Seudónimo Quincey 20

Lo que sucedía: en ese pueblo, entre esas personas, el silencio era tan común que con el paso de los años terminaron por acostumbrarse a él; lo que para ellos era extraordinario: que la palabra se mantuviera, que las charlas se diesen con mayor frecuencia

POR Óscar Garduño Nájera

 

Lo que sucedía: en ese pueblo, entre esas personas, el silencio era tan común que con el paso de los años terminaron por acostumbrarse a él; lo que para ellos era extraordinario: que la palabra se mantuviera, que las charlas se diesen con mayor frecuencia

 

The rest is silence.

Prince Hamlet. William Shakespeare.

 

(http://lounge.moviecodec.com/off-topic/are-these-ghosts-the-real-deal-or-what-70701/)

Eso le pasa a Jacinto: algunas borrosas imágenes que parecen perseguirlo y que no consigue descifrar. Luego se sumergen en una grisácea niebla. Es cuando tiene la sensación de angustia. Intenta moverse. Lo más pronto posible salir de ahí antes que enfrentar las imágenes. No puede. Y el aire se le va en un arrebato. Como si estuviera dentro de… ¡un féretro! ¿Quién lo sepultó por equivocación? ¡Ábrelo, Jacinto! ¡Haz presión con las palmas de tus manos! Pero no puede sacudir la inmovilidad. Y ahí está ella. Tiembla lo que parece su voz: Andrea. La llama: Andrea. Y en cuanto ella voltea y lo mira de frente descubre el rostro cadavérico: amarillentos gusanos en las cuencas de sus ojos, carne agrietada, labios amoratados. Y sobresaltado al fin despierta y llora ahí, en su cama, justo cuando la madrugada sacude más. ¿Quién se mete dentro de tus pensamientos cuando duermes, Jacinto? ¿Quién juega así contigo? ¿Quién viene desde allá para aparecerte a Andrea en esa extraña escenografía? Entre sollozos se lo pregunta y, una vez que sale de su casa, prefiere callar frente a los demás. En este pueblo son pocos los que llegan a compartir los sueños. Con todo y la sensación de angustia al principio Jacinto se sintió privilegiado. Dio las gracias: quien se metía en sus pensamientos lo hacía para recordarle a Andrea. Hasta ahí todo bien. Se podría decir que hasta lo disfrutaba. Pero que no volteara a verlo, que no apareciera muerta. Eso pedía. Porque nadie quiere que se le aparezca un cadáver en sus sueños, y si ese cadáver representa tanto mucho menos. Ya no más palabras entre los dos. Ahora por miradas amarillentos gusanos. Ni siquiera alcanza a saber si ella escucha ese último adiós que con todas las ganas intenta dejarle antes de despertar. Pensó en decirle al gordo Quixtlihuac. Sueño con tu hija, así lo iba a decir. Sólo lo pensó.

—Mira, Jacinto: tú tienes que ser hombre…

Aletargadas palabras de Emiliano. Así se lo dijo. Estaban sentados en una de las bancas del quiosco. Con botella de mezcal a medias entre las piernas, Emiliano. Caía la azafranada tarde y una excesiva tranquilidad parecía abrir las branquias del pueblo al exhalar un enrarecido aire. Hasta los inquietos perros dormían ovillados en cualquier esquina. Jacinto mantenía extraviada la mirada en algún punto lejano. En realidad ni siquiera veía nada. Pero no quería ofender a Emiliano al cerrar los ojos.

—¿Y sabes por qué tienes que ser hombre?

Con su temblorosa mano tomó la botella de mezcal, la llevó hasta unos agrietados labios y bebió. Jacinto lo volteó a ver. ¿Cómo un hombre podía beber tanto? Al terminar el prolongado trago, Emiliano bufó y dijo:

—Para que los malditos recuerdos no te coman vivo por las noches…

Minutos después se quedó dormido. Y días más tarde lo encontraron con un hacha en la cabeza.

 

(help.com)

Jacinto no se atrevía, pero lo tenía que hacer. Entonces abrió la boca.

—¿Es que nadie piensa dar con el asesino de Andrea?

Lo hizo frente a los demás hombres. Una vez que la mayoría dio por cierta la historia del vendedor de ropa acerca de los levantanalgas y de cómo había dado con la mujer muerta. También lo exoneraron. Otros aún tenían sus dudas. Un hombre que vende ropa interior de mujer no está sano, acaso pensaban. Y la pregunta quedó ahí, ante la mirada de extrañeza de los demás.

Y por primera ocasión en aquel pueblo

se edificó

un enorme

silencio.

Lo que sucedía: en ese pueblo, entre esas personas, el silencio era tan común que con el paso de los años terminaron por acostumbrarse a él; lo que para ellos era extraordinario: que la palabra se mantuviera, que las charlas se diesen con mayor frecuencia. Vas por ahí creyendo que sabes todo acerca del silencio y de repente alguien hace una pregunta y das con un silencio que te enseña otro tipo de horroroso sonido, un hueco que jamás pensaste tendría que ver con el silencio. Y más si aparece tras de esa pregunta. Cuánto peso tenían las palabras de Jacinto en ese momento es algo que nadie podrá aclarar. Cuántos de esos hombres también se habían hecho la misma pregunta sin atreverse a sacarla, tampoco, y para ellos lo más fácil fue descalificar al muchacho pero sin interrumpir el silencio, en sus pensamientos. Porque tú, Jacinto, qué vas a saber de esas cosas si apenas eres un muchacho, tú que seguro todavía te orinas de vez en cuando en la cama y te masturbas antes de dormir, tú que has de tener sueños donde eres el capitán de un navío que se aventura a descubrir nuevas tierras con un enorme y verduzco perico al hombro, tú qué sabes, a ver, pinche escuincle, de asesinos y cadáveres de quinceañeras.

 

(funnilogy.blogspot.com)

Y fue como si todos se hubiesen puesto de acuerdo para dar un paso atrás en una absurda coreografía. Apareció la figura del gordo Quixtlihuac. Y de él esperaban la respuesta a la pregunta de Jacinto. Nada: el obeso hombre permaneció callado, respirando a través del silencio, como si amarrara el peso de las miradas con su lengua; abrió los puños ensangrentados y también inclinó su mirada, ahí donde minutos antes había tenido origen el odio. Que el asesino de tu hija te llegue a las manos para que al fin cobres venganza está bien; otra es que tengas que ir en su búsqueda con los peligros que eso implica en una zona desértica que parece tragar todo a su paso, porque si algo tenían claro los hombres del pueblo era que el asesino de Andrea traía pistola a la cintura, que iba a bastar con que la sacara delante de ellos y pum, con esos hombres hay que andarse con cuidado, luego andan levantando valientes, muy valientes, pero de qué te sirven muertos. Entonces Jacinto recogió lo que aún quedaba de ese silencio, lo guardó en una rencorosa mirada que les echó a todos y se fue, los dejó ahí, hundidos cada quien en sus pensamientos sin atreverse a decir nada.

Al caminar de vuelta a casa Jacinto entendió lo cobardes que eran los hombres en ese pueblo. Sí, hablan mucho de venganza. También hablan mucho de odio cuando el alcohol los embrutece. Y todo se queda ahí. Meras ocurrencias valentonas. Y por primera vez Jacinto deseó no convertirse en hombre.

Un poco de comida en lata, una botella de agua, más comida en lata, más agua en otra botella, un rollo de papel higiénico, una gastada navaja de excursionista, una cobija con cuadros de colores, y dentro de una bolsa de plástico…

lo que consideraba su mayor tesoro:

una carta

la única que Andrea le había escrito.

En cuanto lo despertó de nuevo la sensación de angustia se vistió, cargó la mochila y salió. Iba a dejar ese maldito pueblo donde pusilánimes hombres comparten silencios, golpean de vez en cuando a sus mujeres y no se atreven a ir tras el responsable de la muerte de una quinceañera. Se encogió de hombros. Intentó saborear ese beso que Andrea nunca le dio.