¿A dónde se fueron los hombres lobo?

Las supersticiones son duras de matar, y un complejo de ideas, cambios culturales y otros elementos sociales contribuyeron a poner fin a la realidad biológica del hombre lobo. Uno de esos elementos fue la aparición de la teoría de la evolución darwiniana a mediados del siglo XIX, que empujó a este críptido fuera de la esfera de lo real

POR Brian Regal

 

Las supersticiones son duras de matar, y un complejo de ideas, cambios culturales y otros elementos sociales contribuyeron a poner fin a la realidad biológica del hombre lobo. Uno de esos elementos fue la aparición de la teoría de la evolución darwiniana a mediados del siglo XIX, que empujó a este críptido fuera de la esfera de lo real

 

Imagen: whiffypics (deviantart.com)

En la mayoría de los registros históricos, el mitad hombre, el mitad lobo reinó como la criatura viajera más temida de encontrar por la noche en los bosques y a lo largo de los caminos oscuros. Numerosas leyendas hablan de hombres lobo –los hechos terribles que cometieron, cómo se protegían de ellos, cómo los mataban—, y la creencia en su realidad puede encontrarse en muchas culturas desde tiempos antiguos hasta el presente. Pero mientras el hombre lobo todavía ocupa un lugar en la ficción y las películas, sólo pocas personas temen hoy enfrentarse con alguno de ellos en la realidad. Muchos individuos y grupos buscan activamente críptidos, pero no hay organizaciones de cazadores de hombres lobo. ¿A dónde se fueron todos los hombres lobo?

Desde finales del siglo XIX, primates anomal­ous como el Yeti, Sasquatch y Pie Grande han desplazado a los viejos hombres lobo, y ocupado el nicho de este temible monstruo antropomorfo. ¿Cómo explicar esa curiosa transformación?

Una mitología tan potente como la del hombre lobo no desaparece por una simple causa –si es que desaparece. Las supersticiones son duras de matar, y un complejo de ideas, cambios culturales y otros elementos sociales contribuyeron a poner fin a la realidad biológica del hombre lobo. Uno de esos elementos, la aparición de la teoría de la evolución darwiniana –centrada en la idea de la selección natural y la descendencia a través de la modificación—, a mediados del siglo XIX, tuvo un papel clave al empujar al hombre lobo fuera de la esfera de lo real. Paradójicamente, mientras la evolución ayudó a acabar con la creencia de esa especie de monstruo, contribuyó a adquirir legitimidad científica a otro. Sin embargo, la evolución del hombre lobo a Pie Grande no ocurrió rápidamente, sino mediante formas transicionales.

 

Una muerte lenta

(werewolves.com)

El linaje del hombre lobo puede rastrearse al menos a 2000 antes de Cristo. En el periodo romano tardío, Plinio el Viejo le dio un primo entre las razas monstruosas. El cinocéfalo, u hombre con cabeza de perro, no tenía los pertrechos sobrenaturales del siempre temible hombre lobo. No era “cambiante” y podía ser lo mismo enemigo que amigo. En algunas versiones de su historia, San Cristóbal era un cinocéfalo. A pesar de la generalizada aceptación cultural de los hombres lobo como una realidad, para finales del siglo XVI algunos escritores europeos ya cuestionaban el concepto. Mientras que la creencia en las brujas floreció con abandono asesino, las opiniones sobre hombres lobo tenían poca consistencia en los círculos de aprendizaje, y aunque los hombres lobo a menudo se asociaban con las brujas, jamás se desarrolló alguna hombre lobo manía. De hecho, sólo existen unos cuantos registros de juicios a hombres lobo. En el amanecer de la Ilustración se produjo un debate acerca de si los demonios podían transmutar a un humano en un hombre lobo. Filósofos y teólogos se preguntaban si el alma humana era capaz de convertirse realmente en algo bestial, y esas reservas teológicas de alguna manera plantearon los mismos problemas para los evolucionistas dos siglos y medio más tarde. [1] Fue durante este período de revolución científica que las explicaciones psicológicas para la licantropía, más que las físicas, ganaron presencia.

 

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El deslizamiento hacia el olvido de los hombres lobo tomó mayor impulso en 1859 con la publicación de Origen de las especies de Darwin. La ciencia de la evolución jugó un papel complejo en la discusión de los monstruos y éstos desempeñaron un papel complejo en los primeros discursos evolucionistas. Entre los que se oponían a la evolución hubo algunos que señalaron a las sirenas y otras criaturas compuestas similares, afirmando que la creencia en la evolución significaba creer en la posibilidad de la existencia de aquellos fantasmas y supersticiones infantiles. Otros argumentaron que las sirenas, el Minotauro y las serpientes de mar eran puramente imaginarios, por lo que, con el propósito de probar la evolución, Darwin y sus seguidores tendrían que presentar ejemplos de dichas bestias; si no se presentaba alguno, la evolución era una farsa. Los antitransmutacionistas argumentaban que en el mundo debían pulular tales criaturas si las ideas de Darwin y sus seguidores tenían algún mérito. Algunos naturalistas respondieron que la evolución en realidad apoyaba la noción de criaturas míticas como sátiros y serpientes de mar, ofreciendo explicaciones científicas plausibles para las leyendas del pasado.

Otros, aunque dispuestos a aceptar a las sirenas, adujeron que incluso las criaturas más maravillosas existían como resultado de la evolución. El archaeopteryx, por ejemplo, no menos fantástico que un hipogrifo, existía en registros fósiles. Los dinosaurios y plesiosaurios de cuello largo gobernaron la tierra y nadaban majestuosamente en los mares con un dejo de mitología griega. [2] La mayoría de los evolucionistas, sin embargo, desestimó a los monstruos como criaturas encantadoras del folclore y la superstición que Darwin había ayudado a desaparecer. En 1865, Francis Buckland expresó la opinión de que “cualquier persona con la más mínima pretensión de conocimientos de historia natural sabe que [una sirena] es una cuestión de maquillaje”. [3]

 

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Los biólogos evolucionistas se sintieron orgullosos de que su trabajo aportara una comprensión más profunda del funcionamiento de la naturaleza y que la gente fuera menos propensa a creer en la existencia de hombres lobos y otras maravillas. El propio Charles Darwin hizo poca mención de monstruos en su obra. Cuando lo hizo, se refirió a las mutaciones hereditarias en plantas más que a colmillos largos y asesinos peludos. Aunque no desestimó tajantemente el tema del hombre lobo, circunstancialmente desechó la idea.

En 1843, algunos años antes de la publicación del Origen de las especies, Darwin escribió a un compañero naturalista G.R. Waterhouse (1810–1888) que acaba de publicar un artículo acerca de los vínculos biológicos. “Nunca entendí”, Darwin escribió, “un vínculo a la mitad, pero sólo uno en una larga serie. Creo que usted ha hecho un buen servicio al señalar que extraños son los vínculos a la mitad, si de hecho existen… uno no puede tener una simple especie intermedia entre dos grandes familias”. [4] En general, esas actitudes, junto con la opinión de que los perros y primates siguen dos líneas muy diferentes de descendencia, sugieren que no puede haber forma de conjuntarlas o colocarlas en el otro. Los historiadores naturales han demostrado también que mientras que varios organismos vivos pueden cambiar su forma o color temporalmente, cuando amenazan o son amenazados, por ejemplo, ninguno puede cambiar de forma a la manera que se atribuye a los hombres lobo.

El método científico y la teoría de la evolución colocaron una mancha a los monstruos de finales de siglo XIX, por lo que cualquier intento de los naturalistas por estudiarlos fue considerado un paso atrás –un problema que aún atormenta a la criptozoología. En 1886, el fisiólogo Henry Gage de la Universidad de Cornell consideraba que los monstruos y las criaturas míticas finalmente habían sido derribados. “Las hadas han volado”, escribió, “el genio desterró a la sirena y la rémora ha sido capturada”. [5] Sin embargo, esa heroica narrativa de ciencia triunfante sobre la oscuridad y la superstición no es tan fuerte como parece. La ciencia proscribió un monstruo, pero floreció otro.

 

Vínculos perdidos

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El primero en la línea de los contendientes para la posición del hombre lobo fue el “mono”. Los autores clásicos sabían de un gran número de monos, como los macacos y los babuinos, aunque los presentaban como físicamente feos más que monstruos. Los numerosos hombres salvajes de la monstruosa raza lore ocuparon posiciones similares, pero no eran equiparados con los monos. El problema con los primates surgió de su apariencia física. El debate se centró sobre si los monos debían ser considerados humanos, parcialmente humanos o no humanos en absoluto. El filósofo ilustrado Jean-Jacques Rousseau, por ejemplo, consideró al orangután de Asia una forma temprana de humano aún incorrupto por la civilización moderna.

Al principio, los europeos no conocían las distintas especies de primates y tendían a amontonarlos. La expresión “Orang-Outang” abarca a cualquier primate que se encuentra en las zonas tropicales del mundo. El anatomista holandés Nicholas Tulp (1593–1674) utilizó por vez primera el término en un artículo titulado “Homo sylvestris, o el hombre de los bosques” como parte de su extenso Observationes Medicæ (1641). Tulp –tema de la famosa pintura de Rembrandt— tuvo la oportunidad de ver a uno de los primeros primates vivos traídos a Europa, un “Orang-Outang” (probablemente un chimpancé) en un zoológico local. La primera descripción científica exhaustiva de la anatomía del primate apareció en Anatomy of a Pygmie (1699) del anatomista británico Edward Tyson. A partir del trabajo con una criatura procedente de Angola (probablemente un bonobo), pero que había muerto antes de que lo adquiriera Tyson (1650–1708), éste elaboró una serie de ilustraciones en su libro que describían con gran exactitud la musculatura y el esqueleto de la criatura estudiada.

Parte de los motivos de Tyson para producir su trabajo se centró en el deseo de disipar varias creencias míticas sobre criaturas que consideraba que eran malinterpretaciones de especies existentes no monstruosas. De esa manera, la obra de Tulp y Tyson puede considerarse una de las primeras empresas criptozoológicas: se esforzaron por reemplazar las criaturas ficticias por originales, para hacer de lo mítico un tema racional y científico. Paradójicamente, sin embargo, Tyson socavó sus propios esfuerzos con la representación de la vida que incluyó en su Pigmeo: por no haber visto nunca a la criatura viva, la representó en una postura bípeda apoyándose en lo que claramente es el bastón de un hombre. Como resultado, la imagen incomodó al público, que la percibió como la de una bestia peluda, casi humana.

 

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Cuando el debate sobre el alcance de la relación entre los seres humanos y los simios continuó, los “monos” en su forma genérica tomaron una apariencia siniestra, oscura y brutal. Europeos y estadounidenses los compararon con las personas de color en lugar de ellos mismos. Los monstruos –en toda cultura que creía en ellos— asumieron papeles análogos, representándolos generalmente como desagradables. En la cultura euro-estadounidense el mono se convirtió en foco de temores raciales, de género, empoderando todas las cosas malignas que acechan a la psique humana. El uso de Tyson del nombre pigmeo y su discusión acerca de los animales míticos hizo una conexión temporal entre los sátiros del mito clásico, el orangután de Asia y el hombre salvaje de Europa; todos ellos habían sido acusados de agredir a los seres humanos, especialmente a las mujeres, como alguna vez los habían hecho los hombres lobo. El orangután en su disfraz de la era de la Ilustración ya tenía una larga historia entre la gente local como El Hombre de los Bosques –lo vieron no como un mono o un monstruo sino como otra forma de lo humano. Cuando los europeos encontraron al animal también ellos –Rousseau y caricaturas aparte— lo apreciaron no como humano o monstruo, sino totalmente simiesco.

Tyson también contribuyó a inaugurar la idea del eslabón perdido, argumentando que su pigmeo cayó en algún lugar entre los simios y los seres humanos en la Gran cadena del ser. Concluyó que mientras que los seres humanos y los simios tenían similitudes superficiales finalmente cayeron en grupos anatómica y metafísicamente diferentes. Él no quiso inquietar a las sensibilidades cristianas, por lo que se esforzó en separar ambos grupos. Más adelante, contemporáneos como el taxónomo sueco Carolus Linnaeus trataron de impulsar la unión nuevamente, con diferentes niveles de éxito. Los naturalistas del siglo XVIII, en sus esfuerzos por trabajar la relación entre simios y seres humanos, continuaron actuando dentro de una cosmovisión cristiana y no una de evolución, tendiente a creer en la fijeza de las especies. Esto significa que no sólo los primates no humanos, sino también la gente de color, ocupaba peldaños inferiores en la escalera que conduce a Dios, con los europeos en la parte superior, más cercanos a la deidad. La evolución asaltó esta noción haciendo a todos los hombres iguales, independientemente de las diferencias superficiales, convirtiéndolos en familiares, si es que no en descendientes, de los simios.

 

De los simios al hombre mono

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Finalmente, un conocimiento más auténtico de las tierras y personas extranjeras acabó con la creencia en las razas monstruosas. Un mayor conocimiento científico de la anatomía de los primates logró que los simios resultaran menos amenazantes, recuperando su imagen imperecedera, resucitada desde la antigüedad. Estos factores, junto con una tendencia general hacia la “modernidad” en el sentido más amplio, aserraron los reportes de los hombres lobo. La posición del hombre lobo fue amenazada pero no eliminada. Fue necesaria una nueva raza especial para desbancar al licántropo. A mediados del siglo XIX los hombres salvajes y los simios, anteriormente separados, se fusionaron en un conjunto más potente: “Los Hombres de los Bosques” de todo el mundo tomaron la morfología de los peludos, bípedos, hombres mono, que a su vez se unieron para desafiar a la antigua posición de hombre lobo: el hombre de las cavernas.

A diferencia del hombre lobo, el hombre mono/hombre de las cavernas surgió en parte del registro fósil. Desde su primer hallazgo, en Alemania en 1856, el hombre de Neanderthal causó sensación y un debate sobre cómo debía clasificarse: ¿hombre, mono u otro? La oposición, a cargo de las preocupaciones raciales, surgió inmediatamente contra esa idea de ancestro humano. Como resultado, en 1908, cuando el antropólogo francés Marcellin Boule (1861–1942) hizo la primera reconstrucción de un Neanderthal basada en el esqueleto de La Chapelle-aux-Saints, lo configuró como el clásico hombre de las cavernas: un bruto. Una ilustración de 1909 basada en el trabajo de Boule apareció en el Illustrated London News muestra al neandertal como un monstruo maligno semejante a los simios, y mirando inquietantemente como un hombre lobo. En 1866, el evolucionista alemán Ernst Haeckel (1834–1919) sugirió la palabra Pithec­anthropus (Hombre mono) para el aún no descubierto “eslabón perdido” entre los seres humanos y los primates; en 1894, el anatomista holandés Eugene Dubois utilizó el término de Haeckel para los fósiles que descubrió en Java, los cuales él pensaba clasificar aparte.

Considerados en un principio brutos semi-bestiales, los neandertales experimentaron un reverso de la fortuna. Muy lejos de los demonios temidos, se transformaron en los niños de de la florida década de los 60, en sintonía con su entorno, para ser admirados y emulados incluso. Como las razas monstruosas y los simios antes de ellos, la ferocidad inicial del hombre mono comenzó a evaporarse.

 

(classichorrorcampaign.com)

La naturaleza humana aún necesitaba un monstruo, sin embargo, y por suerte uno estaba disponible en forma de primate anómalo. Para mediados del siglo XX, el escenario para Pie Grande, desde el punto de vista de la historia natural, se desplegó. Las historias de los hombres salvajes aparecieron antes de la publicación del Origen de las especies de Darwin, pero con una notable carencia de registros relacionados con el mono. Los entusiastas del monstruo apuntan rutinariamente al folclore nativo americano como evidencia de Sasquatch [Pie Grande] antes de la llegada de los europeos, pero esas historias son consistentes con las historias del hombre salvaje y no mencionan específicamente a simios, como más adelante ocurriría con Pie Grande. Los primeros cuentos de los exploradores euro-americanos acerca de encuentros también hablan de extrañas criaturas y hombres salvajes en lugar de simios. Más bien, los investigadores se muestran apremiados por encontrar cualquier leyenda o mito con un vínculo a los híbridos hombres simios antes de mediados del siglo XIX. Las historias del Yeti se remontan al folclore del siglo IV antes de Cristo en el Tíbet y Nepal, pero una vez más son episodios del hombre salvaje que no necesariamente hablan de simios o monos. Es hasta el debate acerca de los primates como ancestros del ser humano que los monstruosos hombres mono comienzan a deambular en el paisaje.

Debido a su presunta capacidad para cambiar de forma, el hombre lobo ocupa un lugar único en la tradición de los monstruos y presenta problemas de clasificación para los historiadores de la ciencia, así como para los criptozoologos. La condición del hombre lobo se separa de los tradicionales monstruos compuestos como las serpientes marinas, las sirenas e incluso Pie Grande, que viven permanentemente sus formas. El hombre lobo entra en la categoría del tiempo parcial, del híbrido compuesto. Sufre cambios a través de un proceso vagamente sobrenatural, colocándolo como un críptido genuino. Los hombres lobo y los primates anómalos comparten características más allá de lo superficial. Aunque Bigfoot es considerado normalmente un animal pastoral, las historias de sus encuentros incluyen algunos episodios violentos. El Windigo de Canadá, por ejemplo, tiene una reputación que no pide nada al loup-garou, mientras que algunos entusiastas de los monstruos argumentan que Sasquatch es un cambiante.

Mientras que la teoría de la evolución no demuestra a priori la existencia de Pie Grande –la mayoría de los paleoantropólogos y los primatólogos dan por descontada esa posibilidad—aprueba tácitamente a la posibilidad de que exista. Todos los académicos que apoyaron la existencia del Yeti, y más adelante la de Sasquatch, comenzaron partir de los años 50, especializándose en esos campos. Su aprobación se basó menos en cualquier evidencia física –ninguna fue aceptada por la ciencia convencional existente— que en un modelo de la teoría de la evolución. Con Pie Grande y su parentela, la historia cierra por completo un círculo. La ciencia ayudó a refutar la existencia de monstruos y sirenas, hipogrifos y hombres lobo, pero al mismo tiempo permitió la aparición de monstruos como Pie Grande.

 

FOTO: Lobo 9 (themovieblog.com)

Es cierto que esta tesis sobre la desaparición del hombre lobo tiene sus defectos. Darwin y la evolución no desterraron completamente la creencia en los hombres lobo. Todavía hay lugares en el mundo que albergan al hombre lobo y las creencias en todo tipo de predadores. Incluso en los Estados Unidos, los avistamientos de la “Bestia de Bray Road” en Wisconsin han continuado desde los años 90 del siglo pasado, con la población local alegando que la criatura se comporta como un hombre lobo. Por otro lado, no todos los creyentes en Pie Grande toman los modelos evolutivos en cuenta: un número sorprendente de entusiastas de Sasquatch en América del Norte se identifican como creacionistas.

Lo que es cierto, sin embargo, es que cuando se trata de criaturas de la supuesta realidad biológica, el hombre lobo ha sido reemplazado por Pie Grande y su tropa, y la teoría de la evolución darwiniana ayudó a hacer posible ese cambio.

 

Notes

1 Nicole Jacques-Lefèvre: “Such an Impure, Cruel and Savage Beast”, in Katheryn A Edwards, ed: Werewolves, Witches and Wandering Spirits: Traditional Belief and Folklore in Early Modern Europe, Trueman State University Press, Kirksville, 2002; and Brian J Frost: The Essential Guide to Werewolf Literature, University of Wisconsin Press, Madison, 2003.

2 Para un excelente studio de las serpientes marinas en las discusiones evolucionistas ver H. Brink-Roby: “Siren canora: the mermaid and the mythical in late nineteenth-century science”, Archive of Natural History 35, April 2008, pp1–14.

3 Francis T Buckland: Curiosities of Natural History, Macmillan & Co., 1865, p134.

4 Charles Darwin to G.R. Waterhouse, 3 or 17 Dec 1843. Darwin Online, correspondence.

5 SH Gage: “Zoology as a Factor in Mental Culture,” Science 4, 1896, p209.

 

Tomado de: Forteantimes. Marzo, 2010.

Traducción: José Luis Durán King.