Seudónimo Quincey 21

La que sería mi primera víctima estaba ahí, acomodando latas, ignorando a quién iba dirigido ese cuchillo que acababa de recoger, y se había salvado por las palabras estúpidas que con el paso del tiempo consiguieron fastidiarnos

POR Óscar Garduño Nájera

 

La que sería mi primera víctima estaba ahí, acomodando latas, ignorando a quién iba dirigido ese cuchillo que acababa de recoger, y se había salvado por las palabras estúpidas que con el paso del tiempo consiguieron fastidiarnos

 

Imagen: Emily Bunin (flickrhivemind.net)

Dejé tu cuerpo en el baño, bajo la regadera. Quedaste ahí, arrumbada: femenina belleza ahora trozo de carne sanguinolento sin vida. Al percatarme de la recamarera me sobresalté. Ignoro lo que alcanzó a ver pero quedarme era riesgoso. Me vestí con calma. En cuanto encendí la luz mi rostro apareció en un sucio espejo. Apenas desdibujado por una que otra sombra. Sonreí. Luego salí de la habitación. Si daba con la vieja no lo pensaría dos veces y clavaría el cuchillo en su abdomen. Ya vería qué hacer con su cuerpo. Pero no sucedió así. Cigarros, fue lo primero que pensé responder si el obeso administrador hacía preguntas acerca de mi salida. Idiota, veía en la pequeña televisión un partido de futbol. En sus regordetas manos callosas y de uñas desechas aparecían cacahuates salados que más tardaba en sacar de una bolsa de papel de estraza que en llevarlos a una grande y casi desfigurada boca, donde amarillentos y chuecos dientes trituraban, arrojando restos a un pecho velludo que aparecía por una abierta camisa estampada con margaritas. Pasé delante de la ventanilla y ni siquiera se percató de ello. Empujé la puerta de salida. Al dar los primeros pasos un aire frío golpeó mi rostro: tuve una sensación de libertad. En ese momento todo me parecía distinto: las calles, las pocas personas que parecían acudir puntual a una cita, o al trabajo, una que otra pareja tomada de las manos, los automóviles aguardando la luz verde en el semáforo, los edificios, tal vez ahora un poco más grises, las ventanas, uno que otro árbol… y la sensación de que alguien me expiaba.

 Al llegar a casa, abrí la puerta, la azoté y me tiré al sillón. Estaba cansado. Estiré las piernas, me relajé y cerré los ojos. Poco a poco el sueño me venció. El maullido a lo lejos de un gato me despertó: sudoroso y sobresaltado, había soñado con Sophie. En esa ocasión apreté con fuerza el mango del cuchillo en cuanto ella encendió la luz. Tras ignorar sus preguntas me puse de pie y caminé despacio hasta la cocina, donde ella ya guardaba las latas que había traído del súper en la alacena. Recuerdo que en ese momento mi único deseo era matarla. Quería terminar con ella de una buena vez. Ya me era insoportable hasta el tono dulce de su voz.

—¿Quieres que prepare algo de comer?

Prefería escuchar el chillido de un cerdo. Apreté el mango del cuchillo con mucha mayor fuerza; recuerdo que la mano comenzó a dolerme. La técnica la había visto en tantas películas e incluso la había ensayado en varias ocasiones valiéndome de una mujer de aire. Llegas por detrás y no das tiempo de nada. En cuanto se preguntan qué es lo que haces, deslizas la punta del cuchillo por el cuello y esperas a que la sangre caliente bañe tu mano, la piel viva. En eso ella volteó y me miró fijamente.

—¿Sabes que te amo, verdad?

Llevábamos ya varios años juntos. Y no es que no lo hubiera dicho antes. Pero en esa ocasión sus palabras consiguieron vencerme. Moví la cabeza para hacerle saber que sí, lo sabía; pesaroso incliné la mirada y el dolor en la mano desapareció en cuanto solté el cuchillo.

—Los cuchillos no son para traerse así, te puedes lastimar.

La que sería mi primera víctima estaba ahí, acomodando latas, ignorando a quién iba dirigido ese cuchillo que acababa de recoger, y se había salvado por las palabras estúpidas que con el paso del tiempo consiguieron fastidiarnos, porque el amor que tanto nos jurábamos al principio terminó convirtiéndose en odio, y día con día ya no hacíamos otra cosa que esperar la oportunidad para odiarnos, para fastidiarnos, hasta que decidió sacar sus cosas y largarse.

En cuanto escucho que tocan a la puerta me sobresalto todavía más. La recamarera habrá soltado la lengua y ahora seguramente me busca la policía. Me lleno de miedo. Pregunto quién es y nadie responde. Vuelven a tocar. En cuanto abro la puerta tres hombres se avalanzan sobre mí, me sujetan por los hombros y me colocan una bolsa negra en la cabeza, mientras me golpean en las costillas, en el estómago, dan de patadas. Una voz grave me insulta. Intento hablar, pero ordenan que me calle. No es la policía, no es la policía, pienso lleno de miedo, entonces, ¿quiénes son?