Del amor científico a la lujuria digital


POR José Luis Durán King
En un futuro cercano, afirma un especialista, el sexo con robots será cosa de todos los días. Uno más aduce que las mujeres querrán tener sexo más que los hombres, y otro llega más lejos todavía, al apuntar que en una sociedad no homofóbica, cuando los tabúes desaparecen, más gente estará dispuesta a tener sexo gay
Jane Fonda, en el papel de Barbarella (secret-oranges.blogspot.com)
En 1968, el cineasta francés Roger Vadim estrenó una película que puede ubicarse dentro del top ten de los churrazos que ha producido la industria del cine a escala mundial, Barbarella, protagonizada por Jane Fonda (quien entonces tendría unos veintitantos años), la cual se desnudaba a la menor provocación y sin que nadie se lo pidiera. El director galo, por supuesto, lo que quería era presumir al mundo a su actual esposa (Fonda) y eligió para esa empresa a una heroína que en el año 4000 se traslada al planeta Lythion, donde habita un científico loco llamado Durand-Durand, que posee el Rayo Positrónico con el que planea aniquilar a la Tierra.

La cinta, pese a lo mala que es, logró convertirse en un producto de culto por ser un catálogo de la estética pop y por un soundtrackque incluye a James Campbell y Bob Crewe, este último autor de la pieza “Music to Watch Girls By”, que despejó el camino del ambient de lo que hoy se conoce como música para la zona de albercas o de elevador.
Entre las muchas peripecias que Barbarella debe enfrentar para derrotar al desquiciado hombre de ciencia destaca una peculiar máquina que produce miles de orgasmos, los cuales terminan por matar a quien los goza. Sin embargo, la señora Fonda, en su papel de heroína espacial, da una sopa de su propio chocolate al mencionado cacharro, que termina quemándose, ante la mirada atónita de Durand-Durand, quien sólo atina a balbucear “¿Qué clase de mujer eres? ¿No tienes vergüenza?”
En plena época de revolución sexual hubiera sido ridículo que Barbarella saliera derrotada de esa lucha ancestral, y aparentemente desigual, entre el hombre (en este caso mujer) y la máquina.
Pocos años después, en 1973, Woody Allen dio a conocer su comedia El dormilón, que en realidad es una sátira a las películas y a los ideales futuristas. En la cinta, Miles Monroe (Allen) es un ciudadano común, dueño de un establecimiento de “comida sana” que requiere una sencilla operación de amígdalas. Por error, durante la operación es sometido a un proceso de criogenia para despertar en el año 2173, en un mundo que presenta algunas novedades. Por ejemplo, el planeta es gobernado por un tirano, quien sufre un atentado que lo despedaza. De hecho, sólo sobrevive su nariz, la cual, pese a ciertas limitaciones, continúa gobernando, al tiempo que un grupo de científicos trabaja incansablemente para clonar al sátrapa mediante las células extirpadas de la cúpula nasal.
Asimismo, toda la población –excepto los varones descendientes de italianos— es frígida o impotente, o más específicamente, sólo puede alcanzar el máximo gozo con la ayuda de una máquina llamada Orgasmatrón. A diferencia del cacharro al que enfrenta y destruye Barbarella y que cumple una función punitiva, el artefacto presentado por Allen ofrece sexo sencillo, rápido y sin complicaciones o secuelas. Ambas máquinas, eso sí, representan nuestros miedos culturales, aunque también algunos de nuestros deseos más profundos.
“Empatía científica”, en la portada de abril de 1924 de la revista Science and Invention
La máquina como elemento intermediario para la obtención del placer o para llegar el amor no es algo nuevo. Si bien no hemos arribado a los orgasmatrones presentados en las películas arriba citadas, hoy tenemos sitios como match.com (Tu próximo encuentro comienza aquí”), eHarmony (“No busques sólo citas, sino las mejores”) y OkCupido(“Únete al mejor lugar de citas del mundo”), entre muchos, pero muchos más. Por supuesto, son cuestionables las bases científicas que sustentan a estas nuevas modalidades de los antiguos clubes de corazones solitarios. Sin embargo, pocos son los que reparan en esas minucias al buscar la media naranja aún perdida en algún rincón del universo online.
De ser cierto el refrán de que la esperanza muere al último, lo cierto es que está goza de cabal salud desde hace varias décadas.
En abril de 1924, la revista estadunidense Science and Invention publicó un artículo firmado nada menos que por el editor de la publicación, Hugo Gernsback, que hablaba de las diferentes formas científicas –en forma de test— para determinar si un matrimonio tenía posibilidades de celebrar al menos sus bodas de plata. Así lo apunta Matt Novak en el artículo “Mechanical Matchmaking: The Science of Love in the 1920s” (Smithsonian.com. Mayo 23, 2012).
La primera prueba el erudito en amor la llamó de “Atracción física”, y consistía en medir la escala de atracción física entre los elementos de la pareja. Para ello, nada mejor que conectar electrodos en una de las muñecas de los postulantes, esto con el propósito de que un esfigmógrafo eléctrico (aparato para medir la presión sanguínea) grabara el pulso de los candidatos a casarse.
Acto seguido, para no dejar cabos sueltos, el extremo de una cadena –fijada a un resorte cubierto de goma— se tensaba alrededor del pecho de cada persona. El otro extremo se conectaba a un manómetro (instrumento que mide la presión de los fluidos contenidos en recipientes) y a un tambor abastecido con un lápiz óptico, el cual registraba cualquier movimiento en el papel, mostrando así el índice de respiración. Para Gernsback no había falla: si aumentaba el índice del pulso y la respiración era más rápida mientras abrazabas o besabas a la fuente de tu pasión, entonces se podía hablar de atracción física.
La prueba dos, de la “Simpatía”, elegía a uno de los miembros de la pareja, quien debía ver al otro a través de algo ligeramente traumático, por ejemplo, una extracción de sangre. Si el miembro que sólo atestigua la extracción mostraba contracciones e inhalaciones bruscas, significaba que estaba fuera de sí, es decir, era lo suficientemente comprensivo con su consorte.
(designnet.com.mx)
El siguiente paso no tiene desperdicio, aunque “no es una experiencia agradable”, explica Gernsback: el test del “Olor corporal”. El autor justifica este examen aduciendo que los aromas de nuestra carcasa han destruido muchos matrimonios. Para cumplir su objetivo, uno de los elementos de la pareja se colocaba en una cápsula lo suficientemente grande para albergar a una persona adulta. En uno de los puntos de la cúpula salía una manguera, que debía colocarse en la nariz del elemento que estaba sin encapsular. Si el olor era soportable –por supuesto, todo este proceso medido con los dispositivos adheridos a la muñeca y al pecho del sujeto a prueba—era un síntoma positivo de que la pareja estaba a punto de caminar con paso seguro hacia el futuro.
Finalmente, la prueba del “Desorden nervioso” no era más que la búsqueda del temple de acero en la pareja. El sujeto masculino lanzaba un tiro al aire repentinamente, sin avisar a la mujer. Si ésta mostraba una “reacción nerviosa” desmedida, significaba que el matrimonio posiblemente no cargaría los peregrinos por mucho tiempo. Lo anterior, sin embargo, sólo demuestra que Gernsback tenía nervios graníticos, porque cualquiera que escucha un disparo a sus espaldas o mientras está dormido puede experimentar una “reacción nerviosa” desmedida.
Casi 90 años después del artículo de Hugo Gernsback, el amor hay que buscarlo en las telenovelas, que hoy sirven para darnos cuenta cuán ñoños fuimos hasta bien entrado el siglo XX. Para 2012 una gran parte de las sociedades con acceso a Internet está más cerca del Orgasmatrón presentado por Woody Allen que de las cuatro pruebas de la compatibilidad matrimonial. La banda ancha actualmente funge como una ventana para atisbar lo que sucede y lo que se ensambla paulatinamente en materia de sexualidad.
Para Randy Malamud, jefe del departamento de Inglés en la Universidad Estatal de Georgia, quien escribió el libro An Introduction to Animals and Visual Culture, y autor del artículo “Sex 2.0” (The Chronicle Review. Junio 25, 2012), “El mundo digital ofrece más pornografía que nunca, y otras actividades digital-libidinosas como el sexting y el camsex. Citas a través de equipos de cómputo, salas de chat y demás trabajo sexual en línea son las membranas permeables entre las interacciones virtuales y las experiencias cara a cara. Los portales web proporcionan cada vez más información clínica acerca del sexo y la salud. Y las comunidades virtuales, los pioneros de la Inteligencia Artificial y los jugadores de Second Life continúan alimentando y saciando, por no hablar de monetizar, los apetitos sexuales de las personas”. Todo lo anterior, añade Malamud, “implica una serie de herramientas, prácticas, ideas y demás materia ciber que puede delimitar una nueva frontera en la conciencia sexual, tanto académica como popular”.
Aroma adolescente
(cartelurbano.com)
El sexting o sexteo, de acuerdo con Wikipedia, se refiere al envío de contenidos eróticos o pornográficos mediante teléfonos móviles. El término en un inicio se vinculaba al envío del Servicio de Mensajes Cortos (SMS, por sus siglas en inglés) de índole sexual. Es una práctica común entre jóvenes, y cada vez más entre adolescentes.
En 2008, la revista Cosmopolitan, a través de su sitio web Cosmogirl.com, y la Campaña Nacional para Prevenir el Embarazo en Adolescentes, dieron a conocer los resultados de una estudio acerca del sexo y la tecnología realizada en Estados Unidos. La radiografía social arrojó respuestas, por decir lo menos, inesperadas.
Una de cada cinco adolescentes (22 por ciento) y 11 por ciento de niñas adolescentes entre los 13-16 años aseguraron que han enviado o publicado electrónicamente imágenes suyas desnudas o semidesnudas. La práctica ahora también abarca a un tercio (33 por ciento) de los varones adolescentes. El estudio, realizado entre mil 280 adolescentes y jóvenes adultos –conducido por TRU, líder global en investigación en adolescentes e individuos de veintitantos años—, indicó que 15 por ciento de los adolescentes que han enviado mensajes de texto, correos electrónicos, fotografías o videos con contenido sexualmente sugestivo, ha tenido como remitentes a usuarios que sólo conocen en línea.
En cuanto a las expectativas de enviar textos e imágenes de con contenido sexual, la investigación señala que los adolescentes y adultos jóvenes consideran que lo que hacen por la vía electrónica tiene un efecto en lo que hacen en la vida real: casi una cuarta parte de los adolescentes (22 por ciento) admitió que la tecnología los hacía personalmente más agresivos. Más de un tercio de los adolescentes (38 por ciento) explicó que el intercambio de contenidos sexys aumentaba las probabilidades de ligar.
Asimismo, las adolescentes ofrecen otras razones: dos tercios (66 por ciento) afirmó que lo hicieron como “diversión o coquetería”, prácticamente la mitad (52 por ciento) lo envió como un “regalo sexy” para su novio, y 40 por ciento lo consideró una “broma”.
Para Susan Schulz, editora de proyectos especiales en Hearst Magazines, “los adolescentes son los primeros en adoptar la tecnología, desde los sitios de las redes sociales más recientes a los teléfonos celulares nuevos más populares. Si bien este fanatismo por la tecnología puede ser visto como algo positivo, nuestro estudio revela que también existe un lado negativo. Los adolescentes deben ser conscientes de las consecuencias reales de ese tipo de comportamiento y necesitamos darles orientación y alentarlos a tomar decisiones inteligentes”.
Futuresex
(motherboard.vice.com)
Aunque el sexteo tiene un lugar entre las actividades “digital-libidinosas”, el porno sigue reinando en ese sector. La razón de esto es la adaptabilidad que ha mostrado en el terreno tecnológico. Lejos quedaron los días en que uno visitaba la casa de un amigo y éste sacaba de debajo del colchón ejemplares antiguos, arrugados y babeados de Playboy y Penthouse. De la forma impresa, la industria de la triple X pasó a la fotografías, después a las películas y a la televisión por cable, más adelante a las videocaseteras y DVD, hasta llegar al Internet, las cámaras portátiles y todas las nuevas tecnologías, por lo que no resulta extraño, apunta Randy Malamud, que los sitios web pornográficos sirvan de modelo para muchas empresas que realizan sus transacciones comerciales vía Internet.
Pese a la perdurabilidad del porno, muchos analistas hablan de la decadencia de esta industria, pero quizá dicho descenso se da actualmente en el aspecto financiero, en la ausencia de anunciantes en los campos impreso y online, aunque lo cierto es que los sitios web de pornografía son visitados anualmente por decenas de miles de usuarios, lo que ha permitido a los estudiosos de la mente conocer de primera mano experiencias emocionales, deseos, fantasías, transgresiones y tendencias de quienes surfean en las crestas altas de la red. En este contexto, Martin Barker, profesor de estudios de cine y televisión en la Universidad de East Anglia, señala que los usuarios ven porno “como una forma funcional para abrir conversaciones con sus parejas y para reflexionar acerca de su propia sexualidad: sus deseos sexuales, y los límites y la experimentación que hay en ellos”.
Aun con su impresionante taquilla, el porno está siendo rebasado por lo que Malamud denomina “Futuresex”, un concepto que tomó prestado del álbum homónimo de 2006 de Justin Timberlake. La académica Judith Halberstam, que imparte las materias Inglés y Estudios de Género en la Universidad del Sur de California, está de acuerdo con el término adoptado por su colega y añade que “la tiranía de la familia” será disipada por los cambios que ocurren en la sexualidad y en las configuraciones emocionales. La académica expresa que “el matrimonio funcionó cuando la gente moría a los 45 años, pero hoy en día aceptar la condición de ‘hasta que las muerte nos separe’ es algo muy difícil”. Halberstam está segura de que el futuro del sexo verá la subversión de las instituciones disfuncionales y el derrumbe de las instituciones, en favor de estructuras de parentesco potencialmente más frescas y más fuertes, como son las familias homosexuales y las comunidades de padres.
Y en estos cambios jugarán un papel muy importante “las tecnoprácticas personalizadas” como las que ofrecen los smartphones, ya que “la tecnología móvil moviliza las actividades sexuales”, afirma Sharif Mowlabocus, autor del libro Gaydar Culture: Gay Men, Technology, and Embodiment in the Digital Age. Para este investigador, las “App cruising” [aplicaciones de ligue] resumen el arma de doble filo de los nuevos medios en torno a la conciencia sexual. En el terreno de la homosexualidad, dichas aplicaciones son “rápidas, cómodas, discretas y tan anónimas como tú quieras que sean”, explica Mowlabocus.
(fhm.com)
En torno al tema de Futuresex hay opiniones discordantes, como la de Sherry Turkle, en cuyo libro Alone Togetheraduce que el incremento en la dependencia tecnológica conduce a una consecuente disminución de las conexiones personales. Después de argumentar que la tecnología actúa directamente en los puntos más vulnerables de las personas, la estudiosa manifiesta: “Estamos solos, pero tememos a la intimidad. Las conexiones digitales pueden ofrecer la ilusión de una compañía sin las exigencias de una amistad”.
Breves y contundentes, el estudioso de Inteligencia Artificial, David Levy; la periodista Liza Mundy y el activista político Peter Tatchell incorporan sus puntos al tema de Futuresex. El primero afirma que en 30 años el sexo con robots será cosa de todos los días. La segunda dice que las mujeres querrán tener sexo más que los hombres, y el tercero llega más lejos todavía, al apuntar que en una sociedad no homofóbica, cuando los tabúes desaparecen, más gente estará dispuesta a tener sexo gay.
Puntos de vista diversos, opiniones afines y otras encontradas, pero es innegable que el futuro de la sexualidad humana no es lo que solía ser en la época en que los científicos aportaban sus conocimientos a las personas que buscaban la pareja perfecta con la intermediación de una máquina.