Por qué somos blanco de nuestras mentiras

Hay varios factores que inciden en la propensión a adoptar comportamientos deshonestos. El cansancio es uno de ellos, incluido el cansancio intelectual. En cierto modo es como si necesitásemos estar en plena forma para portarnos bien

POR Juan Ignacio Pérez Iglesias

 Hay varios factores que inciden en la propensión a adoptar comportamientos deshonestos. El cansancio es uno de ellos, incluido el cansancio intelectual. En cierto modo es como si necesitásemos estar en plena forma para portarnos bien

 

Imagen: Geoffrey James (inc.com)

Dan Ariely es un psicólogo que trabaja en el campo de la economía conductual. Ocupa la cátedra James B. Duke de Psicología y Economía Conductual en la Duke University. Se hizo muy conocido con la publicación de dos libros, Las ventajas del deseo y Las trampas del deseo. Y ahora se ha publicado en español Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos, traducción de The (honest) truth about dishonesty. En este libro, Ariely analiza los comportamientos “deshonestos”, las mentiras, las trampas, las motivaciones de esos comportamientos, así como los límites que les imponemos.

A lo largo de diez capítulos describe experimentos, casi todos ellos realizados por el propio autor con diferentes colaboradores. En ocasiones me ha resultado excesivamente minucioso en la descripción de los experimentos y en la presentación de los resultados. Y en otras ocasiones he pensado que la interpretación de los datos era un tanto alambicada, y a veces hasta de coger con pinzas. Pero en términos generales me ha parecido un libro valioso. Para alguien como quien escribe estas líneas, muy dado a la introspección y a interpelarse a sí mismo acerca de los motivos reales de lo que hace, ha resultado especialmente instructivo. Además, la descripción de los experimentos, aunque pueda ser excesivamente detallada, tiene la ventaja de que los hace transparentes. El lector puede juzgar por sí mismo si el diseño es adecuado y si las conclusiones están bien fundamentadas en los datos obtenidos. Los experimentos son reproducibles, por lo que la corrección de los resultados es perfectamente contrastable.

Ariely empieza sometiendo a contraste la denominada “hipótesis del crimen racional”, según la cual el engaño es el resultado de una evaluación racional de las ventajas e inconvenientes de un comportamiento deshonesto, valorando la probabilidad de ser descubierto, las consecuencias de tal posibilidad, así como las ventajas de hacerlo. Y resulta que esa hipótesis no funciona, porque nos imponemos limitaciones a nuestro propio comportamiento, de manera que estamos dispuestos a adoptar comportamientos deshonestos o fraudulentos, pero sólo hasta un cierto límite, que lo establecemos nosotros. Al fin y al cabo, nos importa nuestra imagen, también la que tenemos de nosotros mismos.

Resulta que si, por las razones que sea o mediante el procedimiento que más convenga, tenemos presente algún código de conducta (de naturaleza religiosa o de otro tipo), la probabilidad de que engañemos disminuye sensiblemente. También analiza la influencia de los incentivos en nuestro comportamiento, lo que se conoce como conflicto de intereses, porque incluso las personas honradas tienden a adoptar el comportamiento que más les favorece, incluso si ello conlleva algún tipo de engaño o fraude. Tendemos a minusvalorarlo o a pensar que esa forma de proceder no es deshonesta. Y a la inversa también ocurre; si tenemos o creemos tener alguna deuda de gratitud, tendemos a favorecer a las personas o entidades para con quienes experimentamos ese sentimiento. Al parecer, de ese sesgo en el comportamiento hacen uso con frecuencia visitadores médicos, intermediarios financieros o investigadores universitarios contratados por alguna empresa. Y lo malo es que ni tan siquiera la transparencia, el hecho de hacer públicos los posibles conflictos de intereses, supone una solución eficaz al efecto de esos sesgos.

 Rosy Martin (indecentbazaar.wordpress.com)

Hay varios factores que inciden en la propensión a adoptar comportamientos deshonestos. El cansancio es uno de ellos, incluido el cansancio intelectual. En cierto modo es como si necesitásemos estar en plena forma para portarnos bien. También es más fácil que hagamos trampas en algún asunto si en ese momento o en el mismo contexto estamos haciéndolas en relación con otro asunto; es como si una vez tomado un camino equivocado persistiésemos en el error con facilidad; esto es, una vez hemos relajado los estándares éticos, esa relajación tiene efectos adicionales.

Por supuesto, también nos engañamos a nosotros mismos. Además, las personas más creativas son especialmente buenas encontrando coartadas o “razones” para engañarse a sí mismas y a las demás; o, dicho de otra forma, elaborando “historias” sobre las cuales justificar el comportamiento deshonesto que, de ese modo, ya no lo sería o no lo sería tanto. Por eso, es bueno tener más cuidado con las personas creativas; tienen más facilidad para hacer trampas y para convencerse a sí mismas de que no lo son. Esto –el lector se habrá percatado ya— puede tener consecuencias muy negativas en el campo de la investigación científica: los científicos, sobre todo los buenos, son muy creativos, y tienen, además, incentivos muy poderosos para comportarse de forma deshonesta.

El comportamiento deshonesto es contagioso. Si vemos que otros hacen trampas es más fácil que las hagamos nosotros. O también en ámbitos en los que sin llegar a tener plena constancia, existe la convicción generalizada de que se hacen trampas. Eso es importante y tiene consecuencias especialmente dañinas en el mundo de las finanzas. Un aspecto del fenómeno del contagio de especial trascendencia es que es muy fácil que se extienda por todo el cuerpo social la permisividad para con la corrupción. El riesgo existe, sobre todo, si quienes incurren en comportamientos fraudulentos o deshonestos son personas relevantes desde el punto de vista social, conocidas por todo el mundo. Es el caso de los políticos, deportistas o empresarios de éxito; se trata de personas muy conocidas y, en algunos casos, bien consideradas. Cuando concurren esas circunstancias, los comportamientos deshonestos, incluso cuando son de escasa importancia en cuanto a sus consecuencias “objetivas”, pueden tener un importante efecto “disolvente”. Por esa razón no es bueno transigir con las pequeñas trampas o corruptelas de “baja intensidad”, porque se convierten con facilidad en el campo de cultivo de fraudes de más alcance y gravedad.

 

(hughkretschmer.net)

En resumen, el engaño, el comportamiento deshonesto, el fraude, la falta de ética, los comportamientos antisociales en general, se producen con mucha facilidad. Además se contagian. También nos engañamos a nosotros mismos. Y pueden tener consecuencias sociales muy negativas. Por eso es una materia de estudio del máximo interés, porque conviene conocerlo lo mejor posible para dar el remedio adecuado o al menos el tratamiento paliativo más eficaz. Y no nos engañemos, unos en mayor y otros en menor medida, todos hacemos trampas.

 

Dan Ariely. Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos. Ed. Ariel, 2012

Tomado de: www.blogseitb.com. Diciembre 25, 2012.