Grandes escritores, pese a sus enfermedades

Shakespeare, Milton, Swift, las hermanas Brontë, Hawthorne y Melville, entre otros, superaron el dolor, el malestar, la fiebre, las náuseas, la parálisis, la ceguera, y los trastornos mentales que pudieron haber silenciado sus musas en pos de escribir obras que hoy son pilares de la literatura universal

POR Raymond Tallis

 Shakespeare, Milton, Swift, las hermanas Brontë, Hawthorne y Melville, entre otros, superaron el dolor, el malestar, la fiebre, las náuseas, la parálisis, la ceguera, y los trastornos mentales que pudieron haber silenciado sus musas en pos de escribir obras que hoy son pilares de la literatura universal

 Las hermanas Brontë (bbc.co.uk)

“Herman Melville no está bien”, escribió uno de los amigos del sombrío autor en los años de 1850. “No lo llamen volubilidad, está enfermo”. Los ojos de Melville, “tiernos como pequeños gorriones”, eran tan sensibles que tenía un porche sombreado en su casa para evitar la luz del día. También se quejaba de un dolor severo de espalda –una combinación de síntomas que hace sospechar a John J. Ross, médico del Brigham and Women’s Hospital, en Boston, de una enfermedad inflamatoria. (Aunque sugiere que Melville también padecía trastorno bipolar.)

Este diagnóstico es sólo uno más de los enigmas que Ross incluye en el libro Shakespeare’s Tremor and Orwell’s Cough, un relato fascinante de las enfermedades sufridas por William Shakespeare, John Milton, Jonathan Swift, las hermanas Brontë, Nathaniel Hawthorne, Herman Melville, W.B. Yeats, Jack London, James Joyce y George Orwell. Su libro, en el que mezcla hábilmente la perspicacia y el diagnóstico, permanecerá conmigo durante mucho tiempo. Mi emoción dominante cuando lo terminé fue de gratitud: por la valentía de los escritores, que superaron el dolor, el malestar, la fiebre, las náuseas, la parálisis, la ceguera, y los trastornos mentales que pudieron haber silenciado sus musas; y para los avances que han hecho a la medicina infinitamente más eficaz y mucho más humana de lo que era cuando estos espíritus maestros recurrieron a los médicos para obtener ayuda.

Como era de esperar, las enfermedades infecciosas que dominan el campo literario del Dr. Ross reinaron en las épocas en que los gérmenes que las causaban no eran entendidos y los antibióticos no estaban disponibles. Los sospechosos habituales, sífilis (Shakespeare), gonorrea (Joyce) y tuberculosis (las Brontë, Orwell), estaban unidos para causar las desgracias transmisibles más exóticas como el pián, una enfermedad tropical que provoca terribles úlceras (London), y la fiebre recurrente o brucelosis (Yeats). El trastorno bipolar –en el que la productividad frenética alterna con crisis cada vez más frecuentes de depresión— es plausiblemente atribuido a Melville, Hawthorne y London. Algunos de los personajes de Ross también parecen haber padecido autismo leve, que hace a las relaciones ordinarias angustiosamente difíciles. Sus problemas médicos se agravaban frecuentemente por un heroico consumo de alcohol, destinado a mitigar sus síntomas. La inestabilidad de los progenitores y otros traumas de infancia también son legión en su historial literario.

 

Jack London (taringa.net)

El trabajo habría sido bienvenido para distribuir el peso de la carga de las enfermedades que atribularon a Jack London. Un gigante carismático, guapo en su juventud, fue un náufrago moribundo a sus 40. Sus problemas incluían pián, gota, cálculos renales, una boca podrida por el recurrente escorbuto, y la retención masiva de líquidos por la nefritis. Su automedicación con una farmacia entera para paliar sus dolencias fue apoyada por su deslumbrado médico. Incluía un coctel de morfina y atropina que mató a un hombre que había sobrevivido a terribles sufrimientos en el mar y en el Klondike y que, para el momento en que transitaba su segunda década, había sobrevivido a la mayoría de sus compañeros de los astilleros. Aun así, en la última semana de su vida trabajó durante 60 horas seguidas, interrumpidas sólo por dos horas de sueño, en el final de una novela inacabada. Asimismo, Melville soportó tragedias familiares, el abandono de la crítica, profundas depresiones, trastorno de estrés postraumático, alcoholismo, insuficiencia cardíaca y artritis agonizante para escribir Billy Budd, la obra maestra final que mostró cómo su mente todavía podía funcionar al más alto nivel.

La contribución de los médicos a los males de sus pacientes eminentes es sorprendente. Mientras que el macabro tratamiento de Milton con usnea fue inútil para su ceguera, era inofensivo en comparación con el arsénico, plomo y mercurio prescrito para muchas dolencias. El inexplicable silencio de los últimos años de Shakespeare pudo haber sido a causa de la intoxicación por el mercurio utilizado para tratar la sífilis. El tratamiento de Joyce para “una dolencia privada infame” —irrigación diaria de su uretra con permanganato de potasio— es un recordatorio de que nunca ha habido un mejor momento que ahora en la historia de la humanidad para obtener una dosis de gonorrea.

Oliver Wendell Holmes, el indiscreto médico de Hawthorne, opinó de la medicina de su tiempo que si los medicamentos fueran arrojados al mar, sería mejor para la humanidad y peor para los peces. El auge de la medicina basada en evidencia científicamente fundada es sorprendentemente reciente y la reversión a la charlatanería es una amenaza constante, como nos recuerda el actual florecimiento de “medicina alternativa”.

 

W.B. Yeats (arterego.es)

John J. Ross relata muchas ironías de la vida médica de sus súbditos. La muerte de Swift “de la cabeza hacia abajo” (usando su propia frase para describir la demencia) hizo eco en el destino de los struldbrugs en su Viajes de Gulliver, a quienes la edad avanzada trajo enfermedad extrema y pérdida del sentido y la memoria. Menos conocido es el hecho de que su desinhibición en los estados iniciales de la demencia se asoció con una eflorescencia tardía de su musa poética, aunque Ross es cauteloso acerca de lo que sugiere una relación causal. El fracaso de Yeats de lograr una curul de literatura inglesa en el Trinity College de Dublín, porque la dislexia hizo que escribiera incorrectamente “Cátedra” en su formulario, es una ironía digna de atesorar, dados los miles de profesores cuyas carreras se han apoyado en el trabajo de Yeats.

Apenas he hablado sobre la riqueza de este libro ingenioso y profundamente humano. Merecería la pena leer la historia extraordinaria de la timidez patológica de Hawthorne, descrita por un amigo como “un fino fantasma en un perol de hierro”, que se perdió, como Hester Prynne, en “un sombrío laberinto de dudas”. Ross evita el error común de confiar excesivamente en sus diagnósticos retrospectivos, consciente de que nada se acopla tan perfectamente como un diagnóstico equivocado. Y también esquiva la tentación reductora de explicar la genialidad de sus escritores por patologías que, después de todo, sufren también las personas poco talentosas. Con excepción del abominable Milton –psicológicamente abusivo con sus hijas—, los escritores emergen de sus vidas en su estatus mayor. Nada puede estar más lejos de un freak show.

Aunque algunas de sus historias son familiares, nunca, en mi opinión, habían sido tan bien contadas. Muchos de los personajes de Ross sufrían enfermedades infecciosas, lo que es la especialización de este médico. Pero también es un crítico literario penetrante y un observador perspicaz y humano de las vidas de escritores. Su tacto ligero con la historia cultural, social y política es algo que muchos de los profesionales en estudios literarios pueden aprender.

 

John J. Ross. Shakespeare’s Tremor and Orwell’s Cough. St. Martin’s.

Tomado de: The Wall Street Journal. December 28, 2012.

Traducción: José Luis Durán King.