Pesadilla jurásica


POR Alfredo C. Villeda
Una expedición de la British Cryptozoological Society se embarca en el Congo en busca de una bestia de la que poseen múltiples testimonios: el Mokèlé Mbèmbé. El animal no es otra cosa que la versión africana del monstruo del Lago Ness, es decir, un reptil marino extinguido hace 65 millones de años
(bloody-disgusting.com)
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, es en varios sentidos una obra fundacional. Entre las creaciones originadas en ese viaje por una tierra inexpugnable, el Congo, acaso sean dos las más relevantes: la historia cinematográfica de King Kong y una buena parte de la trama de El sueño del celta, la novela de Mario Vargas Llosa. Al cúmulo de leyendas acaba de sumarse la propuesta fílmica del debutante Sid Benneth, The Dinosaur Project (GB, 2012), titulada Pesadilla jurásica en México.

Una expedición de la British Cryptozoological Society se embarca en el Congo en busca de una bestia de la que poseen múltiples testimonios, pero imágenes poco concluyentes: el Mokèlé Mbèmbé. El animal no es otra cosa que la versión africana del monstruo del Lago Ness, es decir, un plesiosaurio, reptil marino extinguido hace 65 millones de años. La trama invita al espectador a asumir la historia como real, como documental, no como ciencia ficción.
La producción advierte desde el comienzo que las imágenes no fueron editadas y corresponden a las diferentes cámaras que el equipo llevaba. Pero también desde la apertura surgen los desatinos, como el título de la expedición, que da nombre a la película: The Dinousaur Project. Un grupo de especialistas en la fauna prehistórica tiene que saber que el plesiosaurio, su blanco principal, no es un dinosaurio, sino un reptil marino. El cryptoclidus, grupo elegido para el caso, convivió con los dinosaurios en el Cretácico, quizás a finales del Jurásico. El título del filme es pues fallido en inglés y en español.
Otro dato elemental que sobre el plesiosaurio deberían saber los autores, el mismo director y Jay Basu, es que esa especie, a la que los nativos de la película llaman Mokèlé Mbèmbé (“El que detiene la corriente del río”), medía unos 17 metros y el cuello era inmenso, pero no tenía músculos, por lo que es imposible, si se considera además la fuerza de gravedad, que emergiera y apareciera majestuoso ante las cámaras, antes de dar una dentellada y acabar con parte de la expedición. Se cree, a partir de la ciencia, que sólo sacaba su pequeña cabeza del agua para respirar.
El espectador siempre parte de que es una película de ficción, más allá del epígrafe que avisa lo contrario. Sabe que esas criaturas se extinguieron. Pero ya instalado frente a la pantalla, decidido a ver una historia, espera que el director ofrezca verosimilitud. Y cuando de dinosaurios se trata, la mayoría resbala. Como Peter Jackson con su versión del gorila gigante y su duelo con tres tiranosaurios, a los que derrota a puros madrazos y no con lo que la lógica manda: la inteligencia del primate. Simplemente absurdo.
Por eso Steven Spielberg es quien más brilla hasta ahora con el tema. Su filme Jurassic Park (1993), basado en la novela de Michael Crichton, tiene errores básicos de información paleontológica, principalmente el hecho de que sus dinosaurios más representativos vivieron en el Cretácico, no en el Jurásico, pero la trama de cómo fueron creados parte de una investigación científica en curso, aun si sus resultados pintan para un futuro incierto: extraer ADN de un mosquito prehistórico atrapado en una gota de ámbar. Es decir, el célebre director y el propio novelista, colaborador en la historia cinematográfica, aportaron elementos que dan verosimilitud a un relato que todos asumimos como ficción. No es el caso con The Dinosaur Project.
Hay que apuntar que nada de novedad tiene el recurso del material recuperado. Si alguna escena es inverosímil, partiendo del hecho de que no se trata de encuadres profesionales, sino de expedicionarios en apuros, es precisamente la aparición del plesiosaurio emergiendo frente a la frágil balsa antes de su mortal ataque. El proyecto de la bruja de Blair(Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, EU, 1999), que arma todo un despliegue de cámaras de tres estudiantes de cine perdidos en un bosque, tuvo la cualidad de jamás mostrar el elemento agresor, porque las víctimas sólo pensaban en salvarse, no en lograr una gran toma.
Finalmente, valga una disculpa para quien esperaba, a partir del título de esta columna, leer algo sobre un acontecimiento político en puerta.