A las víctimas del odio

La escritora Esther Seligson dibuja el deseo fatal cuyo cumplimiento y saciedad habrá de devolverlos, nuevamente, a los desiertos, a la adoración del Gran Falo y del Gran Toro. Mientras tanto Abraham sigue buscando la Palabra que se esconde en la niebla, en la nube sobre el monte

POR Gabriel Ríos

 La escritora Esther Seligson dibuja el deseo fatal cuyo cumplimiento y saciedad habrá de devolverlos, nuevamente, a los desiertos, a la adoración del Gran Falo y del Gran Toro. Mientras tanto Abraham sigue buscando la Palabra que se esconde en la niebla, en la nube sobre el monte

 (friendsofart.net)

Alguien en la novela de Esther Seligson, La morada en el tiempo, le pide a la Voz un signo de esos tiempos en que cada uno va errante, siguiendo su propio trayecto en que se lleva en las alforjas el vacío de lo que se perdió y ya no alcanzará, y las únicas provisiones son deseos inciertos y vagas esperanzas; el escepticismo de ese ser atraviesa la racionalidad, rechazando el sincronizar la afirmación implícita contenida en el decir y la negación que tal afirmación enuncia en lo dicho.

Lo refutable es lo que retorna el origen del existir en donde Él y su Nombre, la Palabra que nació de la luz, primer signo visible, es motivo de la narración La morada en el tiempo, que todavía no es nombre, pero que ya es aliento, no es existencia pero ya tiene aroma, pasaje del pensar al soplo que da vida a las aguas, a los sueños compartidos de Jacob y Rebeca del reino de lo inasible.

En el prefacio del libro mayor de Emmanuel Levinas, De otro modo que ser, o más allá de la esencia, el investigador Antonio Pintor-Ramos escribe que la filosofía sólo será posible como un nuevo comienzo que destruye sus configuraciones efímeras y rectifica íntegramente la dirección recorrida, no sin aprovechar entre los escombros los materiales adaptables al nuevo proyecto.

Un mundo onírico donde cualquier persona podría clonarse en el mito de Ulises, que como sabemos, sale de su patria conservando todas sus pertenencias y, al final de su periplo, retornará a la misma dejando de lado y marginando mediante el engaño y la astucia todos los peligros exteriores que se oponían a su retorno. En La morada en el tiempo al mismo personaje con todas estas atribuciones le arrebatarían el abrigo, la camisa y los pantalones, lo vapulearían y encerrarían en el armario. Podría ser porque simplemente se dejó llevar por el niño, ayudante del tabernero, con quien tuvo un encuentro sexual, la ternura jamás tenida y el agradecimiento infinito al personaje.

La travesía por el desierto tiene que ver con la inspiración de las caravanas, de la anarquía que fracasa en la reunificación, sembrando su propia sepultura en las arenas, hasta que llega a borrarse la nostalgia del asiento anterior y se inflama en las nuevas generaciones el deseo de conquista y posesión. La escritora Seligson dibuja el deseo fatal cuyo cumplimiento y saciedad habrá de devolverlos, nuevamente, a los desiertos, a la adoración del Gran Falo y del Gran Toro. Mientras tanto Abraham sigue buscando la Palabra que se esconde en la niebla, en la nube sobre el monte.

 

(jornada.unam.mx)

Ciudadano de La morada en el tiempo se pregunta: ¿qué puede la fatiga del hombre frente al orden inmutable del cosmos? y ¿qué necesidad tiene el Absoluto ni de los esfuerzos ni de los fraudes humanos? A la cabeza, anota Seligson, viene danzando el mensajero de la Voz, precisamente la extirpe de Jacob que retorna del exilio, pues como lo manifiesta Levinas en ese monumento de obra filosófica aludida arriba, la sustitución libera al sujeto del aburrimiento, del encadenamiento a sí mismo en el cual el yo se ahoga del modo tautológico de la identidad y busca la distracción del juego y del sueño en una trama sin usura.

Otra parte del libro de Seligson: la vieja vuelve a caminar y a seguir mascullando entre dientes como si paladeara un guiso blando, lo que nos hace reflexionar acerca de la mujer en cuyos frágiles muros de su cuerpo deja filtrar la sórdida violencia en un intento por describir una pareja, en la que ella es calificada de puta, dando paso a una nostálgica melodía de otro país, el desfase de la identidad del presente viviente, de la intencionalidad de la retención y la prospección.

El profeta como el filósofo no alcanzan la maravilla del exterior, perdiendo la sensibilidad, cosa que para la creadora es un error, pues la vida tal y como la relata en La morada en el tiempo, con relieves y asuntos muy propios, con muchísimos buscadores de Dios, es de carácter pluriforme.

A la memoria de los seres más próximos entre los más de seis millones de asesinados por los nacionalsocialistas, al lado de los millones y millones de humanos de todas las confesiones y naciones, víctimas del mismo odio del otro hombre, del mismo antisemitismo, reza la dedicatoria de Emmanuel Levinas en De otro modo que ser, o más allá de la esencia. Al respecto Seligson recurre al silencio de la Voz de ese magnicidio ante el hombre que espera un signo, una señal, un zureo, un aletear, un ancla transformada en pájaro, una estrella en cuenco de aguas, zarza, tórtola, ciclamen.