El Premio Fuentes a Vargas Llosa


POR Alfredo C. Villeda
Christopher Domínguez Michael, escribió en su Diccionario crítico de la literatura mexicana (FCE, 2007): “El ejemplo más tajante del envejecimiento prematuro de Fuentes está en su comparación con Octavio Paz, su maestro y hermano mayor
Mario Vargas Llosa (lauracampos.wordpress.com)
Resulta quizá natural que todo escritor se llame a “sorpresa” cuando recibe un premio. Pose, lugar común, corrección política, cualesquiera sean las razones, el autor suele expresar frases que insinúan un reconocimiento de que no se lo merecía, al menos en el discurso público. Acaso pocos les crean, pero ha llegado el momento de no tener dudas sobre la sinceridad de tal posición: el “sorprendido” Mario Vargas Llosa con el Premio Carlos Fuentes.

Y habrá que tomar literal su azoro si se revisan algunos antecedentes. Por ejemplo, que en sus dos visitas recientes a México, el peruano omitió comentario alguno sobre Fuentes. No porque el mexicano deba ser tema en todo contexto cuando un escritor visita este país, sino porque en el terreno literario es un referente. Es conocido, por supuesto, el distanciamiento de ambos novelistas desde los años 80, de ahí que pueda tomarse literal la “sorpresa” de Vargas Llosa.
Fuentes, a su vez, tampoco solía aludir al peruano. En su ensayo Geografía de la novela (FCE 1993) recorre la obra de once autores y cita a decenas en el camino: Borges (que jamás cultivó el género), Juan Goytisolo, Augusto Roa Bastos, Sergio Ramírez, Héctor Aguilar Camín, Santo Tomás, Voltaire, Milan Kundera, György Konrád, Julian Barnes, Artur Lundkvist, Italo Calvino, Salman Rushdie, Goethe, Aimé Césaire, Dereck Walcott, William Faulkner, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Naipaul, Nadine Gordimer, Coetzee, Julio Cortázar, Gustave Flaubert, Fiodor Dostoievski, Joseph Conrad, Georges Orwell, Kafka, Aldous Huxley…
Vargas Llosa nunca apareció en ese libro, publicado tres años después de que dos grupos de escritores mexicanos hicieron explícitas sus diferencias con dos memorables cónclaves: la Experiencia de la Libertad, convocado por Octavio Paz y sus colaboradores de la revista Vuelta, y el Coloquio de Invierno, cuya máxima figura era Fuentes. Fue en una de esas sesiones en la que Vargas Llosa, cercano al Nobel mexicano, lanzó su célebre frase de “la dictadura perfecta”.
En esto creose llama el libro que Fuentes publicó en Alfaguara en 2002. Un periplo literario creado a partir del abecedario y, en la forma de diccionario, el lector atestigua las pasiones del autor desde la A de “amistad” hasta la Z de “Zurich”. En sus 41 capítulos hay, al paso, una sola mención a Vargas Llosa, en el apartado de la N de “novela”: “… al iniciarse el siglo XXI podemos hablar de una novela universal que abarca desde Günter Grass, Juan Goytisolo y José Saramago en Europa hasta Susan Sontag, William Styron y Philip Roth en Norteamérica hasta Gabriel García Márquez, Nélida Piñón y Mario Vargas Llosa en Latinoamérica”.
Enrique Krauze, quien cerró Vuelta a la muerte de Paz para abrir Letras Libres, decía de Fuentes: “El problema es que no sabe que no sabe”. Otra distinguida pluma de ese grupo, Christopher Domínguez Michael, escribió en su Diccionario crítico de la literatura mexicana (FCE, 2007): “El ejemplo más tajante del envejecimiento prematuro de Fuentes está en su comparación con Octavio Paz, su maestro y hermano mayor (…) Tras La región más transparente(1957) y La muerte de Artemio Cruz(1962), Fuentes se convirtió en el joven abuelo de la literatura mexicana, en el notario de sus mitologías y, tempranamente, en el propietario de las claves del apocalipsis al que estaban condenadas la vieja y la nueva Tenochtitlán. La empresa de Fuentes, monumental, se ha ido desgajando ruidosamente década con década y son pocos quienes han podido permanecer indiferentes al estrépito de un derrumbe que asusta y ensordece”.
Vargas Llosa, quien ya no esperaba premios después del Nobel, se declaró honrado sobremanera con la distinción anunciada esta semana y llamó a Fuentes “un gran agitador cultural”.