Seudónimo Quincey 19

POR Óscar Garduño Nájera
Sabe de cierto que existen recetas para alcanzar la inmortalidad. Y repasa uno a uno los ingredientes cada que sostiene la fotografía con las metálicas tenazas. Si no cómo te explicas que su hijo continúe joven ahí, arropado sobre un papel ya casi amarillento que se ilumina con los claroscuros de una deslucida fotografía

POR Óscar Garduño Nájera

 

Sabe de cierto que existen recetas para alcanzar la inmortalidad. Y repasa uno a uno los ingredientes cada que sostiene la fotografía con las metálicas tenazas. Si no cómo te explicas que su hijo continúe joven ahí, arropado sobre un papel ya casi amarillento que se ilumina con los claroscuros de una deslucida fotografía

 

(tommonsees.com)

De eso está segura: hace ya tantos y tantos años. Cuando intenta mover el estúpido brazo es que más se acuerda. Movimientos sencillos, se entiende, tal vez de arriba hacia abajo, pues cuando traes colgada de ti una parte que parece de tu cuerpo, pero que no te pertenece, es todo lo que consigues hacer. Una maldita parte inútil que a fuerza de necesidad se vuelve tu parte. También una extensión mecánica puesta ahí en lugar de la ausencia de carne, hueso, sangre, todo lo que hay detrás del ensamblaje humano.

Tras el accidente terminó por acostumbrarse. Al principio sintió lástima de ella misma: ¿cómo vas a andar por ahí incompleta? Luego comprendió muchas otras cosas. Entre ellas el odio contra las mujeres que, contrario a ella, sí tenían todas las partes de su cuerpo en su lugar. Sintió asco de las que se esmeran en perpetuar la belleza. De las que recurren al maquillaje para tapar las arrugas. De las que recurren a las dietas y el desmedido ejercicio para presumir las formas. Sintió asco. Ella dejó de ser así.

Con trabajos las observa desde distintos ángulos. Tarda en moverse. Una vez que lo consigue fija la mirada en cualquiera. Se acerca. Con el único brazo disponible abre la blusa (cuando son fáciles de abrir). Saca los senos del sostén. Esto también le representa un mayúsculo esfuerzo; no obstante, resulta para ella una victoria hacerlo en el menor tiempo posible, batir su propio récord y burlarse de su inútil brazo mecánico. Si de plano ni eso consigue satisfacerla las mata. Aquí finaliza el juego hasta la siguiente partida. Hasta que lleguen más mujeres. Miradas extraviadas. Respiraciones que se entrecortan hasta trazar macabros silencios. Ya está. Sonríe: se acaba un pedacito de esa estúpida y ajena belleza. Cuando las mujeres son jóvenes mucho mejor. Belleza que parece eterna y que se interrumpe gracias a su voluntad. Una diosa que dispone de sus fieles devotos. Por eso paga para que las traigan hasta sus pies. Sin que ellas lo sepan son escogidas para rendir un tributo y es responsable de los sacrificios. Difícil saber a quién los ofrece. Tal vez a ella misma. Parece confirmarlo así la manera en que sonríe en un rostro delineado por el rencor. Por primera vez en su vida consigue concretar un acto de su voluntad. Así es como sobrevive.

 

(myspace.com)

Sabe de cierto que existen recetas para alcanzar la inmortalidad. Y repasa uno a uno los ingredientes cada que sostiene la fotografía con las metálicas tenazas. Si no cómo te explicas que su hijo continúe joven ahí, arropado sobre un papel ya casi amarillento que se ilumina con los claroscuros de una deslucida fotografía. Tal vez el milagro lo realizó quien apretó el obturador. Consigue echar a andar un perfecto engranaje donde tiempo y acción se conjuran para atrapar a quien se ponga frente al lente de la cámara. Aunque esas cosas a ella no le importan. ¿Quién tomó la fotografía? ¿Por qué lo hizo?

¿Acaso fue el mismo hombre que le dijo hace tantos y tantos años que ahí, en ese mapa de claroscuros, se podía hablar con los muertos? ¿Fue él?

Por eso vuelve a hacer la pregunta:

— ¿Quién le dio a Andrea?

Los dos hombres se miran entre sí y luego parece que se ponen de acuerdo para mirar a Estúpido al mismo tiempo. No queda claro si se orinó en los pantalones pero las frágiles piernas que se adivinan tras de un ajustado pantalón de mezclilla parecen temblar imperceptiblemente. Cualquiera de los tres debe responder la pregunta de la Jefa.

—¿Quién?

Estúpido no va a responder. Lo saben los otros dos.

—Fue este cabrón, Estúpido

Y él se sorprende al escuchar el sobrenombre. Quisiera en ese momento decir que si a competencias vamos tal vez habría un empate entre los tres en cuanto a niveles de estupidez. Porque una cosa es que confundas los tipos de pieles y que el tipo que te vende botas te regale un cinturón y otra es que no sepas bailar bien y andes por ahí matando mujeres. Agacha la mirada. Termina por aceptar el sobrenombre porque de alguna manera ya le asegura al menos una victoria en su vida.

 

(http://www.flickr.com/photos/atzimbatm/242584325/)

Si no cómo te explicas que al sostener los claroscuros regresen los olores, los detalles y hasta la voz de cuando su hijo tenía una sola exigencia: las caricaturas. Total, diez años no era inconveniente para seguir disfrutando de ellas, y tan es así que poco a poco aprendió cuáles eran sus favoritas; incluso subía el volumen de la televisión para opacar el sonido de las ráfagas de las constantes balaceras a lo lejos. Balazos y carcajadas de su hijo.

Ahora recarga la fotografía en los restos de una veladora y la coloca frente a la televisión encendida. Si cuenta con algo de tiempo hasta disfruta de algún capítulo con él.

—A este cabrón mátenlo ahora mismo…

Toda estupidez llega a su fin, y en cuanto escucha la orden, Estúpido intenta escapar del lugar. Uno de los dos hombres le cierra el paso, lo sostiene por la fuerza, le toma el rostro violentamente y lo obliga a ver hacia donde está la cortina y la sombra fija de la Jefa.

—¡Órdenes son órdenes, Jefa!

Lo supo siempre: no eran ni siquiera amigos.

—¡Usted dice cómo!

Para ellos lo más sencillo es sacar la pistola y darle ahí mismo. Pero se trata de alguien con quien han compartido mujeres. Eso es importante. Saben que merece al menos una muerte especial.

La Jefa deja escapar un gruñido antes de casi gritar.

—¡Aquí no!, sáquenlo, hagan con él lo que quieran, mátenlo donde se les pegue la gana… pero que se muera.

Estúpido adivina una oportunidad: tal vez el perdón de esos dos hombres a los cuales el sí considera sus únicos amigos. Pero en eso la Jefa dice algo que le cuartea el aliento.

—¡Corténle la cabeza, quiero que me la traigan!

Mil veces Estúpido pensó en su muerte: un duelo con el hombre de las botas de piel de víbora, una pelea de cantina, lo atropellan al caminar ebrio por la carretera, una enfermedad venérea, una puta le clava un cuchillo mientras duerme, se cae en la fosa y se rompe las dos piernas (eso no lo mata, pero luego él se cuelga de un árbol), cirrosis hepática, cáncer… pero jamás, jamás, jamás, sin la cabeza, que eso no es de cristianos.

—¡Y el cuerpo aviéntenlo a los cerdos!

Estúpido pensó en Violento, su única mascota y deseó con todas sus ganas echar el tiempo atrás, o congelarlo, tal y como sucede en cualquier fotografía.