Presidentes predicadores


POR Alfredo C. Villeda
En esa confusión de personalidad múltiple que lo ha caracterizado, Calderón ha modelado un autorretrato basado en la perorata cristiana, en el tono de predicador que lo acerca más al falso obispo Martín de Tours, incendiario de escuelas michoacanas en Nueva Jerusalén, que al estadista Churchill en el que alguna vez se quiso ver reflejado
(yoreme.wordpress.com)
En un momento del primer tramo de su gobierno, medianía de 2008, Felipe Calderón promulgó la ley del libro y propuso para cada hogar una “biblioteca básica de 15 o 20 volúmenes, incluidos atlas, diccionarios y cancioneros”. Ya imaginará el lector que no era poca la insana curiosidad generada entonces por conocer los títulos sugeridos por el Presidente para tan breve selección literaria. Pero nadie se atrevió a preguntarle ya no digamos los “15 o 20” textos. Ni siquiera los tres que más lo marcaron en su vida.

A juzgar por lo que siguió, por el contenido de sus discursos preparados y las improvisaciones obligadas, sobre todo en la recta final de su gobierno, bien puede inferirse que Calderón respondería exactamente igual que Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del año pasado: la Biblia, la Biblia y la Biblia.
Porque a la menor provocación, el Presidente echa mano de parábolas y versículos, cita de memoria pasajes bíblicos y sólo se anima a invocar a un autor cuando una tarjeta elaborada ex profeso lo sujeta. Si usted resta el diccionario, el atlas, el cancionero y la Biblia, la lista de libros de cabecera, básicos, aludida por Calderón, se reduce a unos cuantos títulos.
Al final, más allá de que se presumió “presidente del empleo”, “de la infraestructura”, “de las carreteras” y “de la salud”, su autorretrato queda lejos de la pretendida imagen de Churchill que también dibujó en algún momento: su snap shot, su instantánea, parece más la de un predicador que, tejiendo a partir de la Biblia, quiere exorcizar los demonios del infierno que desató con su lucha contra el narcotráfico y los casi 60 mil ejecutados de por medio.
Los antecesores de Calderón tuvieron su encore, por supuesto. Carlos Salinas salió en medio de una crisis política, económica y de seguridad, pese a su campaña permanente por retratar un México moderno. Ernesto Zedillo, el mandatario de los chistoretes, se cobró agravios y salió con un bono democrático por ser el priista que entregó la banda presidencial a un opositor después de 71 años de gestiones tricolores. Vicente Fox, el panista en estado permanente de enamoramiento con su esposa, en palabras propias, hizo su autorretrato con la frase de que ya podía decir cualquier tontería, al fin y al cabo ya se iba.
Salinas y Zedillo, con títulos en universidades extranjeras, no tuvieron contratiempos cuando de intelectuales se trataba. Hay que recordar que aun Octavio Paz fue seducido por el espejismo salinista. Fox y su esposa, en cambio, resultaron prolijos en pifias culturales de las que todo mundo tiene noticia, lo que hace innecesaria su reiteración, mientras que Calderón se empeñó en construir una figura ajena a su investidura en el instante que se puso un holgado uniforme militar, aun si es el comandante supremo de las fuerzas armadas.
Sin embargo, en esa confusión de personalidad múltiple que lo ha caracterizado, Calderón ha modelado un autorretrato basado en la perorata cristiana, en el tono de predicador que lo acerca más al falso obispo Martín de Tours, incendiario de escuelas michoacanas en Nueva Jerusalén, que al estadista Churchill en el que alguna vez se quiso ver reflejado. Su recurrencia al pasaje bíblico, en todo caso, lo hermana con irremediable actualidad al que heredará, de sus manos, la banda presidencial.
He apuntado antes que José Lezama Lima decía que la biblioteca ideal consta de no más de 200 títulos. Con esa convicción, prestaba a su discípulo Reinaldo Arenas de cinco en cinco los volúmenes que conformaban su colección personal. De ninguna manera quería limitar el ejercicio de la lectura ni del saber, pero creía que ahí estaba el universo literario suficiente para saciar a un joven poeta en proceso de metamorfosis. La biblioteca de Borges acaso era infinita. Terrible, pues, reducir todo a “15 o 20” y, peor aún, a recitar la Biblia.