Visiones de Las mil y una noches


POR Elizabeth Lowry
La princesa Scheherazada, Aladino, Simbad el Marino y Alí Babá han adquirido carácter de iconos culturales; genios, alfombras voladoras y lámparas maravillosas, alguna vez curiosidades de la mitología medieval persa y árabe, ahora son la especialidad de la fantasía occidental moderna
(Maxfield Parrish, betterlivingthroughbeowulf.com)
En ningún lado se siente más la fascinación de la cultura occidental por el Oriente que en su ávido de consumo de Las mil y una noches. Desde que Antoine Galland publicó la primera traducción al francés a principios del siglo XVIII, las historias se han convertido en un paisaje permanente, visual y literario, de Occidente, inspirando numerosas adaptaciones, tributos e imitaciones. La princesa Scheherazada, Aladino, Simbad el Marino y Alí Babá han adquirido carácter de iconos culturales; genios, alfombras voladoras y lámparas maravillosas, alguna vez curiosidades de la mitología medieval persa y árabe, ahora son la especialidad de la fantasía occidental moderna. Ha habido interpretaciones musicales de los cuentos escritas por Rimsky-Korsakov y Weber; versiones de dibujos animados a cargo de Disney, y pródigas encarnaciones de Hollywood. La influencia de Las mil y una noches se extiende desde la poesía de Goethe a la de Wordsworth y Rilke; a la ficción moderna de Fielding, alcanzando a Proust y a Borges. De hecho, gran parte de la literatura europea y americana ha sido tan influenciada por los cuentos que sería mucho más fácil –como Robert Irwin sugiere en The Arabian Nights: A Companion (1994)— simplemente enumerar el puñado de escritores que no fueron influenciados por ellos.
Irwin retorna al tema en esta suntuosa historia de las ediciones ilustradas occidentales de Las mil y una noches. Visions of the Jinn. Illustrators of the Arabian Nights es en parte una exposición bibliográfica y en parte un deslumbrante espectáculo de linterna mágica: sus 164 facsímiles saturados de color, fotografías e imágenes en blanco y negro acompañadas por su análisis, ofrecen un recuento visualmente impresionante y sensible de la respuesta europea a este importante texto.
¿Cómo son esas noches de Arabia? A pesar de que hemos llegado a asociarlos con la cultura árabe, los cuentos son propiamente un trabajo compuesto derivado de las tradiciones orales de India, Persia, Irak y el Egipto medieval. La primera versión escrita es una colección persa traducida al árabe en algún momento a principios del siglo VIII como Alf Layla, o “Las mil y una noches”, aunque el número de cuentos incluidos es aleatorio (en árabe, alf simplemente denota una gran cantidad). El título de Las mil y una noches (probablemente de la expresión turca bin-bir, “1 001”, nuevamente es sugestivo más que exacto) se unió al texto en el siglo XII. A este núcleo se añadieron más adelante historias, hasta que la obra se acercó a la promesa de su título. Las traducciones europeas que siguieron después de que Galland produjo sus 12 volúmenes cortesanos de Les Mille et Une Nuits en 1704 difieren en calidad y en sus agendas tácitas. Las más conocidas son las de  Edward Lane, Richard Burton y Joseph Charles Victor Mardrus. La traducción de Lane (1839–41) es académica pero mojigata y seriamente censurada, al eliminar las referencias sexuales que podían ofender a sus lectores victorianos; Burton (1885) adopta el enfoque opuesto, ensalzando lo obsceno; mientras que la lectura de Mardrus (1902) es algo parecido a pasar una tarde con un tío ligeramente sucio que logra combinar la fantasía con lo sugestivo.
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Cualquiera que sea la traducción a la mano, todos conocemos la premisa básica. Al descubrir que su esposa le ha puesto los cuernos, el sultán persa Shahriyar decide evitar el ridículo casándose nuevamente y durmiendo con una virgen diferente cada noche, ejecutándola al amanecer siguiente. Horrorizada por el continuo sacrificio, la hija del visir, Scheherazade (o, más correctamente, Shahrazad), acepta voluntariamente convertirse en la próxima novia de Shahriyar –insistiendo, sin embargo, que su hermana Dunyazad la acompañe. Las dos mujeres han urdido un plan ingenioso: después de que Shahriyar duerme con Shahrazad, Dunyazad le ruega a su hermana que cuente una historia al sultán, la cual no habrá terminado al amanecer. Ansioso por saber cómo termina el cuento, Shahriyar decide prolongar sólo un día más la vida de Shahrazad. Pero la noche siguiente Shahrazad comienza inmediatamente otra historia tras completar la primera de ellas, y así sucesivamente, hasta que en –en palabras inimitables de Laurence Housman, un editor de la obra—, “hilvana sus maravillas, para que ella pueda compartir otra noche la almohada de un maníaco homicida”. En total son 1 001 historias al borde del precipicio, que más tarde logran que Shahriyar se rinda a las habilidades narrativas de Shahrazad, dejándola vivir.
Las historias contadas por Shahrazad se basan en una serie aparentemente inagotable de temas. Son heroicas, fantásticas, piadosas, obscenas, trágicas, didácticas, brutales y sentimentales a su vez, todo un reto para un ilustrador. Algunas alcanzan un ritmo tremendo y otras son presa de elementos aburridos como cuando Shahrazad medita sobre problemas de filosofía o cuestiones éticas. La manera en que los ilustradores de Las mil y una nocheseligieron representar el tema, sin embargo, dice inevitablemente mucho de ellos como de la obra.
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En el siglo XVIII, los artistas occidentales que imaginaban el Oriente tenían recursos visuales limitados para dibujarlo: imágenes de los trajes y los pueblos de Oriente por aquellos que realmente habían estado en esa región del mundo eran escasas, y las mismas creaciones tendían a repetirse. Los 60 dibujos turcos realizados por Nicolas de Nicolay fueron una fuente particularmente popular y aún fueron utilizadas por Ingres a principios del siglo XIX. En las portadas de ese periodo, como señala Robert Irwin, Shahriyar y Shahrazad a menudo aparecían en una cama –pero “invariablemente una agradable y sólida cama Europea”. No era que los ilustradores del Siglo de las Luces no vivieran los sobretonos sexuales y seductores de las historias, sino que el énfasis estaba firmemente puesto en el decoro. La portada de David Coster para la edición de Galland muestra a la pareja real escondida en un baldaquino, debajo de un techo neoclásico. La recatada Shahrazad, en un vestido francés de moda en la corte del siglo XVIII, es claramente el centro de una de sus más serias disquisiciones sobre fe y moral, a pesar de que sus senos se muestran incongruentemente desnudos. Al igual que las camas eran europeas, “los paisajes eran comúnmente occidentales y pastorales”. Simbad y Ali Baba pueden llevar turbante pero ellos están vestidos con togas, posando frente a unas ruinas clásicas, o paseando en boyas por un bosque inglés.
Fue sólo hacia mediados del siglo XIX que fue puesta a disposición una gama más amplia y confiable de material visual acerca de la vida de árabes y turcos, y las ediciones ilustradas de las Nochescomenzaron a tener pretensiones académicas. Los tres volúmenes de Edward Lane, una traducción muy comentada, tuvo un propósito conscientemente didáctico: introducir a los lectores a la vida de Medio Oriente. Las imágenes a cargo de William Harvey estuvieron destinadas a ofrecer una función educativa, sirviendo como el broche de oro visual para la obra de Lane, y su precisión fue avalada por el propio traductor. De hecho, supusieron que para ser incluso más precisos que la fuente original –como Lane asegura al lector en su prefacio—, gracias a su vigilancia al lado el artista, éste “se ha entrenado para hacer sus diseños los más cercanos posibles a los trajes que he encontrado en las obras árabes”. Sin embargo, los grabados de Harvey, aunque delicados y rebosantes de detalles auténticos, son más bien insípidos.
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Para una plena comprensión de la diversión y el drama (por no mencionar el erotismo) de las Noches tuvimos que esperar a las ediciones de los siglos XIX y XX. Desde la década de 1860 en adelante, explica Irwin, fue posible vender una edición de las Noches a partir de la fuerza de sus ilustraciones. Los métodos modernos de producción de papel, combinado con la introducción de la litografía fotográfica, y más tarde las mejoras en los procesos de reproducción de color, condujeron a un nuevo mercado de libros de mesa de café para un público alfabetizado visualmente. Las topografías fantásticas de Gustave Doré para la edición de J. R. & Maxwell (hay ahí una visualización especialmente espeluznante de Simbad atrapado en el Valle de las Serpientes, en la que las formas sinuosas en espiral y escamosas conjuran la peor pesadilla de un ofidiofóbico) anticiparon un enfoque exótico diferente en las ilustraciones para las Noches de Burton realizadas por Albert Letchford. La traducción de diez volúmenes de Burton, más amplia que la de Lane, destacó los elementos pornográficos de las historias, y siguió la de Letchford: de las seis ilustraciones en el primer volumen, por ejemplo, “una representaba un harén en El Cairo, en cuyo interior destacaban cuatro mujeres blancas desnudas”.
El siglo XIX también vio un auge en la abreviación y sanitación de las historias de las Noches, pensando específicamente en los niños, lo que el historiador de literatura infantil Brian Alderson ha llamado “libros de barras de chocolate”. Tal vez las ilustraciones más brillantes y audaces reproducidas en Visions of the Jinn están a cargo de Walter Crane, cofundador con William Morris del movimiento Arts and Crafts. Las imágenes de Crane para las versiones de “ juguete” o de a “chelín” de “Los 40 ladrones” o “Aladino”, publicadas por Routledge en 1873 y 1874 respectivamente, hacen un uso sorprendente de los tonos negro y amarillo, e introducen perspectivas geométricamente modeladas, atiborradas con un intrincado trabajo de azulejo y motivos florales –evidencia de la pasión de Crane por las técnicas del arte de la edad media y del hecho de que Las mil y una noches sedujeron a los ilustradores del siglo XIX, como señala Irwin, “no sólo porque era una obra exótica sino también porque era medieval”. Esta fue la prueba, una vez más, para una generación de pintores ya adictos a las imágenes de las doncellas con velo y los hombres con espada y caballo, una prueba de que “el pasado fue otro país y ahí se hacían mejor las cosas”.
“Preparatifs du mariage de la fille du cherif a Tangier”, por Jose Tapiro y Boera (1830-1913), del libro Broderies Marocaines de Isabelle Denamur
Del mismo modo, para el siglo XX el empuje de Oriente y de las Noches residía en el paisaje que ofrecieron del industrialismo moderno y de tranquilidad visual. Las estrellas entre los ilustradores de los libros eduardianos –William Heath Robinson, Arthur Rackham y Edmund Dulac— están bien representadas, y los insondable azules y rojos rubíes de Dulac son tan embriagadores como lo fueron hace 100 años. Sin embargo, en otros aspectos, sus imágenes (como las de Robinson y Rackham) no son tan afortunadas. Irwin llama nuestra atención sobre la triste realidad de que, aunque esos artistas fueron capaces de lograr un trabajo impresionante, “muchas de sus fotografías son más bien preciosistas de forma deliberada, con árabes de cómic, de grandes y simpáticos turbantes, nudosas narices y danzas de vientre”. En su mejor momento, la disposición eduardiana a adoptar una perspectiva infantil produce una sensación de asombro y misterio; en su peor momento, resulta kitsch.
Es hacia el final del siglo, y del libro de Irwin, que las cosas realmente se ponen emocionantes. Algunas de las ilustraciones más recientes combinan una conciencia contemporánea con un guiño al diseño autóctono, como las escenas luminosas de Pauline Baynes inspiradas en el truco de los miniaturistas persas de combinar interiores y exteriores, y rompiendo el marco; la fusión de perspectivas sociales de Ceri Richards, con una fuerte línea rítmica; o las representaciones de Léon Carré al estilo de Matisse de personajes con fondos lujuriosamente decorativos (de los que Irwin dice afiladamente: “serían un éxito si se incluyeran en una venta de alfombras lujosas”). Otros, en particular Eric Fraser, utilizó de forma severa imágenes en blanco y negro para una traducción de cuatro volúmenes del texto de Powys Mathers para la Folio Society en 1958, con sus efectos variopintos y planos futuristas; las figuras teatralmente descoloridas de Kay Nielsen; las acuarelas fauvistas de Kees van Dongen de hombres y mujeres que parecen estar vestidos de forma casi moderna; y los característicos animales, peces y genios flotantes de Marc Chagall, hicieron algunas concesiones a las ideas tradicionales de Oriente.
Hemos recorrido un largo trecho en estas erupciones de pura fantasía, de torpe realismo etnográfico. No sorprende leer que algunos de estos ilustradores de las Noches pasaron a trabajar en el cine: en el siglo XXI el legado principal de Las mil y una noches es mayoritariamente visual, tomando la forma del cine, teatro, dibujos animados, juegos de video y otros medios no basados en el texto. Visions of the Jinn es un recordatorio glorioso de que fueron los ilustradores de libros de los tres siglos recientes quienes se encargaron de dar forma a ese patrimonio.
Tomado de: The Times Literary Supplement. Enero 18, 2012.
Traducción: José Luis Durán King.