Un buen judío ofrece oraciones a la Providencia


POR Gabriel Ríos
Para entrar en materia, nos dice Derrida que la palabra aporía aparece por primera vez en la Física de Aristóteles y significa: “Estoy en apuros y no puedo hacer nada”. En otra parte de su discurso intenta demostrar que la tradición filosófica, sobre todo desde Kant y hasta Hegel, no hace sino heredar cierta aporética
(agooddaytodie.tumblr.com)
¿Y por qué la muerte formaría parte de esa transgresión de la verdad?, se pregunta Jacques Derrida en su libro Aporías, refiriéndose al discurso de Diderot, que “finge” al acusar a Séneca, para quien pide perdón, sin darse cuenta que él es quien lo necesita.
Afirma Derrida que siempre hay que tratar de entender a la persona que habla de otra, cuando la cita o la alaba.
Empujado por la curiosidad, si leyésemos ese capítulo “De la brevedad de la vida” de Séneca, ¿qué hace que Diderot se sonroje? o ¿qué es lo que encontraríamos en ese discurso sobre la muerte?, plantea el filósofo francés.

Para entrar en materia, nos dice Derrida que la palabra aporía aparece por primera vez en la Física de Aristóteles y significa: “Estoy en apuros y no puedo hacer nada”. En otra parte de su discurso intenta demostrar que la tradición filosófica, sobre todo desde Kant y hasta Hegel, no hace sino heredar cierta aporética.
Confrontarse con otro concepto del tiempo es viable con la muerte, lo que sería una experiencia o una prueba del franqueamiento.
“Pero tal vez sea una travesía sin línea ni frontera como límite y trazado”, escribe el autor de La deconstrucción en las fronteras de la filosofía. El texto presente, Aporías, tiene que ver con los múltiples intersticios que conciernen a la vida y en particular a “su muerte”, y como buen judío, le ofrece una oración a la pro-videncia.
Aquello que no puede pasar o suceder, y en seguida arma un debate con la  posibilidad de la imposibilidad pura, designio de Martin Heidegger en El ser y el tiempo.
En Aporías, su autor trata de privilegiar tres tipos de límites fronterizos: aquellos que separan los territorios, países, naciones, Estados, lenguas y culturas, así como las disciplinas político-antropológicas que les corresponden; también las divisiones entre la escritura, por ejemplo, la filosofía, las ciencias antropológicas, incluso las teología, ámbitos que se han podido representar como regiones o territorios ontológicos u ontoteológicos, a veces como saberes o investigaciones disciplinarias, en una enciclopedia o en una universidad ideal, y por último, las líneas de separación u oposición, conceptos que sobredeterminan los dos primeros tipos de terminalidad.
Jacques Derrida parte del hecho de que existen diversas culturas de la muerte. Para aclarar lo antes expuesto evoca numerosos textos con temas relacionados a la antropología de la muerte, en donde en uno de ellos, se le atribuye por error a Heidegger, la frase “el ser apenas nacido, ya es lo suficientemente viejo para morir”.
Nos recuerda Derrida que no hay necesidad de llegar a la madurez para que sobrevenga la muerte. En su crítica, para ir despejando lo inservible de escritos varios, Derrida  nos recuerda que para Heidegger el análisis existencial de la muerte puede y precede a una metafísica de la misma y por otra a la biología, psicología, teodicea o teología.
Todo lo contrario a lo que dicen los antropólogos e historiadores: en Heidegger, específicamente en El ser y el tiempose pone en marcha una lógica de presuposición, y si se quiere, se puede traducir en términos de fronteras disciplinares.
Martin Heidegger (segoviaaldia.es)
Lo que le interesa a Derrida es dar a conocer el gesto heideggeriano que va a contraflujo de la multitud de análisis de la muerte y saca a la luz una muestra de aporías, pues si se dejan tal y como han sido propuestas, acota, se corre el riesgo de paralizar la presuposición en aras de lo jerárquico y territorial acreditado por Heidegger.
Es decir, si no se ponen los puntos sobre la íes, argumenta el autor de Dar (el) tiempo, se producirían confusiones tecno-jurídicas cada vez más graves, sobre lo que es el estado de muerte, en pocas palabras, las cuestiones de derecho que atañen a la medicina legal, a la política de la gerontología, a las normas quirúrgicas y a la eutanasia.
Heidegger dice la palabra Dasein, la que aún no otorga ningún saber filosófico acerca de lo que es el hombre como animal rationale, ni el yo, ni la conciencia, ni el alma.
Lo que le interesa a Derrida es leer El ser y el tiempo, porque dicho libro no lo somete a la lógica, fenomenología o a la ontología que reivindica, y menos aún a una ciencia rigurosa, en el sentido que Husserl le concedía a esa expresión.
Como corolario, el pensador le concede el paso a Heidegger en cuanto a la analítica existencial de la muerte, como una prioridad y una independencia absoluta, condicionando las diversas antropotanatologías e historias de la muerte en Occidente.
La analítica existencial de la muerte no tiene nada qué decir acerca de un asunto que no es el suyo, ya que no es seguro, apunta Derrida, que Heidegger nos proponga o no, finalmente, un discurso sobre la mejor relación, la más auténtica.
Morir-esperarse(en) los “límites de la verdad”, es el subtítulo de Aporías que deja en movimiento esa inestabilidad de esperarse o estar citado en algunos parajes.
Dejando fuera a Heidegger, Lévinas y Freud, Derrida hubiera tenido que recurrir a un inesperado callejón sin salida (aporía) para conocer el origen de “su muerte”. Quizá fuese un regalo sencillo de Paul Ricoeur en uno de sus fragmentos póstumos:”… para estar vivo, debe implicar también la ausencia de lo que ya no es pero ha sido”.