Seudónimo Quincey 17


POR Óscar Garduño Nájera
Los otros dos ignoran que ahí, en la cafetería, frente a una taza de americano, ese hombre fue el malo de la caricatura, quien ponía las trampas al bueno, quien se llevaba los aplausos, a quien capturan tras una larga persecución por la carretera para luego clavar su rostro a cuadro en la misma televisión arriba del refrigerador
(lamujerdepurpura.com)
De los tres hombres, uno es el más estúpido. Confunde el plástico con piel de víbora en botas de tacón cubano y cinturones de grandes hebillas doradas. De la piel de cocodrilo… ésa ni aunque se la peguen a su gastado olfato. Lo único malo: le da por relucir al aire la Colt a la hora del juego, hace el ojo chiquito para apuntar y suelta bala, intentando dar en las nalgas de las mujeres. Casi siempre falla. De aquí se intuye que, de los tres él, es el más estúpido. Un sobrenombre que los otros dos le ponen en silencio. Tampoco es que ellos sean tan inteligentes. Por eso lo del silencio. Evitan competencias.

Ahora esperan atravesados por un silencio de ésos que se hacen a fuerza de aceptar la idiotez: nadie tiene algo interesante que decir. Las palabras quedan en suspiros de alivio, cansancio, chasquidos y el humo serpenteante del cigarro sin filtro en las manos de dos de ellos. Se miran entre sí. La verdad es que son impacientes. En cualquier momento puede llegar la policía. Eso les gusta pensar. A uno le da por acariciar la fama tras su detención, cuando aparezca a cuadro en cualquier televisor viejo. Qué caso tiene. Por acá son pocos los que cuentan con luz y menos los que cuentan con una. Aunque no faltan vendedores que llegan. Pero si la señal de radio tartamudea a la mitad de cualquier canción, de los pocos canales de televisión que se alcanzan a ver (sepultados por una pertinaz lluvia de nieve mal sintonizada) no hay mucho para escoger.
También es importante: los tres esperan a quien habrá de pagarles la mercancía.
Tres mujeres silenciadas a golpes arriba de la camioneta. Hacinadas. Rostros azorados frente a las ventanas. Respiraciones entrecortadas. Miradas que se pudren ante la incertidumbre y la ausencia de alguien que pueda ayudarles.
—Quietecitas, ésas…
Dijo uno de ellos frente a cuerpos temblorosos, apeste a sudor, alcohol y cigarros sin filtro. Dicen sí con la cabeza: rostros rojizos e hinchados con grietas en cejas y labios.
—Por si las pinches dudas.
Amenazó uno de ellos con cinta canela entre las manos. Juega con ella, la presume como gruesa pulsera en su muñeca; luego la gira: recuerda sus días de infancia.
En ocasiones ni siquiera les creen. Llegan a cualquier bar y piden cervezas. Esperan unos cuantos minutos a que aparezcan. Sentadas en sillas metálicas a lo largo de una pequeña plancha de cemento que hace de pista de baile. Comienza la música: cualquier canción de la boca estomacal de rocolas viejas con foquitos de colores que parpadean. Antes de capturarlas es importante el baile para ellos. También los olores que emanan de las mujeres. Se puede decir que es un método para seleccionarlas. Aunque ninguno lo acepta de manera abierta. Les gusta el olor que surge de la mezcla de sudor con desodorante o perfume. Es algo que hacen en secreto. Tras golpearlas, las suben a la camioneta, regresan al lugar y entran al baño. Se huelen la mano. Compulsivamente se masturban: entusiasmados frente a sus rostros: aparecen sudorosos en mugrientos espejos. O ya de plano lo hacen como si intentaran limpiar la sangre que les deja golpear a alguien. Tienen la costumbre de referirse a las mujeres no por sus nombres. Aparte de que o no lo dan o dan uno ficticio. Ésas. Así las llaman. Ésas. Esas son las mujeres.
(chisperopolitico.blogspot.com)
La verdad es que se divierten con las ésas. Cuando les apetece las dejan libres en cualquier descampado y les dicen que corran por sus vidas. Es cuando al estúpido de Estúpido se le ocurre sacar veloz la Colt y la presume por los aires. Hace el ojo chiquito e intenta darles en las nalgas. El de menor puntaje al obtener el marcador final, una vez que se comprueba en qué zona le dio el balazo a la mujer. Por lo tanto, a Estúpido le toca cavar más en la fosa. Fue a él al que se le fue la bala. A lo lejos es fácil confundir mujeres. Más si eres Estúpido. Cuando llegó hasta el cuerpo se lamentó: aquella niña no le representó ganancia en puntos. Al menos tenía en sus manos una grabadora. Música rara. También se persigno frente a la niña.
—Una cosa es que seas estúpido y errar en el disparo y otra faltarle el respeto cristiano a las difuntitas…
Dijo al hundir la pala en la tierra.
—¿Y eso, qué suena?
La grabadora. La había puesto cerca de él. Los tres se miraron contrariados. Sintieron tal tranquilidad, que algo en su interior les dijo que eso no era música. Y uno de ellos apretó STOP.
Las traen aquí. Se pagan por separado. Para el pago cuentan algunas características: complexión y edad que aparentan una vez que les arrancan el maquillaje a cubetazos de agua.
Tienen que esperar a que aparezca ella.
La Jefa.
La llaman así porque es ella la que pone el dinero. En ocasiones también las órdenes. Quién sabe por qué, pero paga mejor por las esas obesas. Total, piensan los tres, son las que más fácil se alcanzan cuando intentan escapar; también las que más sacan la lengua para alcanzar unas gotas cuando les arrancan el maquillaje.
—¡Y a las que más fácil les entran los golpes!
Dijo en una ocasión uno de ellos frente a la Jefa. En una de las dos habitaciones, divididas apenas con una sábana percudida de lodo y sangre que hace de cortina, esperan. Y otra vez se vuelven a mirar entre sí. Los tres se saben de memoria sus facciones, sus cuerpos, sus gestos, y aun así se miran como quien explora a una persona que acaba de conocer.
—Mejor luego volvemos…
Tímida voz de Estúpido. Antes de que cualquiera de los dos responda se escuchan curiosas vocecitas del otro lado de la sábana.
Vocecitas graciosas sobre música de piano. El graznido chillante de un pato. Otra voz demasiado dulce que parece responderle.
Sergio Moraes (Reuters)
Uno de ellos incluso dibuja una mueca de alegría sobre un rostro más bien adusto. De ésas que con sólo escuchar te causan una extraña felicidad. De tonos alargados. Con más carcajadas que palabras.
—Hace unos años, no me crean mucho, las llegué a ver en una terminal de autobuses…
La pausa que hace es como si esperara autorización de los otros dos para continuar. Un ridículo suspense. Bueno, en realidad es como si esperara autorización de uno. Tiene claro que de Estúpido no espera un carajo. No obstante, los otros dos le restan atención, y les da lo mismo lo que vaya a decir, ni siquiera se dan cuenta de la pausa.
—Caricaturas… en la televisión de una cafetería, arriba del refrigerador.
Ahora su voz tiene el tono del que hace referencia a un buen recuerdo, uno de ésos que consiguen llegar completo por encima de un futuro que se encarga de deshacerlos.
Luego suspira. Los otros dos ignoran que ahí, en la cafetería, frente a una taza de americano, ese hombre fue el malo de la caricatura, quien ponía las trampas al bueno, quien se llevaba los aplausos, a quien capturan tras una larga persecución por la carretera para luego clavar su rostro a cuadro en la misma televisión arriba del refrigerador.
—¡Eres tierno, muy tierno, imbécil!
Una voz dura, rasposa. Atrás de la cortina. También una gran sombra que parece moverse dificultosamente.
—¿Qué traen?
La voz se encima a las otras vocecitas. El otro se olvida de la caricatura. Estúpido intenta responder pero le hacen una señal de que se calle.
—Tres de ésas.
Del otro lado suben el volumen de la televisión.
—¿Y qué esperan?
Las han dejado en el lugar señalado. Ahora resta esperar la paga.
La cortina se abre ligeramente por una de las orillas.
Una mano que no es mano.
Un brazo que no es brazo.
Ramas alargadas de un árbol de metal opaco en cuyas puntas dos de ellas, semejantes a tijeras, se cierran para sostener los billetes.
Tronco de metal con algunas manchas de oxido.
Estúpidotoma los billetes. Enseguida otro se los arrebata. Están dispuestos a salir. Así funciona. Escuchan entonces otra vez la voz.
—¿Y quién de ustedes le dio a Andrea?
Estúpidocasi se orina al sentir como lo sepulta la mirada de los otros dos.