José Emilio Pacheco: poeta de nudos, rizomas y apuntes


POR Gabriel Ríos
Tal vez en esencia, José Emilio Pacheco es un gran fabulista. En su poesía los objetos, sobre todo los animales, operan con frecuencia como reflexiones ante las cuales habrá una conclusión de conducta o moraleja
(eluniversal.com.mx)
Hace muchos años que leemos la poesía de José Emilio Pacheco, llamada por Paola Ballardin, Della Speranza (Bulzoni, Roma, 1995). Otro libro-ensayo destacado acerca de su obra, es el de Ronald J. Friis, titulado José Emilio Pacheco and the Poets of the Shadows (Lewisburg-Londres, 2001), y el de Luis Antonio de Villena, José Emilio Pacheco (Júcar, colección Los Poetas, Madrid, 1986).
El poeta mexicano Jorge Fernández Granados (Los hábitos de la ceniza, Premio Nacional de Aguascalientes) escribió el prólogo para la antología de la poesía de José Emilio Pacheco, a quien se le dedicó el Encuentro de Poetas del Mundo Latino hace seis años en la ciudad de Morelia.

En La fábula del tiempo –coedición, Era, Lom, Trilce y Txalaparta, 2005— se concentra desde sus primeras líneas, en la mitad del siglo XX, aunque suene a lugar común, donde el poeta ya era una figura central de su generación.
Escribe Fernández Granados que su obra abarca casi todos los géneros literarios y ha visto crecer en torno suyo un cuerpo crítico y de traducciones, pero sobre todo de lectores como pocas veces sucede en un poeta vivo.
Para Fernández Granados es en la poesía donde la obra de José Emilio Pacheco ha encontrado sus mayores alcances. La respuesta es sencilla: “Los dos primeros libros, Los elementos de la noche y El reposo del fuego son impecables y finos ejercicios de un virtuoso. Poemas tempranamente maduros, dispuestos en series o meditaciones. Se podría decir que son elegías de un lúcido pesimismo”.
Desde esos poemarios, editados entre 1963 y 1966, aparecen ciertas constantes que serán reconocibles a lo largo de toda su obra. Ejemplos de la naturaleza, como fuentes de alegorías y lecciones, el tiempo y la destrucción, el drama testimonial de la conciencia: temática universal y pulcritud.
La apreciación de Fernández Granados, en cuanto al poemario No me preguntes cómo pasa el tiempo, escrito en 1969, es un auto-examen, es un giro de 180 grados que declaró el poeta y a su obra como subproductos de una fuerza mayor llamada historia. Es decir, José Emilio Pacheco, a los 30 años de edad, resuelve la cuestión acerca del verdadero lugar de la poesía con la franqueza necesaria, y al mismo tiempo, renovándola en ese replanteamiento. Es un libro, agrega Fernández Granados, formado de retazos y aforismos, de apuntes e instantáneas. No me preguntes cómo pasa el tiempo inaugura un amplio ciclo decisivo, que se prolongará de 1973 a 1983, con Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces y Los trabajos del mar.
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Se apunta en el prólogo de la antología La fábula del tiempo que el título Irás y no volverás se refiere al lugar o país de los cuentos infantiles a donde se va y no se regresa nunca.  ¿Qué es lo que se pone en evidencia? La imperfección, la caducidad del ejercicio poético. Con la brevedad y la austeridad del testimonio. Los poemas de esta serie asumen una desnudez que, paradójicamente, los fortalece. El tono conversacional de algunos poetas estadounidenses, como podría ser el de George McWhirter, la antipoesía de Nicanor Parra, el coloquialismo de Jaime Sabines y la crónica colectiva de Ernesto Cardenal o Enrique Lihn están más cerca de esta nueva vertiente de Pacheco, entre cuyos indudables méritos se cuentan la transparencia comunicativa, la exactitud, la ironía y la erudición revertida a la cotidianidad que hace de todas las venas literarias que lo alimentan una sola voz con capacidades narrativa y aforística. Es un lenguaje extremadamente cultivado que, sin embargo, produce la impresión del habla llana.
Existe un tercer ciclo de la obra de Pacheco con Miro la tierra (1986), que se prolonga hasta el presente, incluyendo, Ciudad de la memoria (1989), El silencio de la luna (1996), La arena errante (1999) y Siglo pasado (desenlace) (2000). El tema axial, según Fernández Granados, es sobre el mal de la historia, el recurrente drama humano y la nostalgia de lo perdido: la crónica se funde con la poesía y ésta con la historia: la idea del devenir como desintegración cede su sitio a la del devenir como gran teatro de alegorías que se reiteran o se multiplican de manera a veces grotesca.
Tal vez en esencia, José Emilio Pacheco es un gran fabulista. En su poesía los objetos, sobre todo los animales, operan con frecuencia como reflexiones ante las cuales habrá una conclusión de conducta o moraleja.
En 1967 escribe el poema “Biología del halcón”:
Los halcones son águilas domesticables.
Son perros
De aquellos lobos
Son bestias de una cruenta servidumbre.
Viven para la muerte.
Su vocación es dar la muerte.
Son los preservadores de la muerte
Y la inmovilidad.
Los halcones: verdugos, policías.
Con su sadismo y servilismo ganan
Una triste bazofia compensando
Nuestra impotente envidia por las alas.
Prosigue Fernández Granados: “Asuntos del entorno doméstico o de la historia lejana dan pie a una meditación moral. La utilización de máscaras o personajes que toman la palabra para emitir un juicio que remite a la sociedad humana en su conjunto es un recurso empleado por él en varias ocasiones y particularmente en el ciclo Circo de noche.
Una muestra:
“Payasos”
Por los Payasos habla la verdad.
Como escribió Freud, la broma no existe:
Todo se dice en serio.
Sólo hay una manera de reír:
La humillación del otro. La bofetada,
El pastelazo o el golpe
Nos dejan observar muertos de risa
La verdad más profunda de nuestro vínculo.
Todo Payaso es caricaturista
Que emplea como hoja su falso cuerpo deforme.
Distorsiona, exagera –y es su misión—,
Pero el retrato se parece al modelo.
Vuelve cosa de risa lo intolerable.
Nos libera
De la carga de ser,
La imposible costumbre de estar vivos.
Cuando se extingue la carcajada y cesa el
Aplauso,
Nos quitamos las narizotas, la peluca de zanahoria, el carmín,
El albayalde que blanquea nuestra cara.
Entonces aparece lo que somos sin máscara:
Los payasos dolientes.
(deportes.terra.com.mx)
Qué es lo que celebro con esta anécdota que me tocó coorganizar: nada más y nada menos, la condición ante todo testimonial del ejercicio poético de José Emilio Pacheco, pero también de inexistencia y por lo tanto un orden definitivo en él. En cualquier circunstancia, no nada más en el Encuentro de Poetas del Mundo Latino, sino de manera extensiva, hay que tener en cuenta que en este autor los recursos narrativos y periodísticos, lo mismo que el mito, la fábula y la alegoría, son estrategias literarias, sólo que en su poesía se encuentran concentradas en nudos muy finos, en astillas, en rizomas, bajo diversas formas reconocibles de la tradición, como son los sonetos, octavas, haikús, poemas en prosa y un gran etcétera que llamaremos su poética.
Cómo olvidar ese miércoles 18 de octubre de 2006, bajo la noche inolvidable de un otoño dorado, en el Teatro Ocampo de la ciudad de Morelia y luego, en la cena, con un chaparrón de miedo en el Conservatorio de las Rosas.
Brilla la obra de José Emilio Pacheco en el recuerdo de la emoción:
“No me preguntes cómo pasa el tiempo”
Al lugar que fue nuestro llega el invierno
y cruzan por el aire las bandadas que emigran.
Después renacerá la primavera,
Revivirán las flores que sembraste.
Pero en cambio nosotros
Ya nunca más veremos
La casa entre la niebla.