Todo está en la sangre

Gracias a la integración en 1985 de la tecnología genética, el ADN, la persecución criminal es prácticamente infalible. La información genética que deja el delincuente en una escena se convierte en una especie de campaña de difusión que hace el infractor de su propio crimen

POR José Luis Duran King

 

Gracias a la integración en 1985 de la tecnología genética, el ADN, la persecución criminal es prácticamente infalible. La información genética que deja el delincuente en una escena se convierte en una especie de campaña de difusión que hace el infractor de su propio crimen

 

(qsakamaki.com)

El 1 de julio de 1901, los hermanos Hermann y Peter Stubbe, de ocho y seis años, respectivamente, salieron a jugar con sus amigos en Göhren, en la isla de Rugen, al norte de Alemania. Nunca regresaron vivos a casa. Al día siguiente, los padres de los niños, acompañados por vecinos y elementos policiacos del lugar, iniciaron una búsqueda exhaustiva de los menores. En una zona boscosa local, finalmente encontraron los cuerpos desviscerados y mutilados de los niños. Algunas de sus extremidades fueron esparcidas por el área. Al encontrar las cabezas, éstas estaban machacadas y el corazón de Hermann jamás fue recuperado.

Tres años antes de los sucesos de Göhren, en Osnabruck, las niñas Hannelore Heidemann y Else Langemeir, ambas de siete años, habían sido asesinadas en circunstancias similares a los hermanos Stubbe. Tres semanas antes del doble homicidio de los Stubbe, en Baabe, las autoridades locales registraron la queja de un pastor, quien habló acerca de una bestia que había atacado a sus ovejas, desmembrándolas y esparcido las extremidades por el campo.

En los tres casos, un hombre llamado Ludwig Tessnow fue visto y llamado a declarar. En lo que concierne a las víctimas tanto de Göhren como de Osnabruck, varios testigos declararon que ese hombre estuvo platicando con los menores momentos antes de que desaparecieran. La policía interrogó y visitó la casa de Tessnow, en los tres episodios encontró ropa recientemente lavada, en la que podía apreciarse unas manchas marrón casi diluidas. El sospechoso dijo que era carpintero y que diario acostumbraba a lavar sus prendas a causa de las manchas que dejaban en ellas la tintura que utilizaba para la madera.

En lo que respecta a las ovejas y a las niñas de Osnabruck, la policía no pudo hacer nada. Pero con el caso de los hermanos Stubbe se abría la posibilidad de atrapar al homicida. El magistrado Johann Schmidt y el investigador Ernst Hubschmann estaban sumamente interesados en los progresos alcanzados por un joven biólogo llamado Paul Uhlenhuth, quien contaba con un método científico para determinar no sólo la presencia de sangre en prendas y algunos objetos, sino que también podía diferenciar la hemoglobina de humanos y animales. Schmidt y Hubschmann contactaron al hombre de ciencias, quien accedió a participar en la investigación. Después de analizar la ropa de Ludwig Tessnow, el 8 de agosto de 1901 entregó un reporte en el que distinguía las manchas de sangre humana de las de animal. Con el resultado de los exámenes, la policía detuvo al elusivo Tessnow, quien fue acusado, juzgado, convicto y ejecutado en 1904 por el asesinato de los hermanos Hermann y Peter Stubbe.

El método de Paul Uhlenhuth para aprehender al hombre lobo de Rugen fue adoptado por la ciencia forense primero para los análisis de sangre y posteriormente para determinar la presencia de flujos humanos en los escenarios criminales.

 

La ciencia de los sueros

(tumblr.com)

El análisis de las propiedades y efectos de los flujos –sangre, semen, saliva, sudor o materia fecal— se conoce como serología. En lo que concierne a la hemoglobina, su presencia en actos criminales es abrumadora, pues generalmente puede ser identificada en episodios de violencia que involucran homicidios, agresión y asalto sexual. Y puede encontrársele en sus estados líquido, coagulado o seco.

Los diferentes tipos de sangre fueron reconocidos en 1875, aunque no fue sino hasta 1901 que el científico alemán Karl Landsteiner nombró y estandarizó los grupos. “Las células rojas contienen una sustancia llamada antígeno, la cual produce anticuerpos para combatir las infecciones, y a partir de esto Landsteiner organizó los diferentes tipos”, señala la psicóloga forense Katherine Ramsland en su ensayo “Serology”, publicado en la página electrónica www.crimelibrary.com.

Sin embargo, correspondió al también científico germano Paul Uhlenhuth utilizar la preciptina del hongo Aspergillus para diferenciar la sangre animal de la humana.

En 1925, ya cuando la sangre era un instrumento poderoso en la ciencia forense, tuvo lugar otro descubrimiento que contribuyó a especializar aún más las investigaciones en torno a un crimen. Se determinó que el ser humano es un individuo secretor, es decir que “tipos específicos de antígenos, proteínas, anticuerpos y enzimas pueden ser hallados en otros flujos y tejidos corporales. En el caso de un secretor, los investigadores forenses pueden determinar el tipo de sangre del individuo por medio de la saliva, las lágrimas, tejidos de la piel, orina o semen.

En una violación, por ejemplo, donde el agresor es el secretor, el número de sospechosos potenciales puede reducirse con el análisis del tipo de sangre” (Íbid).

Por supuesto, la investigación forense apoyada exclusivamente en el tipo de sangre hoy tiene aroma de nostalgia. Gracias a la integración en 1985 de la tecnología genética, el ADN, la persecución criminal, cuando existe la actuación directa de un perpetrador –es decir, que no agredió a distancia, por ejemplo, con una pistola— es prácticamente infalible. La información genética que deja el delincuente en una escena de crimen se convierte a final de cuentas en una especie de campaña de difusión que hace el infractor de su propio crimen.