrea con las dos apariciones
(urbatorium.blogspot.com)
Para todos en aquel pueblo casi echado a perder. Incluso para los mirones. Silenciosos como son ellos: dispersos por las calles van y escurren sus cuerpos por las esquinas, rostros torpes a la espera de que ocurra otro fatídico suceso. Quién lo puede saber. Acá un día el aire se apestó a embrutecido balazo y desde entonces su hedor se huele en la memoria de quien ahora teme por la seguridad de sus hijas. Si están por cumplir 15 años es mejor que no salgan. Porque si algo no pasa tan rápido es la muerte. Así les queda claro a dos hombres y a Jacinto, quien quizás se ha vuelto más hombre cada que intenta contener el océano en su enflaquecida mirada. A partir de la ausencia de Andrea lo complicado es soportar cada una de las olas que parecen sepultarlo. O aventarlo lejos. Es lo que pide cada que amarra sus ojos. Cuando los aprieta para no llorar frente a los demás. Una clave cuando el dolor se contiene es que para él muchos así se hacen hombres en el pueblo. Consiste en aguantar. Él lo sabe. De unos días a la fecha dice Andrea bajito. Y es como cuando uno dice algo no para los otros sino para uno mismo. Porque las desgracias laceran más cuando son los pensamientos las que parecen sostenerlas. También lo hace Jacinto. Sin que se dé cuenta, en ocasiones apoya las yemas de los dedos en los labios de Andrea. Llega a una conclusión: de nada sirve ser hombre si junto a tu océano no consigues embarcar aunque sea un solo beso. Pero tiene que ser ese beso. Y luego se muerde los labios.

Otro hombre. El gordo Quixtlihuac. En el puesto de faldas de cuadritos: primero acomoda unas recién desempacadas. Al finalizar, se limpia el sudor de la frente y recoge las bolsas de plástico donde venían las faldas. Hace una inmóvil pausa. Los demás pensaron que diría algo respecto a las nuevas telas. O que iba a hablar del clima. Cuando no se tiene nada que decir se habla del frío o del calor que hace. Pero no. Extravió su mirada en un punto lejano. Y ahí la dejó reposar: la naranja de la tarde soltó su jugo en una mirada tristísima. Habló. Una voz rota: nadie atinó a saber cuántas sílabas parecían venirse abajo de un momento a otro. Y lo dijo:
— Voy a hacer la fiesta de 15 años…
Inexplicable la mirada de los que en ese momento estaban a su lado. Porque de hecho hay miradas que no aguantan explicación. Te las avientan desde otro lado, cargas con su peso y ya. Tú sabes cómo te las arreglas con ese tipo de miradas: si las ignoras, o si decides cobijarlas en la tuya. También dicen algo: lástima por el gordo, tan buena persona, te asesinan a una hija y te empecinas en una pinche fiesta de 15 años. De conocerlo, a alguna mirada se le hubiera ocurrido el adjetivo de macabro. Pero hay palabras que no alcanzan a llegar a este pueblo. El gordo ahí con la mirada en otro lado y una escena ridícula. También patética. Sin embargo, tras tales manifestaciones, justo cuando las miradas más bien parecían apagarse, en otras se dejó ver una alegría. Se trata de una fiesta a fin de cuentas. Si no, quién te explica por qué, tras escucharlo, algunos de los amigos del gordo se entusiasmaron con la propuesta. Un padre decide celebrar a una hija que le mataron y punto. Acaso también a nosotros nos queda más claro.
De Emiliano nadie espera nada: va por la vida como un auténtico perdedor y es uno de esos que sencillamente no tiene ganas de pasarse a otro lado, de superarse. Porque si encima te da por agarrar la borrachera, peor para los que te miran dormir en las bancas de la plaza. Y si en una de esas la bebida corta tu claridad mental y una buena noche golpeas a tu esposa hasta matarla, lo menos que esperas es que se te aparezcan dos mujeres, dos. Por eso nadie pone la verdad en lo que dice Emiliano: asocia la muerte de la niña Andrea con las dos apariciones. Balbucea amenazas: las va a seguir una noche y va a encontrar algo. Los que lo escuchan se ríen de él. Cabrones, piensa Emiliano. Luego llega con su compadre y le suelta.
— Dios perdona a los hombres que hacen justicia con sus mujeres.
Y comparten una botella de mezcal.