¿Escudo Centro?

Fueron muchos los esfuerzos de Marcelo Ebrard para negar que los narcos se habían instalado en la capital. El cierre de su gestión coincidió con una serie de ejecuciones que, si bien la mayoría tuvo como escenarios los cinturones de miseria y opulencia mexiquenses, muestra que ya estaban tocando a la puerta chilanga

POR Alfredo C. Villeda

 

Fueron muchos los esfuerzos de Marcelo Ebrard para negar que los narcos se habían instalado en la capital. El cierre de su gestión coincidió con una serie de ejecuciones que, si bien la mayoría tuvo como escenarios los cinturones de miseria y opulencia mexiquenses, muestra que ya estaban tocando a la puerta chilanga

 

(impacto.mx)

Contagiado por el entusiasmo bélico y de conspiración de su padre y del jefe de su padre, George W. Bush ordenó un proyecto de escudo aeroespacial que hizo repensar a muchos si los constantes delirios del entonces presidente estadounidense eran en todo caso temores fundados y resueltos en teoría con semejante empresa cibernética. No habían pasado muchas semanas desde la revelación del sofisticado plan de blindaje, invisible por supuesto, cuando un suceso sin precedente hizo ver la fragilidad de la seguridad nacional y la sobrevaloración que el ciudadano suele hacer sobre los aparatos de inteligencia estadounidense: el 11-S.

Mientras el vaquero texano especulaba, de la mano de la tradición reaganiana, que la famosa ofensiva vendría de Oriente y había que enfrentarla con misiles y satélites, en su propio patio se gestaba el complot, dentro del terreno que el famoso escudo debería proteger. Ni tiempo tuvieron de ver venir a los aeropiratas. Mientras las agencias se preocupaban por detectar el momento en que se tramaba y emprendía un ataque, el terror ya les había ganado la espalda, si ha de usarse una fórmula futbolística.

Un anuncio del nuevo jefe de Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, durante su toma de posesión el miércoles pasado, motiva la recuperación de la anécdota estadounidense. Quizá el proyecto más importante de su discurso haya sido la invitación a crear una coalición anticrimen, que él llamó Escudo Centro, dirigida a los gobernadores de los estados que rodean el Distrito Federal, con la finalidad de blindar la región frente al embate de la delincuencia.

Nadie pone en duda que la mayor posibilidad de éxito en la lucha contra el hampa pasa por una coordinación eficaz entre los representantes de las instituciones y, hacia esa meta, ya hay planes de impulsar el modelo de mando único, por ejemplo. Pero hablar de un “escudo” empieza a sonar a discurso de Bush. El eventual cerco, físico o cibernético, acaso resuelva en alguna medida la inmigración de delincuentes a la zona, con el mensaje de que se chinguen los estados más allá del centro, porque hay clases sociales.

¿Y la abundante población de pillos, creciente por cierto, que ya habita la región? ¿Se trata de encerrarse en un ring enrejado e intentar limpiarlo? Porque los criminales ya están aquí. Fueron muchos los esfuerzos, y quizá con gran éxito, de Marcelo Ebrard para negar de forma sistemática que los narcos se habían instalado en la capital. El cierre de su gestión coincidió con una serie de ejecuciones que, si bien la mayoría tuvo como escenarios los contrastantes cinturones de miseria y opulencia mexiquenses, muestra que ya estaban tocando a la puerta chilanga. Más los homicidios totalmente cometidos en las zonas calientes de la capital, como Tepito y las delegaciones Iztapalapa y Gustavo A. Madero.

El otrora gobernador de Nuevo León Natividad González Parás solía salir al paso de las críticas sobre la violencia en su estado con el argumento de que, si acaso, era de tránsito de los delincuentes y sus cargas o, en el escenario extremo, residencia de los capos y sus familias. En cuestión de meses el cuento de hadas terminó en calabaza con un cuadro de matanzas que convirtió a la industriosa y ejemplar entidad en la sexta con más ejecuciones en el sexenio recién terminado.