Una lectura médica de Sherlock Holmes


POR Lisa Sanders
El más famoso de los detectives parece ignorar los ritmos y cortesías de las relaciones sociales normales; no conversa, sino que pontifica. Sus conocimientos e intereses son profundos pero escasos. Tiene una peculiar “sangre fría”, lo que tal vez sea la causa de que también esté solo en el mundo
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“Percibo que usted estuvo en Afganistán”, dijo el hombre de mediana edad como saludo cuando el médico entró en la habitación. Éste, que acababa de regresar de la segunda guerra anglo-afgana, se asombró ante la perspicacia del hombre. Pero antes de que pudiera preguntarle cómo sabía que eso era verdad, el hombre lo asió de una manga y lo acercó para que presenciara su obsesión más reciente.

El médico escuchó estupefacto mientras el hombre hablaba extensamente del experimento químico que había realizado. El amigo que los presentó le había dicho al médico que el hombre era un excéntrico y que realizaba experimentos mórbidos. Le dijo que una vez había visto al hombre golpear un cadáver para determinar si podía formarse un moretón después de la muerte. (No es posible.) Tenía tal sangre fría, había agregado el amigo, que era fácil imaginarlo administrándole una droga a un amigo tan sólo para ver qué efecto le causaba. Sin duda Sherlock Holmes era excéntrico, pensó el Dr. John Watson, pero también era interesante.
Fue de esa forma que, en 1887, Arthur Conan Doyle dio comienzo a una de las sociedades más raras y productivas de la literatura con la novela Estudio en escarlata. La primera vez que entré en contacto con esa extraña pareja fue en el colegio secundario. Hace poco volví a sumergirme en mis gastados tomos de esos notables relatos, pero esta vez no pude evitar observar a Sherlock Holmes con los ojos de un médico. Lo que vi fue lo que cualquier médico vería: un paciente. En mi caso, la pregunta fue: ¿puede diagnosticarse la extraña conducta de Sherlock Holmes?
No cabe duda de que tiene síntomas. Parece ignorar los ritmos y cortesías de las relaciones sociales normales; no conversa, sino que pontifica. Sus conocimientos e intereses son profundos pero escasos. Tiene una peculiar “sangre fría”, lo que tal vez sea la causa de que también esté solo en el mundo. No tiene más amigos que el extremadamente tolerante Watson. Un hermano, aún más raro y aislado que él, es su única familia. ¿Arthur Conan Doyle expuso algún tipo de enfermedad mental o de trastorno de personalidad genético que había observado o Holmes era sólo un personaje interesante que creó de la nada?
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Conan Doyle estudió medicina en la Universidad de Edimburgo, que en ese entonces era una de las facultades médicas más prestigiosas del mundo. Tenía un ojo avezado para detectar las sutiles manifestaciones de la enfermedad, y sus relatos están llenos de descripciones médicas de gran precisión. El alcoholismo de un hombre que gozaba antes de buena salud se ve en el “toque rojo en la nariz y las mejillas”, en “el leve temblor de la mano extendida”. En otro relato, las contorsiones de un cuerpo –los miembros “retorcidos de la forma más fantástica”, los músculos “duros como una tabla (…), que excedían en mucho el rigor mortis habitual”— le permiten a Watson (y a sus lectores médicos) diagnosticar un envenenamiento por estricnina.
Se estima que Conan Doyle fue uno de los primeros en describir una enfermedad heredada que ahora se conoce con el nombre de síndrome de Marfán. El síndrome, que apareció por primera vez en la literatura médica en 1896 gracias al pediatra francés Antoine Marfán, se caracteriza por una estructura física alta y delgada, problemas oculares y tendencia a desarrollar aneurismas de aorta a temprana edad. La ruptura del vaso dilatado que transporta la sangre del corazón al resto del organismo es la causa de muerte más común entre quienes padecen ese trastorno, y hasta hace poco, pocos enfermos vivían más allá de los cuarenta años. Se describe a Jefferson Hope, el asesino vengador de la primera novela de Conan Doyle, como un hombre alto de treinta y tantos años que mata a quienes responsabiliza de la muerte de la mujer que amaba. Cuando por fin lo detienen, le pide a Watson que le ponga la mano en el pecho. Watson señala que tomó “conciencia de inmediato de las pulsaciones y la conmoción extraordinarias que había en su interior. La caja torácica parecía agitarse y temblar como lo haría una construcción débil al ponerse en marcha un motor poderoso. En el silencio de la habitación oía un zumbido sordo que procedía de la misma fuente”. Watson sabe al instante lo que significa eso. “¡Usted tiene un aneurisma de aorta!”.
¿Es posible que, al retratar a Holmes, Conan Doyle haya plasmado un síndrome psiquiátrico familiar hasta entonces desconocido? Tanto admiradores como académicos aventuraron muchos diagnósticos, dice Leslie Klinger, editor de la versión anotada más completa de los relatos de Sherlock Holmes. Klinger se inclina por un diagnóstico de trastorno bipolar, para lo que se basa en las oscilaciones del detective entre la hiperactividad y la lasitud. El trastorno bipolar es hereditario y se caracteriza por episodios de energía frenética –a menudo acompañados de una conducta extravagante y ostentosa— que alternan con periodos de profunda depresión. Si bien es cierto que Holmes no dormía durante varios días cuando estaba inmerso en un caso, sus cambios de estado de ánimo parecen depender de su trabajo. Cuando trabajaba estaba eléctrico. Si no tenía nada que hacer, se ponía melancólico. El consumo de drogas puede ser la causa de los marcados cambios anímicos, pero usaba cocaína cuando estaba ocioso y deprimido, no cuando estaba ocupado y animado.
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Otros, agrega Klinger, sugieren que Sherlock Holmes puede haber tenido una forma leve de autismo que suele denominarse síndrome de Asperger. El pediatra austríaco Hans Asperger informó en la literatura médica sobre ese trastorno en 1944. Describió a cuatro chicos brillantes y coherentes que tenían graves problemas de interacción social y tendían a concentrarse de forma muy intensa en determinados objetos o temas. El trabajo de Asperger languideció en las sombras durante más de 40 años, pero para 1994 el síndrome de Asperger formaba parte del léxico psiquiátrico oficial. El diagnóstico puede estar incorporado al autismo en el próximo Manual estadístico y diagnóstico de trastornos mentales, pero sin duda la descripción que hizo Asperger de esos hombres jóvenes de gran concentración y torpes en el plano social tuvo gran resonancia entre los padres, que reconocieron en ella a sus propios hijos.
¿Es posible que Conan Doyle haya descrito el síndrome unos 70 años antes que Asperger? De acuerdo con Ami Klin, director del programa de autismo del Centro de Estudios Infantiles de Yale, que forma parte de la Facultad de Medicina, la principal característica que define todas las formas de autismo es la “ceguera mental”, la dificultad para entender lo que los demás sienten o piensan y, por lo tanto, para relacionarse. Ignorantes de cómo los ven los otros, quienes padecen el síndrome de Asperger a menudo tienen un comportamiento extraño y tienden a desarrollar un vasto conocimiento de temas muy puntuales.
En el retrato que pinta Conan Doyle, Holmes presenta por momentos todas esas características. Su interacción con los demás suele ser directa hasta el punto de la descortesía. Incluso cuando le habla a Watson, su mejor amigo, los elogios que le dedica suelen rayar en el insulto. En El mastín de los Baskerville, cuando Watson, complacido con sus propias habilidades detectivescas, le informa a Holmes sobre los resultados de su investigación, éste le dice que no es una fuente de luz sino un conductor de luz, un mero ayudante.
En cuanto a sus intereses, Holmes se jacta con frecuencia de sus minuciosos conocimientos de todo tipo de fenómenos extraños. Se dice que escribió un estudio sobre las diferencias entre 140 tipos de ceniza de cigarros, pipas y cigarrillos. Es un ejemplo de lo que Asperger llamaba “inteligencia autista”, la capacidad de ver el mundo desde una perspectiva muy diferente a la de la mayor parte de la gente, concentrándose a menudo en detalles que los demás obvian. Holmes se ufana de poder percibir la importancia de nimiedades y lo llama “método”.
¿De dónde sale esa imagen, entonces? Los biógrafos hablan de una serie de personas en las que Conan Doyle pudo haberse basado para el personaje de Holmes, pero ninguna tenía el conjunto de esas características. ¿Era un paciente? ¿Un amigo de la familia? ¿Un compañero de estudios que no entró en las biografías? Quizá nunca lo sepamos, pero es evidente que las peculiaridades de Holmes tienen un atractivo perdurable. Basta con ver por TV a Temperance Brennan, de Bones, a Adrian Monk, de Monk, y, por supuesto, a Gregory House, de House, que presentan síntomas aspergerianos y le deben mucho a Sherlock Holmes.
Tomado de: The New York Times.
Traducción: Joaquín Ibarburu.