El viaje de Oscar Wilde a Estados Unidos

El escritor irlandés pasó un año en Estados Unidos, donde conoció a Henry James y Jefferso Davis, aunque fue un poeta el que realmente lo impresionó. Al respecto dijo: “Aún tengo el beso de Walt Whitman en mis labios”

POR Anthony Paletta

 El escritor irlandés pasó un año en Estados Unidos, donde conoció a Henry James y Jefferso Davis, aunque fue un poeta el que realmente lo impresionó. Al respecto dijo: “Aún tengo el beso de Walt Whitman en mis labios”

Oscar Wilde en una imagen tomada durante su viaje a Canadá y Estados Unidos en 1882. (Corbis)

No hay una sola prueba de que Oscar Wilde haya bromeado, al entrar a Estados Unidos, “No tengo nada que declarar, excepto mi genio”. Pero, dado su historial de ingenio, los editores de periódicos parecen haber sido bastante felices al imprimir la leyenda –¿y quién puede culparlos?

Es curiosamente apropiado que la reliquia más prominente del viaje de Wilde en 1882 a Estados Unidos sea posiblemente apócrifa, dado que la sustancia real del tour parece, por debajo de algunos encuentros casi perdidos, materia de las novelas de diez centavos y de la ficción histórica. Declaring His Genius: Oscar Wilde in North America, de Roy Morris, Jr., es un encantador recuento de ese viaje, describiéndonos al visitante que proviene de un reino (Wilde), que se introduce en uno que parece imposible de separar (la primera edad dorada de Estados Unidos); que  no solamente bebió vino de sauco con Walt Whitman en Camden, o que mantuvo una fría conversación con Henry James en Washington, sino que también ofreció conferencias en Saint Joseph, Missouri, dos semanas después de la muerte de Jesse James, que visitó a un ya anciano Jefferson Davis en su plantación de Mississippi, y que fue presa a un estafador en el Tenderlion (el distrito rojo) de Nueva York. Con un poco más de fuegos artificiales, literales o carnales, estaría tentado a ubicarlo en el pasillo de ficción junto a Ragtime de E.L. Doctorow. No hay semejanzas entre, digamos, Evelyn Nesbit y Emma Goldman, aunque Wilde más tarde escribió, “Aún tengo el beso de Walt Whitman en mis labios”.

Es poco sorprendente que Wilde, un avant la lettre de moda –cuya celebridad precedió en gran medida sus logros principales—, deba su gira estadounidense a un crítico del cual el propio escritor fue víctima. Gilbert y Sullivan había compuesto su opereta Patience, una burla al esteticismo multiusos en la que Reginald Bunthorne fue una parodia directa de Wilde, con el personaje escupiendo sentimentalismos como: “El significado no importa si es sólo una charla ociosa de carácter trascendental”. Wilde, con no menos aplomo del que uno pudiera imaginar, había celebrado con prontitud la obra. (Como Morris nos recuerda: “Lo único peor de que hablen de ti, Wilde decía, es que no hablen”.) Richard D’Oyly Carte, el productor del espectáculo, vio una oportunidad inmediata para capitalizar el viaje por Estados Unidos, y propuso que Wilde realizara una gira de conferencias. El escritor irlandés aceptó rápidamente.

 

(guardian.co.uk)

Wilde zarpó de Liverpool con cartas de presentación de James Russell Lowell y Edward Burne-Jones. (Lowell escribió a Oliver Wendell Holmes: “No debería necesitar ninguna introducción más que un buenos días”.) El viaje no parece haber sido agradable. “No estoy exactamente a gusto en el Atlántico”, declaró Wilde. Una carta, publicada posteriormente en la Pall Mall Gazette, señala: “Me siento decepcionado por el Sr. Wilde, ‘firmado’ el océano Atlántico’”. Llegó a Nueva York en medio del juicio a Charles Guiteau, asesino del presidente James Garfield, y sin quererlo jugó una mano en un caso de la Suprema Corte: posó para varias fotos con el eminente fotógrafo Napoleon Sarony, que más tarde demandó a una empresa litográfica por la reproducción injustificada de estas fotos, ganado el litigio la Burrow-Giles Lithographic Co., lo que estableció las primeras protecciones de copyright en el tema de las fotografías.

Wilde, vestido con atuendo extravagante, ofreció su primera conferencia en Nueva York con el tema “Renacimiento inglés” y el arte por el arte, que parece haber flaqueado en sus elementos preparados aunque brilló en su improvisación, atrayendo los elogios de algunos impresos (The Cincinnati Enquirer) y el desdén de otros (The Nation, observando que Wilde “difícilmente podrá tener éxito en este país”). El New York Times comentó acerca del “estético y pálido joven con traje y cabello ondulado”, cuando “el cabello ondulado” era una forma de referirse a algunos resabios de la demimonde homosexual en ese tiempo.

Wilde luego marchó a Filadelfia para una conferencia en el Horticultural Hall –estaba aburrido, como muchos otros de sus compañeros de viaje, por el paisaje que atravesaba el tren de Nueva Jersey. Después visitó a Walt Whitman en Camden, donde bebió vino de sauco y leche-punch (“una mezcla de leche y whisky”), repartió alabanzas y recibió una que otra amonestación:

Cuando aventuró la observación almidonada de que él, Wilde, no podía “escuchar a alguien a menos que me atraiga con un estilo encantador o por la belleza del tema”, el gran poeta lo puso en su lugar. “Por qué, Oscar, dijo Whitman, “siempre me ha parecido que el compañero que basa su prejuicio en la belleza va en un camino errado. Mi opinión es que la belleza es un resultado, no una abstracción”. Wilde se retractó inmediatamente. “Sí”, dijo, “Yo también lo creo”.

 

Henry James (elbuscadordetusitalas.blogspot.com)

Un encuentro con Henry James en Washington fue aún menos terso. Wilde dijo ser amigo cercano de Charles Eliot Norton y Edward Burne-Jones, a quienes James conocía bien, y una serie de ironías inteligentes excepcionalmente bajas dolieron inmensamente a James, que escribió a Clover Adams (esposa de Henry Adams), “Wilde ‘Hosscar’ es un tonto fatuo, una rata de décima y una bestia inmunda”. El tema de Wilde, al parecer, James lo abandonó rápidamente.

La prensa estadounidense también desplegó un rango predecible de alabanza y salvajismo. Un rumor circuló que Wilde había ofrecido 200 libras a P.T. Barnum para montar a Jumbo el Elefante, mientras que el escritor sostendría en las manos su famoso adorno de girasol. El Washington Post publicó un dibujo del escritor “sosteniendo un girasol al lado del eslabón perdido ‘Mr. Wild de Borneo’, mientras que el eslabón sostenía un coco”. Harper’s Weekly publicó un retrato similar, “mostrando un simio en el traje de terciopelo característico de Wilde, collar byroniano y corbata, contemplando un girasol enorme en un florero”.

Los afectados trajes sastre de Wilde fueron un tema de pasquín más allá de las palabras. Las dos primeras filas de su conferencia en el Boston Music Hall fueron ocupadas por “un grupo de 60 hombres de Harvard que llegó por el pasillo del centro en pares, todos con girasoles y con trajes wildeanos cuyos pantalones llegaban a la rodilla, medias negras, corbatas y pelucas con cabello hasta los hombros. Sin embargo, esa vez las bromas fueron para ellos, cuando Wilde apareció vistiendo “pantalones largos y una capa conservadora”. Multitudes de portadores de girasoles habían acosado en cualquier caso sus conferencias.

 

Jefferson Davis (en.wikipedia.org)

Wilde posteriormente visitó gran parte de Estados Unidos –los Grandes Lagos, después California, las praderas y la región Atlántica de Canadá, y de ahí a América del Sur. Dispensó su crítica mordaz pero también el elogio genuino, a menudo sobre las mismas cosas. Wilde opinó de las cataratas de Niágara: “Toda novia estadounidense es llevada allí, y la vista de esa enorme cascada debe ser una de las primeras, si no la más viva, decepción en la vida matrimonial estadounidense”. Pero también dijo que el “majestuoso esplendor y la potencia de las fuerzas físicas de la naturaleza” iban “más allá de lo que había visto en Europa”. Sobre Cincinnati: “Me pregunto qué criminal no ha puesto la fealdad de su ciudad como excusa para sus crímenes”. De California señaló que era “una Italia, pero sin su arte”, aunque más adelante se admiró de que “naturaleza había agotado sus recursos en el oeste y no dejó nada de las praderas”.

Wilde visitó a Jefferson Davis en su plantación de Mississippi. Lamentablemente, Wilde decidió comparar la causa del sur con la independencia irlandesa. (Dickens, en sus American Notes, estableció una distinción mejor: “¡Qué! Nos vamos a declarar contra los ignorantes campesinos de Irlanda, cuando esos capataces estadounidenses están en cuestión?”) A pesar de todo, Davis declaró: “No me gustó el hombre”.

 

(vintag.es)

Aunque la opinión de Wilde sobre la población estadounidense resultó sorprendentemente positiva. Se maravilló una y otra vez de su falta de prejuicios y de su espíritu de empresa, comparándose con él cuando tenía 27 años en Dublín: “Bueno, soy un joven muy ambicioso. Quiero hacer todo en el mundo. No puedo concebir algo que hacer”. Para ser un visitante decadente, gozó ampliamente los encuentros con personajes toscamente labrados, disfrutando la desafiante estética estadounidense de algunos tipos como los mineros de la mina Leadville en Colorado (“botudos, de barba amarilla y deliciosos rufianes”).

Una cierta franqueza estadounidense pudo haber influido en Wilde. Cuando regresó a Londres se cortó el cabello y arrumbó su “etapa de trajes hasta la rodilla, medias negras de seda, chaqueta de fumar y camisa campesina byroniana”. Declaró a un amigo: “El Oscar del primer periodo está muerto”. Wilde deploró el comercialismo y vulgaridad estadounidenses, pero admiraba la decencia y simplicidad de los habitantes de ese país. En El fantasma de Canterville, el saber-hacer estadounidense le hace el día. Y Hester Worsely, de A Woman of No Importance, ofrece una de las más ácidas críticas de la sociedad inglesa, en respuesta a unas preguntas sobre el atraso estadounidense.

Después de una gira de 15 mil millas en más 140 ciudades y pueblos, uno de los más elocuentes observadores del mundo fue tomado naturalmente por el sueño americano.

 

Roy Morris, Jr. Declaring His Genius: Oscar Wilde in North America. Belknap Press of Harvard University Press.

 

Tomado de: The Daily Beast. Enero 3, 2013.

Traducción y edición: José Luis Durán King.