Seudónimo Quincey 23

Pamela es la novia de Xocoyotzin. No es que lleven tanto tiempo. Apenas unos cuantos meses. Pero ella tiene la mala costumbre, según su madre, a quien conoció en el cumpleaños de un sobrino, de contar todo lo que ve así sea bueno o malo

POR Óscar Garduño Nájera

Pamela es la novia de Xocoyotzin. No es que lleven tanto tiempo. Apenas unos cuantos meses. Pero ella tiene la mala costumbre, según su madre, a quien conoció en el cumpleaños de un sobrino, de contar todo lo que ve así sea bueno o malo

 (AFP)

La recamarera soplona…

Ignoro lo qué van a hacer conmigo. Me duele el cuerpo. Lo siento molido por los golpes.

—¿Qué quieren?

Alguien encendió la radio del automóvil. Un noticiero con enlace al reporte vial. Volumen alto. Más golpes. Respiración agitada.

—¡Acaben de una vez!

No sé cuántos ejes viales presentan problemas de congestionamiento debido a una marcha que se dirige al centro de la ciudad.

Una voz grave y un nombre: Patricia, ¿o Pamela?

Ahora intento moverme. Me arrastro. Soy la mitad de una jodida lombriz que se sacude. No son policías los que tocaron a la puerta del departamento. Estoy seguro.

¿Qué pretenden?

Decido no continuar. Siento un líquido caliente entre mis piernas. Me orino. Lo acepto: el miedo consigue paralizarme.

Lo cierto es que el papá de Cuitláhuac trabaja como pastorero en una taquería cuya especialidad es el pastor y la amplia variedad de salsas. Aprendió el oficio desde niño. A colocar capa tras capa de carne con la paciencia necesaria. Tomar el cuchillo también requiere de cierta destreza (“arte”, dice su papá). Porque no es lo mismo cortar un pedazo de chuleta en una plancha, con un punto de apoyo estable, que hacer malabares al pie de un filoso cuchillo, sin más apoyo que el cálculo preciso de la fuerza muscular que imprime el brazo.

Así se atrapa la carne para dejarla reposar en la grasosa tortilla, luego se deja el taco en el plato de plástico, se espolvorea cebolla y cilantro y, al final, se arroja desde las alturas el toque maestro de la piña. Cuando no eres tan buen pastorero aquí es donde se nota. Víctimas de las prisas los hay que terminan por hacer de la piña algo parecido a un puré. Para hacerlo adecuadamente se tiene que recargar la punta del cuchillo en la fruta y aplicar un poco de presión para conseguir el corte exacto (su papá lo prefiere rectangular) y cacharla ante la mirada de asombro de los comensales.

Cuitláhuac no lo pensó en el momento. No era uno de esos jóvenes acostumbrados a actuar así. Tal vez llevaba años con esa idea. De dónde se le ocurrió, nadie lo sabe. Pero si Xocoyotzin acepta, al fin va a comprobar si la carne del profesor se corta con la misma facilidad que la carne al pastor cuando gira en el trompo.

—Si quieres, tú nada más me lo sostienes con fuerza…

Xocoyotzin lo escucha ya con cierto fastidio y prefiere ignorarlo.

Cuando dice “con fuerza”, Cuitláhuac pierde la mirada en un punto lejano, donde acaso imagina uno de los tres cuchillos que su papá guarda en una caja de cartón bajo la cama, uno de ellos con el nombre de una taquería grabado, reconocimiento a su buen trabajo como pastorero.

—¿Y después?

Xocoyotzin ya no recuerda cuántas veces ha repetido la misma pregunta y cuántas Cuitláhuac ha contestado “está bien”, pero insiste en comparar los cortes luego de unos cuantos minutos.

Cuitláhuac está por tomar el cuchillo imaginario de su papá en el aire, hace un ruido extraño con la boca (cercano a un bramido) y lo que dice lo suelta casi sin respirar.

—A ti lo único te preocupa es que Pamela le chupe la verga…

 

(turbosquid.com)

Pamela es la novia de Xocoyotzin. No es que lleven tanto tiempo. Apenas unos cuantos meses. Pero ella tiene la mala costumbre, según su madre, a quien conoció en el cumpleaños de un sobrino, de contar todo lo que ve así sea bueno o malo, por lo que a la cuarta cita (una película de Tarantino, aunque quizá fue una de Spielberg) le contó a Xocoyotzin lo que había visto esa mañana al llegar temprano a la preparatoria. Abrió la puerta del salón y se percató de que el profesor ya había llegado, estaba sentado tras del escritorio, atento a la lectura de un periódico que sostenía con ambas manos y lanzando uno que otro suspiro. Un camión de pasajeros destrozado en mitad de cualquier carretera. Algo acerca de un impactante accidente automovilístico en la portada. Pamela dijo “buenos días, profe”, entró y aventó la mochila rosa en una de las sillas de hasta atrás. Faltaban unos cuantos minutos para que iniciara la clase, por lo que decidió salir por un capuchino, los cuales vende una flacucha anciana en la entrada de la preparatoria. Mientras comía palomitas con salsa valentina, Pamela aprovechó una escena de pelea de bar y le dijo al joven que todo había sucedido tan rápido que incluso más tarde dudó de lo que había visto, ya que su madre le ha dicho que ella tiene capacidades especiales para ver lo que los otros no ven. Hincada, abajo del escritorio, entre las piernas del profesor, estaba Leticia, que se las daba de alumna inteligente, presumía de haber leído todo Julio Verne a los diez años, de padre dueño de una cadena de tacos de canasta, con promesas de que la mandarían a estudiar a la mejor universidad de Europa, aunque en realidad eso ya no significara mucho; y ella, Pamela, que con esfuerzos conseguía aprobar las materias, sin padre, muerto en un tiroteo, con una madre que cosía vestidos para XV años. Cuando el joven le detuvo la mano antes de que la metiera en la bolsa de palomitas le preguntó por lo que hacía Leticia debajo del escritorio, Pamela gritó la respuesta y un hombre mayor de pelo cano les pidió que guardaran silencio.

—Le chupaba la verga al profesor.

Xocoyotzin intentó sonreír tras pedir disculpas. No era mal parecido y creía estar acostumbrado a que las mujeres entretejieran mentiras con tal de obtener sus favores sexuales, por lo que al principio tomó la confesión de Pamela como una de tantas insinuaciones. También se ruborizó en cuanto escuchó la palabra “verga”. Lo primero que pensó fue en pedirle a Pamela que le pusiera otro nombre. Sí, el que tú quieras, pero otro. Luego los dos permanecieron en silencio, atentos a las palomitas y a la película, una de Tarantino. No volvieron a tocar el tema.

Hasta que una noche de sábado ocurrió en los billares Rey de Carambola a donde llegó en compañía de otros jóvenes. Iban a pedir la tercera cubeta de 15 cervezas cuando Axayácatl contó lo que había visto Alicia, su novia, al llegar más temprano de lo normal al salón de la preparatoria. Ella es de las que se callan las cosas, pero le rogué que me contara, dijo mientras embarraba de gis la punta de un desgastado taco de billar. Abrieron las cervezas.

—Una chavita le estaba chupando la verga al profesor…

Silencio entre los jóvenes.

—¡No mames! ¿Lo pueden creer?

Xocoyotzin sí que lo creía e intentó disimular el rubor en las mejillas. Axayácatl hizo un tiro perfecto, dijo ¡ya me los chingué!, y dio un largo trago a la cerveza.

 

(vivirmexico.com)

Repentinamente comenzó a sonar en las bocinas del lugar un corrido norteño: trataba sobre un narcotraficante que es capturado tras de que su madre lo delata con los de la DEA, lo enjuician y le dan varios años de cárcel en una prisión de máxima seguridad; luego se escapa con la ayuda de un comando armado y regresa al pueblo con la sola idea de matar a su madre, al llegar se lleva la sorpresa de que ella ya se fue a vivir a otro país con el dinero de la recompensa, no se sabe lo que pasa con el narcotraficante, porque en eso el encargado del billar baja el volumen del estéreo y sube el de las dos televisiones (control remoto en mano), donde ya inicia un partido decisivo en la liguilla de futbol.

Xocoyotzin no se sintió tranquilo esa noche incluso cuando apenas si se bebió dos cervezas. De madrugada llamó por teléfono a Pamela, quien tenía apagado el celular por instrucciones de su madre.

Al día siguiente se encontró con Cuitláhuac y le contó lo que hacía un profesor de preparatoria con sus alumnas, entre las cuales, lo dijo con pena, estaba su novia, Pamela. Y vete a saber por qué el hijo del pastorero enfureció.