Feminoteca 1

En mis 40 años de vida si he aprendido algo es que las mujeres nacieron precisamente para controlar ejércitos, para dar órdenes supremas, para dominar al mundo, y si no lo han hecho es por falta de ganas y de organización

POR Severino Ortega Menchaca

 En mis 40 años de vida si he aprendido algo es que las mujeres nacieron precisamente para controlar ejércitos, para dar órdenes supremas, para dominar al mundo, y si no lo han hecho es por falta de ganas y de organización

 (pinapramoff.wordpress.com)

El término Feminoteca se lo debo a José de la Colina, bigote cano, boinita en ocasiones, vista cansada, sabedor de más anécdotas de Luis Buñuel que cualquier estúpido estudiante de cine. Ignoro si él lo acuñó. No voy a correr a preguntarle, porque tampoco me importa.

Mujeres. Tristes cuando esperan a que llegue el marido borracho. Alegres cuando se miran terminando de lavar los trastes. Desdichadas algunas y otras histéricas. Patricia era el nombre de ella. Un poco robusta. Buenos senos y una cara entre de angustia y de amargura. Vayan ustedes a imaginar cómo es una cara así. Debía tener 25 años. Ella, porque yo debía tener 13, entrados a 14. Qué diablos. Cuando una mujer consigue electrizarte no vale la diferencia en edades. Tampoco somos abuelos que se espantan de esto. Como cualquier historia ridícula debería a continuación escribir: sucedió una tarde de marzo. O el erase que una vez ñoño de las Mil y Una Noches. O había un adolescente y una mujer en un remoto pueblito con el que los adultos pretenden tomar por estúpidos a unos niños que harían bien en asesinar a sus padres cuando crezcan o en refundirlos en cualquier asilo de ancianos donde alguien limpie sus traseros y cuide de sus próstatas. Qué diablos.

Como paso de largo de cualquier escuelita de formación literaria donde abundan frustrados escritorzuelos de medio pelo, o de estructuras narrativas incomprensibles, inútiles y huevonas, voy a comenzar por la parte final de mi historia: cogí con Patricia. Corrijo para las buenas conciencias: ella me cogió a mí.

A esos mismos niños que se considera imbéciles a la hora de explicarles los mecanismos asquerosos del mundo se les dice que aquello que hacen en determinado momento un hombre y una mujer se le llama hacer el amor. Vaya mentira. Y luego el papá tiene una amante que se coge los viernes y los sábados por la noche. Y luego la mamá tiene otro amante que incluso promete ponerle una casa aparte, hijos incluidos. Vaya farsa pedagógica de mentes retorcidas.

Pónganle por nombre como gusten. Fornicar a mí me suena peor. No sé qué tienen dos r seguidas que tan sólo pronunciarla me da mucha hueva. Follar es demasiado europeo para alguien como yo que compra zapatos de medio uso en cualquier tianguis y que no le debe a los españoles más que mierda de caballo por una arquitectura superior a la de ellos, enfermedades venéreas, apeste a sudor rancio y unos tintes de superioridad a los cuales cualquier niña de colegio particular rinde pleitesía atraída por barbas en las axilas, la z en lugar de la s y los embutidos, incluso cuando una que otra anoréxica lo vomita tras el primer bocado.

Penetrar. Me gusta porque no se anda por las ramas y va directo a la acción. Yo te penetro. Diría cualquier gramático empolvado en una silla de la biblioteca central: verbo donde predomina el movimiento. Te quiero penetrar. Así debí decirlo frente a mi guapa (exagero) Patricia. Pero en lugar de eso, una vez que estaba encima de ella, mientras acariciaba a un pornográfico cachorro maltés, me preguntó: ¿quieres hacer el amor? Qué diablos.

 Jenna Peij (http://www.tumblr.com/tagged/jenna)

Antes jugamos a las cartas en su casa. No sé si muchos de mis lectores lo saben pero antes de las cajas idiotas de plástico con su Xbox y PlayStation y cuantas porquerías encuentren existían los juegos de mesa. Pongámonos nostálgicos como en cualquier película cursi italiana: un juego de mesa se llamaba Uno y era como la baraja, nada más que con colores chillantes capaces de desgraciarle la vista a cualquiera. Serpientes y Escaleras con dados incluidos que soltabas sobre la mesa y tenías que bajar o subir según la casilla que te tocase. A mí parecer de los mejores. Turista para viajar de allá para acá como doña aseñorada de las Lomas. Monopolio para que cualquier hijo de obrero acariciara de manera ficticia el placer inalcanzable de sus patrones.

Y frente a estos juegos te pasabas horas y horas en lugar de andar masacrando soldados rusos o afganos, de violar mujeres camboyanas, quemando tu mirada y aprendiendo de los videojuegos un idiota odio por una guerra en la cual te orinarías si estuvieras ahí sosteniendo no ya un rifle sino una grotesca resortera.

Gané varias partidas de Uno incluso corriendo el riesgo de quedarme ciego. A mis 13 o 14 años sabía hacer trampas, era mentiroso y mandaba al carajo la idea estúpida esa de que lo importante no es ganar sino competir. Lo mejor de todo: también era un experto observador de senos. Y los de Patricia se me presentaban turgentes, tal y como dicen son los de algunas rusas en la pluma de cualquier escritor venido a menos que jamás conseguirá superar a Tolstoi (ante usted me hinco, maestro). Una blusa jardín atascada de diminutas florecitas amarillas sobre un terregal morado. Una prenda propia del mejor payaso si no fuese por los voluminosos senos. Con botones blancos exageradamente redondos al frente. Los conté: eran siete los que estaban abrochados. Los últimos tres, abiertos. Aquí, cabe señalar, nacía un milagro. Como el de la virgen de Guadalupe pero más erótico. Alcé el cuello no para verlos sino para ver las cartas de Patricia; luego, ya estando ahí, aproveché y eché una buena mirada. Me parece que fue en ese momento donde Patricia se percató de ello. Pero no dijo nada y ganó esa partida.

—Vamos a jugar con castigo para el que pierda.

Chichita de mi corazón, dime qué horas son. Así decías cada que apretabas la chichi de cualquier amigo o enemigo. Entonces si no hacía nada, si se quedaba inmóvil como figura en museo de cera insistías. Tenía que darte un aproximado de la hora. Las siete. Las seis, qué sé yo. Veías el reloj y le decías, te equivocaste, son las tales horas, y apretabas por hora la chichi. Ridículo, lo sé, y hasta sucio, también lo sé, pero cuando Patricia dijo que ese sería el castigo para el que perdiera decidí mi vocación: sería tahúr.

Le gané y condujo mi mano por dentro de la blusa. Ese calorcito aún lo recuerdo hoy en día y si bien no hace de abrigo en las noches de invierno sí consigue traerme una que otra erección generosa. En varias ocasiones. Sentí por primera vez unos pezones erectos y debo decir que en cuanto se aprietan con la punta de cualquier dedo es como si uno tuviera control sobre una montaña de carne que bien puede engrandecer o encoger con sonido surround de suspiros de Patricia.

 

(boudoirphotographytips.net)

Entonces sucedió otro milagro, este de talla canina, pues el cachorro maltés hizo su debut por debajo de la mesa, Patricia lo cargó y fue con él hasta la cama, donde se entretuvo hablándole tan nítidamente como si el pigmeo perro le fuese a contestar de un momento a otro y sostuvieran los dos larga plática entre amo y esclavo, víctima y victimario, Patricia y Moñitos, pues tal era el nombre del perro que Patricia había sacado de un catálogo de productos de Avon.

—¿Por qué no vienes con nosotros?

No insistió en la pregunta cuando ya estaba frente a ella con la cadera y las piernas echadas hacia atrás, queriendo ocultar esa tienda de campaña con la que va a excursión cualquier hombre y que por lo regular se coloca en la bragueta del pantalón.

—Ven, súbete…

A los hombres no los obedezco y, al contrario, detesto que intenten dar órdenes porque la mayoría de las veces lo hacen impulsados por ese fanfarrón que llevan dentro. En cambio, en mis 40 años de vida si he aprendido algo es que las mujeres nacieron precisamente para controlar ejércitos, para dar órdenes supremas, para dominar al mundo, y si no lo han hecho es por falta de ganas y de organización, porque han dejado el poder en cualquier intento de mujer que se las da de feminista sólo porque lee a la aburrida de pues ya quisiera ver al más valiente de los ejércitos doblegado por una tropa femenina con fusiles AK47 al hombro. Y sumiso obedecí: me puse encima de ella y comenzó a moverse, como queriendo succionar mi cuerpo por un lugar aún desconocido para mí.

—¿Quieres hacer el amor?

—¿Aquí, frente a Moñitos?

—¡Quítate la ropa, desnúdate!

Eso no lo hice por pena, pues ya para esos años mostraba un vientre medio abultadito y pensé que Patricia iba a soltar carcajadas en cuanto viera que mis senos eran casi del mismo tamaño que los suyos, nada más que deformes y con un lunarsote en el de la derecha, marca mestiza según mi padre. Desabrochó entonces mi pantalón, bajó un calzón con el escudo de Batman en las nalgas y fue tal su rapidez que ella ya se había quitado también su pantalón de mezclilla y un calzón blanco; luego me volvió a subir encima de ella y me dijo que no hiciera tantos esfuerzos por meterla, que sola se iba a meter, y así fue. Me puso debajo tras unos cuantos segundos, terminó por desabrocharse la blusa y aparecieron, una vez que se levantó el sostén, esos hermosos senos a cuyos pezones me pegué como recién nacido, hasta que ella dijo que era suficiente con eso, se puso de pie, se vistió y salió de la habitación sin decir palabra alguna.

Como cualquier columnista que se presenta por primera vez ante ustedes debo finalizar con dos conclusiones, aunque bien a bien no sé aún cuáles son. Jamás la volví a ver desde ese día, y como diría cualquier poeta cursi de cantina, su imagen se cubrió de olvido con el paso de los años. Conclusión número uno es que no conseguí satisfacerla como se lo merecía, se aburrió en nuestro primer encuentro sexual y dispuso del primer hombre real que encontró al salir de casa. Conclusión número dos es que un longevo Moñitos ahora vive conmigo, pues Patricia también lo abandonó una vez que se casó con el primer hombre real, cuando éste le prohibió llevar cualquier animal (como no fuera él) al departamento que ahora rentan por el norte de la ciudad. Quedo de ustedes lectores no queridos pues ni los conozco. Espero hayan disfrutado de esta mi primera colaboración en Opera Mundi. Si les gustó qué bien, si no, qué diablos. Abur.