El viaje de Melville a Tierra Santa


POR David Sugarman
En 1857, el autor de Moby Dick viajó a Jerusalén. Esperaba encontrar un lugar en el que se sintiera más cercano a Dios que la ciudad de Nueva York o Massachusetts, un lugar de alto sentimiento y espiritualidad. Lo que encontró fueron polvo y moscas
(israelitybites.blogspot.com)
Herman Melville, el popular escritor de novelas de aventuras, perdió a sus lectores con la publicación de Moby-Dick; o la ballena. “El señor Melville ha sobrevivido a su reputación”, señaló un crítico en 1851, con sus diatribas, tangentes y verborrea. “Si se hubiera conformado con escribir uno o dos libros, pudo haber sido famoso, pero su vanidad ha destruido todas sus posibilidades para la inmortalidad, o incluso la de un buen nombre para su propia generación”. Mientras que algunos críticos reconocieron la grandeza de Moby Dick, ésta no logró alcanzar el éxito que Melville había esperado, vendiendo tan sólo unas 3 mil 100 copias durante la vida del autor. “Aunque he escrito los Evangelios en este siglo”, se lamentó con su amigo Nathaniel Hawthorne, “voy a morir en la calle”.

Melville nunca se recuperó completamente de la decepcionante respuesta a Moby Dick. En 1857, a sugerencia de su esposa, partió a Europa y Medio Oriente con la esperanza de encontrar alguna claridad, inspiración y alegría. Fue en ese viaje que Melville visitó Jerusalén, un lugar que no satisfizo las altas expectativas del escritor. El diario de Melville registró, junto con Clarel: A Poem and Pilgrimage in the Holy Land [Clarel: un poema y peregrinación a Tierra Santa], la épica del viaje, ayudando a ilustrar qué lugar tan extraño y desconcertante fue Jerusalén para los viajeros del siglo XIX. Pero las descripciones y reflexiones de Melville, su anhelo espiritual y desencanto final, también sugieren el desarrollo de una notable relación entre el turista estadounidense y Tierra Santa.
Cuando Melville escribió Moby Dick vivía en Pittsfield, Massachusetts, un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra. Pero Pittsfield, a raíz de una mala recepción de Moby Dick, no era ya un lugar feliz para Melville. Su granja perdía dinero y su carrera parecía ser en un caos. A Moby Dick siguió Pierre (1852), otra decepción financiera y crítica, y luego varias historias para Harper’s New Monthly Magazine y Putnam’s Monthly Magazine, entre ellas “Bartleby the Scrivener” (1853) y “Benito Cereno” (1855). Cada narración corta alude a la ira, la desesperación y el agotamiento del autor. Otra novela, Israel Potter, publicada en 1855, hizo poco para cambiar la reputación o circunstancias del escritor, y entre los más cercanos a Melville aumentó la preocupación: el escritor parecía fatigado, infeliz e incluso, aventuraron, estaba cerca del suicidio.
Herman Melville (beattiesbookblog.blogspot.com)
Dado el estado de angustia del autor, la esposa de Melville, Elizabeth Shaw, propuso –y su suegro, Lemuel Shaw, jefe de Justicia de la Suprema Corte Judicial de Massachusetts, aceptó financiar— un viaje en el extranjero. Melville había ido a Londres en 1849, poco antes de terminar Moby Dick y disfrutó enormemente el viaje. Pero había sido un momento diferente en la vida del autor; era un exitoso novelista escribiendo un libro que, él creía, se celebraría inmediatamente como una de las obras más grandes del siglo XIX. Seis años y muchas decepciones y después, Melville tenía buenas razones para estar abatido.
Sin embargo, el 11 de octubre de 1856 Melville abordó al Glasgow, un vapor con destino a Inglaterra. Como Howard C. Horsford relata en su nota histórica para la edición de Northwestern-Newberry de los diarios de Melville (para los que Horsford sirvió como editor), el autor visitó a [Nathaniel] Hawthorne en Liverpool y éste dijo después que Melville parecía “un poco más pálido y tal vez un poco triste” de lo que había sido antes. Pero, como Melville escribió, el viaje pareció revivir a sus espíritus. Como navegó por el Mediterráneo en pleno invierno, la exuberancia de Melville era clara. En su diario, anota, “dicho clima uno podría tenerlo en el paraíso”, de “estrellas rutilantes”, y “gloriosamente claro” por la noche. Generalmente esa actitud, aunque salpicada de días de desesperación, continuó a través de Roma, Constantinopla, Alejandría y El Cairo.
Y después, Melville llegó a Jerusalén. Su primera descripción de la ciudad: “Si no lo hubiera sabido, podría no haberla reconocido —lucía exactamente como rocas áridas”. Melville había esperado encontrar un lugar en el que se sintiera más cercano a Dios que la ciudad de Nueva York o Massachusetts, un lugar de alto sentimiento y espiritualidad. En cambio encontró polvo y moscas, y párrafo tras párrafo indica su disgusto: “Cómo afecta a uno ser estafado en Jerusalén”, escribió desde el principio en su estancia de una semana en la ciudad. Más tarde se pregunta si “la desolación de la tierra [es] resultado del abrazo mortal de la Deidad. Los desventurados son los favoritos del cielo”. Y más adelante: “El color de toda la ciudad es gris y te mira como el ojo gris de un hombre frío”.
De hecho, las reflexiones de Melville acerca de Jerusalén son a veces tan sombrías como cómicas:
“Piedras de Judea. Leemos mucho sobre piedras en las Escrituras. Los monumentos y rastros de los memoriales se configuran de piedras; los hombres son apedreados a muerte; la semilla figurativa cae en lugares pedregosos; y no es de extrañar que las piedras deban figurar así en gran medida en la Biblia. Judea es una acumulación de piedras –montañas pedregosas y llanuras pedregosas; torrentes pétreos y senderos pedregosos; paredes de piedras y campos pedregosos, casas de piedras y tumbas pedregosos; ojos pétreos y corazones pedregosos. Antes y detrás de ti hay piedras. Piedras a la derecha y piedras a la izquierda.”
El diario de Melville retrata un batiburrillo de personajes peculiares que deambulan por las calles de la ciudad, incluyendo peregrinos de “graves expresiones”, viejos árabes arando en camisa, y misioneros cristianos de Estados Unidos o Inglaterra haciendo proselitismo en las calles. Las descripciones más repetidas que Melville coloca a esas cifras son extrañas y tristes. “Todo es mitad melancolía, mitad farsa”, escribe de la ciudad y de sus habitantes, “igual que en el resto del mundo”.
(jerusalemshots.com)
Para ser justos, no había mucho de qué hablar de Jerusalén en la década de 1850. La ciudad fue parte del Imperio Otomano y su destino estuvo entrelazado con el del sultanato agonizante. Los registros contemporáneos de Jerusalén describen poca infraestructura, una terrible corrupción, carencia de hospitales y ausencia de servicios sociales y del orden. Los asaltos y robos ocurrían a diario en y alrededor de la Vieja Ciudad, que, en el momento de la visita de Melvill, era todo lo que existía de Jerusalén –el desarrollo a las afueras de las murallas no ocurrió en serio sino hasta la década de 1860, cuando el hacinamiento hizo necesaria la expansión más allá de la Vieja Ciudad. La descripción de Melville de los montones de piedras llenas de polvo no es una metáfora exagerada.
Pero la opinión de Melville del lugar sin duda fue empañada por sus problemas financieros y artísticos, así como por las tensiones religiosas que sentía como cristiano en el Jerusalén del siglo XIX. Mientras que Melville no era un hombre u observante tradicionalmente religioso, las cuestiones teológicas dominan su obra. Hijo de un padre cristiano y de una piadosa madre calvinista, Melville celebró una compleja teología, mejor descrita como un agnosticismo devoto. “No puede creer ni estar cómodo en su incredulidad”, escribió Hawthorne de Melville en su diario. “Es demasiado honesto y valiente para no intentar hacer una u otra cosa. Si fuera un hombre religioso sería verdaderamente uno de los más religiosos y reverentes”. Esta devoción a la incertidumbre afectó el punto de vista de Melville acerca de Jerusalén de varias maneras: se sentía poco inspirado por la ciudad y decepcionado por sentirse así. Además, fue triste ver los sitios asociados con la historia cristiana en tal mal estado. Escribió: “La mente no puede sino entristecerse y afectarse sugestivamente con la indiferencia de la naturaleza y el hombre hacia un lugar sagrado para los cristianos”. La ciudad estéril, en combinación con su estado de ánimo sombrío, hizo que Melville se sintiera desencantado; su visión fue notablemente más optimista al partir hacia Roma.
(jerusalemshots.com)
Melville nunca volvió a Jerusalén, pero sí revisitó sus diarios y las notas de su viaje, sobre todo en la publicación de 1876 de Clarel: A Poem and Pilgrimage in the Holy Land. En el que es el poema americano más extenso –más incluso que Eneida, Ilíada o Paraíso perdido—, la épica de Melville relata la historia de Clarel, un ansioso estudiante de teología espiritual que llega a Tierra Santa con la esperanza de conectar con lo divino. Lo que encuentra es una Jerusalén llena de ladrones y extraños peregrinos. Hace algunos amigos y viaja con ellos a Mar Saba y Belén, sólo que su perplejidad filosófica se apaga justo cuando comienza el viaje.
Aunque hay una gran cantidad de personajes interesantes en el poema, incluyendo un piadoso judío etíope al que Melville llama El Judío Negro, y una joven judía estadounidense (de nombre Ruth) de quien Clarel se enamora, la experiencia del estudiante de teología en Jerusalén puede ser vista como la impresión negativa en verso de Melville.
La mayor parte de estadounidenses que Melville y Clarel conocen caen en tres categorías: los turistas estadounidenses, como los propios Melville y Clarel; los judíos estadounidenses que viven en Jerusalén fuera de la devoción a la ciudad como la patria judía; y los misioneros cristianos de Estados Unidos que han acudido obedientemente a allanar el camino para Cristo. Como si fuese una tipología, este catálogo, aunque no es exhaustivo, aún resuena hoy, y las observaciones de Melville pueden sentirse sorprendentemente contemporáneas. Melville y Clarel no sólo llegan a Jerusalén a visitar lugares, sino también para conectar con algo más grande, para sentirse más cerca de lo divino. Del mismo modo, muchos estadounidenses visitan Israel no solamente para hacer el tour por la Vieja Ciudad o por la colonia alemana, sino también en busca de una auténtica conexión religiosa. Este deseo de tener un encuentro religioso significativo en Jerusalén es un aspecto esencial de la experiencia judía estadounidense contemporánea. Pero, por desgracia, Jerusalén puede ser un lugar como cualquier otro, un montón de “rocas áridas”.
Así, cuando Clarel se espanta las moscas mientras intenta sentir la gracia de Dios, o cuando ve a los turistas siguiendo la línea de la carretera a cada sitio sagrado de la ciudad, sus reflexiones detonan: “Poco aquí mueve el corazón de algunos… vendedores ambulantes versados en trucos,/ vendedores de encantos o crucifijos… ¿Es este el bazar del Cairo/ y una encrucijada?” La de Clarel es en parte una hermosa reflexión sobre las tensiones de ser un estadounidense en Israel y una consideración aún más profunda de “el espíritu en el golfo de una vertiginosa fábula perdida”, o de sentirse como un turista metafísico.
Tomado de:Tablet Magazine. Agosto 16, 2012.
Traducción:José Luis Durán King.