Una familia es una alianza de miseria

Como en el caso de Franz Kafka, el narrador siempre piensa en el padre sagrado, parado en una faja de terreno, que no es simplemente una fuente de hortalizas frescas, “sino un santuario espiritual”

POR Gabriel Ríos

 

Como en el caso de Franz Kafka, el narrador siempre piensa en el padre sagrado, parado en una faja de terreno, que no es simplemente una fuente de hortalizas frescas, “sino un santuario espiritual”

 

Patrick McGrath (stevebisgrove.com)

Quizá al correr el lápiz, el olor a gas que absorbió su madre todavía no le explota en la memoria.

Es en ese momento que cerramos la novela de Patrick McGrath, que la publicó en 1990. Después vinieron Manicomio en 1996 y Locura en 2001. El tema lo maneja a su antojo, pues de niño vivió a un lado de la clínica para enfermos mentales de Breadmoor, del que su padre era superintendente.

Volvemos a abrir la novela, porque nos quedamos con el mundo de nuestros ancestros, que se miraban en un espejo, no importaba que se metamorfosearan en ecos que casi les despedazaban las cabezas.

Su mente es lúcida cuando recuerda páginas de su antigua casa, su recámara, la callecita donde jugaba de niño.

Como si fuera una escenografía de la cinta de Cronenberg, sigue hablando sin darse cuenta de la similitud entre la voz aniñada de su madre y la ronca de la “puta” que “asesinó”.

¿Fue por eso que dejó escapar el gas, haciendo estallar la casa?

Más tarde, siempre más tarde. Eso del tiempo es como apreciar la clonación de un modelo: la réplica que invade el pensamiento moderno. Se ve enmarcado en el lago Guinnes del bar imaginado.

Es inigualable el placer de ausentarse, porque ¿cuál es la naturaleza del vínculo que reúne a los individuos, formando una sociedad?

De facto, miramos al individuo sentado en una banca al aire libre. La proyección tiene la anchura adecuada para exponerse frente al otro yo. Dennis, adelante, y Spider, atrás.

El sol es tan intenso, que apenas puede garabatear en esa libreta. De hecho ya no escribe, reflexiona nada más. Cree en la existencia de tegumentos jabonosos, descripción hecha por Leonardo da Vinci en 1508, alrededor de una gota.

Para Charles Vernon Boys se trataba del arco iris de las habitaciones infantiles de la época victoriana.

Hasta el día anterior del anterior y del anterior, había dudado en hacer el viaje de la clínica de Canadá a la Casa de Londres. Convencido de su mirada al canal, anotó que entrando a ese espacio lo hacía al reino del demonio e inicia su diario, dándole la vuelta al remiendo-idea y cubriendo su inútil compañía.

 

(anglonautes.com)

En el capítulo “Indoors. Arquitectura de la espuma”, Sloterdijk afirma que la ciudad posmoderna se ha movido del centro, que se ha hecho extensiva a la envoltura de la esfera humana, produciéndose un nuevo arte de la síntesis.

Desde esa banca mira las fábricas de gas, percibiendo un aire de desolación. Frente a él sólo maleza y hierba y la escena siempre le recuerda a su padre, quizá porque era fontanero, y una figura familiar en el vecindario cuando pasaba en bicicleta con su bolsa de herramientas de lona colgada al hombro como un carcaj repleto de flechas.

Londres: “telaraña cuajada de compartimientos oscuros y callejuelas”.

No obstante, o más bien, a pesar de la esquizofrenia del protagonista, tiene figuras en la cabeza: “Esta casa a menudo me parece un barco. Está orientada hacia el este, hacia alta mar, y aquí estoy yo en la cima de un extremo, como un marinero en la cofia de guardia, mientras nos deslizamos corriente abajo con nuestro cargamento de almas muertas”.

La encargada de la Casa de Paso, es la señora Wilkinson, que en un momento de la novela, y en otros, trae una campanilla. Cuando la agita, surge un ramillete de caras impasibles y miembros rígidos. De pronto aparece Dennis: todos están sentados alrededor de la mesa, comiendo en perfecto silencio”.

Como en el caso de Franz Kafka, el narrador siempre piensa en el padre sagrado, parado en una faja de terreno, que no es simplemente una fuente de hortalizas frescas, “sino un santuario espiritual”.

Spider asegura que ahí, su padre asesinó a su verdadera madre, la que le puso el sobrenombre, por su facilidad para hacer figuras con hilos, no la mujerzuela vulgar a la que él “desapareció”.

Una mañana, de niño, se despertó gritando, saltó de la cama y se precipitó hacia la habitación de sus padres, pero estaba vacía, así que corrió escaleras abajo y su padre estaba sentado a la mesa de la cocina, con una mujer desconocida, la puta del bar.

Quién pudiera expresar: “Spider volaba más lejos, hacia las zonas posteriores de su mente, donde nadie le podía seguir”.

Su ternura por el agua y la niebla, lo hace internarse en ese bosque maravilloso y encantado. Su percepción es que está siendo escrito y el terror lo invade: es una criatura, con la sensación de ser tan frágil como una bombilla.

Ese viaje de Spider, a través del tortuoso paisaje de la locura, nos lleva a cuestionarnos ante una novela compleja.

Es la historia que empezó la noche que murió su “legítima” madre. “Desde entonces he estado ardiendo lentamente hasta convertirme en ceniza y polvo en mi interior,  aunque conservo los movimientos externos, gestos y las actitudes de la vida”.

 

(rancholasvoces.blogspot.com)

La obra de McGrath no tiene que ver nada con el surrealismo, aunque haya sido el movimiento más explícito del siglo XX, argumentaría Sloterdijk, pero cierta pregunta cristiana de cómo es posible que la sociedad tenga que ver con Spider, Dennis, con nosotros y también con el ensayista alemán, que se atreve a expresar que sólo cuando surge la disfunción, aparece concretamente la libertad entendida como emancipación del individuo.

Pondría en boca de Spider lo que dice Martin Walser en su novela Unos sin otros: que una familia es una alianza de miseria, y algo así no se abandona nunca, simplemente porque aquella frase cursi del arte de amar es de donde surge la envidia, que acostumbra adornarse con el papel de la crítica.

Gabriel Tarde decía que el gobierno más despótico y meticuloso es la costumbre. Contrariamente opinamos que el artífice más genuino es el que intenta tener la vivencia religión del tiempo que se asocia al “sólo Dios y el nómada pueden hacer y decir lo que quieran”.

Estar despierto –farfulla Spider— es estar disponible al tormento.

Curiosamente la vista de las fábricas de gas se encuentra sobre la calle Spleen. El texto se extiende como tela de araña, entre una red de flujos y reflujos. Mientras, Spider sale de esa estancia de parada. Se va, se pone el abrigo y enciende una colilla de cigarro. Para él no existe el ser-ahí.