Cuando el presente nos rebasa


POR Teófilo Huerta
Los futuristas advierten que todos los medios impresos morirán, incluido el libro. En lo personal saboreo un libro a través no sólo de la vista, sino de los dedos y el olfato, y no me acostumbro a largas lecturas en pantalla. Estas muertes sí me deprimen desde imaginármelas, y de verdad no las quiero ver
Biblioteca Pública de Nueva York (piojodelibro.blogspot.com)
Supongo que los sentimientos que me asaltan son propios de mi edad, que rebasa ya los cincuenta años, y ni modo, si es así lo asumo y de ninguna manera renuncio a ellos.
Lo curioso es que hasta ahora, al menos conscientemente, no tiene que ver con alguna apreciación moralista o con achaques de salud, sino curiosamente de tecnología.
Por supuesto que me encantan todos los adelantos, los disfruto y aprovecho todos aquellos que puedo tener a mi alcance, pero en muchos casos también me gustaría que ello no fuera a costa de la desaparición de tantas herramientas, artefactos y medios entrañables.
La llegada de la fotografía a y de la tele a color quizá fueron los primeros escenarios de cambios tecnológicos que viví y con mucho gusto; la nostalgia del blanco y negro se ha circunscrito a eso, a un grato recuerdo, además de que conservo muchísimas fotografías en blanco y negro y hasta color sepia más antiguas, así como todavía puedo admirar –y hasta adquirir— películas en blanco y negro.
Después vino la llegada del casete, y como yo apenas tuve contacto con enormes grabadoras de cintas de carrete, me pareció formidable y práctico el nuevo invento. La desaparición de los discos de acetato también lo vi como una evolución, sobre todo porque los compactos siguen siendo discos en miniatura y hasta ahora conviven con otros dispositivos más sofisticados para la música con los que ciertamente no me relaciono.
La sustitución de la máquina de escribir por la computadora también se queda en el plano nostálgico y la dicha de conservar la primera por un afán museístico. Bendito invento de este nuevo artefacto más ágil y amable en el que corregir e imprimir me hubiera facilitado las cosas en mis estudios; en este caso incluso reniego al revés: cómo demonios no se popularizó este mágico invento que prácticamente tiene mi edad.
La desaparición del telegrama tal como se concibió mediante el peculiar telégrafo y su correspondiente código Morse, tampoco me parece dramático pues los correos electrónicos son instantáneos y eficientes; lo más parecido al telegrama hoy es el twitter por la exigencia de su brevedad.
Las cartas ya me duelen un poco más. Crecí como un gran escritor de ellas. Desde chico me fascinaba escuchar al cartero y verlo llegar con alguna carta familiar y luego esperar pacientemente a que mis padres abrieran ceremoniosamente el sobre y sacaran de él aquellas hojas con letras que posteriormente compartían. Esa educación la puse en práctica por años y de allí también nació mi afición por los timbres o estampillas postales. No niego las bondades de los correos electrónicos y las redes sociales, los utilizo diario, pero extraño entrañablemente las cartas y me sentiría profundamente triste si las estampillas (que a su vez sustituyeron los simples sellos o marcas que se hacían físicamente sobre los sobres) dejaran de imprimirse.
(franklinparishlibrary.org)
Tras de ello mi otro dolor lo constituyen las cámaras fotográficas de rollo. No me acostumbro a la idea de las digitales. Aunque nunca lo he aprendido, me parece interesante el proceso de revelado. Además tantas fotos (útiles y vistosas, sí) que ahora compartimos por blogs y redes, difícilmente serán impresas.
Hasta ahora han convivido simultáneamente los periódicos y revistas por Internet e impresos. Me parece fabulosa y útil esta duplicidad; sin embargo, la tendencia es a que sólo sobrevivan virtualmente, y ello sí es para mí lamentable. Así lo constata el reciente anuncio de la famosa revista estadounidense Newsweek, que desde enero de 2013 dejará de imprimirse. Si eso sucede con una revista de tal envergadura, qué no será de las demás publicaciones. En México estoy consternado porque la revista El Búho, que el maestro René Avilés Fabila fundó con tanto ahínco y entusiasmo tras su experiencia con el otrora suplemento de Excélsior, ha dejado hace pocos meses de imprimirse y sólo existe en el ciberespacio; es como un alma en pena que no podemos tocar ya. Esta misma revista, Ópera Mundi, en que ahora gustoso colaboro, es exclusivamente digital, ha permanecido siempre etérea, sin realmente nacer, tiene alma pero no cuerpo al cual hojear.
Los futuristas advierten que efectivamente todos los medios impresos morirán, incluido el libro, que ahora también subsiste con el electrónico y digital. Yo en lo personal saboreo un libro a través no sólo de la vista, sino de los dedos y el olfato y no me acostumbro a largas lecturas en pantalla. Estas muertes sí me deprimen desde imaginármelas, y de verdad no las quiero ver.
Seguramente las nuevas generaciones no tienen estas sensaciones, dicen que ya nacen con “chip”. Quizá mi vejez tan próxima la bien aproveche en convertirme de plano al budismo para ahora sí aprender y asumir el desapego a lo material. Creo que bien vale la pena antes de que yo mismo me asuste de extraviarme y quedar atrapado en vida entre las redes y convertirme sólo en un referente virtual.