Seudónimo Quincey 24

Cómo llamas a un padre que pierde a su hija si es que un nombre hay que darle, cómo explicas a los demás que ahí, sobre esa mirada, hasta las pinches lágrimas son distintas, pero que no justifican la idea de celebrar unos XV años para la difunta del pueblo

POR Óscar Garduño Nájera

 Cómo llamas a un padre que pierde a su hija si es que un nombre hay que darle, cómo explicas a los demás que ahí, sobre esa mirada, hasta las pinches lágrimas son distintas, pero que no justifican la idea de celebrar unos XV años para la difunta del pueblo

(clrcommunity.org)

Eso sucede: tras tantas y tantas preguntas, en montones todas ellas, llega un momento en que para encontrar cualquier respuesta tienes que ahuecarte, tal y como queda algo que antes estuvo lleno, mientras preguntas y preguntas, y ahora las preguntas ya no hacen otra cosa sino golpear tus de por sí quebrados pensamientos, machacarlos, si haces o no lo correcto, quién lo sabe, si aún no das con las claves para convertirte en hombre, para empezar a serlo, si es que en algún momento se empieza, pero también tienes claro que hay muchos hombres que se acobardan, les basta con llorar unos cuantos días a sus muertos y luego todo vuelve a ocurrir bajo la misma normalidad, aquella que, una vez desnuda, cruel, trae consigo tijeras y corta un remendón de olvido para zurcir ahí donde antes tuvo su origen el dolor, pero, a ver, qué hay hasta ahora de ese asesino si ni siquiera se molestan en ir tras él, porque entiendes que la venganza funciona con un mecanismo preciso, consigue impulsar a los hombres, los arrumba hasta ponerlos frente a frente con el mismo hombre que jaló el gatillo y ¡pum!, porque lo cierto es que así se escuchó el andar de la bala que llegó fast track para arrebatar la vida de Andrea; cuesta tanto que lo entiendan frente a los mirones, los cuales se multiplican como asquerosas sombras que ni siquiera la noche consigue combatir, o frente al gordo Quixtlihuac, y cómo llamas a un padre que pierde a su hija si es que un nombre hay que darle, cómo explicas a los demás que ahí, sobre esa mirada, hasta las pinches lágrimas son distintas, pero que no justifican la idea de celebrar unos XV años para la difunta del pueblo, cómo les explicas que no sólo hay que reponerse frente a la muerte, mantener la fe en la fortaleza del hombre, porque lo cierto es que los muertos más enraizados se olvidan, hasta que una memoria consigue escapar del féretro, se enrolla en la tierra aún húmeda, da contigo, te cicatriza con recuerdos y ahora es a ti a quien meten dentro de un oscuro féretro, también a dormir, porque más de uno dirá frente a la ventanita lo que dijeron con Andrea: parece que duerme, eso de no ser porque ya no respira, porque con esa memoria también se escapó el aire, llegó a tus labios, los besó, repentinamente suspiras, te preguntan (la gente siempre hace preguntas), alguien que está ausente, que ya no está entre nosotros, que se nos adelantó.

 

(wired.com)

Queda desenterrar el odio.

Tomarlo entre las manos, sentir que su peso aumenta cuando se le suma el de los dedos y los huesos, luego soltarlo por todos los caminos cual tierra de una maceta quebrada, y ya no haces sino esparcir los restos e ir tras el hombre donde quiera que se encuentre, vivo o muerto (mejor muerto, mil veces muerto), él significa el origen de una desgracia que se reprodujo, porque es un hecho que la muerte de la niña Andrea (una niña que siempre tendrá 15 años) rompió algo en ese pueblo que si bien no era tan tranquilo al menos andabas por sus calles empedradas respaldado por alientos ahogados, ese estar dentro de un tiempo que se cierra sobre sí mismo con toda su musculatura para erigirse en otro donde aún tienen cabida las sonrisas y las miradas atascadas de eso que los hombres mayores llaman esperanzas, muchas de las cuales terminan por llenarse de gusanos, tal y como encontraron agusanada a la otra mujer una vez que el vendedor de ropa dejó de hablar de las virtudes del levantanalgas y se delató; entonces se aseveró que se estaba matando a las mujeres, que alguien lo hacía, y lo dijo sin alterarse, acaso embarrado por algo de miedo, porque tenía una hija, mayor que Andrea, morena de pelo negro a la cintura, ya con dos niños, uno se llama igual que él, y no ha de ser sencillo darte de frente con la noticia: se están asesinando a las mujeres, el solo verbo causa repugnancia y la pronuncian entre dientes, ya que ante lo que ellos consideran una brutalidad no se sostiene el significado de matar, sino que es necesario recurrir a otra palabra, y está es asesinar, tantas y tantas palabras que les hacen falta y que acaso quisieran inventar en torno a ellos como sogas, hacen esfuerzos y aun así entienden poco de la muerte de mujeres, se miran entre ellos, vuelven a advertir acerca de ciertos peligros a las mujeres que, dicen, siguen con vida, esta última palabra les asquea, y alguno de los hombres (mayor, barba cana mal cortada, mirada hundida) dejó su jarrito de mezcal a medias y habló de medidas que luego se hicieron ley de palabra, y que al final ninguna de las mujeres respetó, porque a quién se le ocurre eso de poner horarios para andar en las calles, o de vestimentas que pueden provocar o no cuando lo que más viste en ese pueblo tanto a hombres como a mujeres es la pobreza, y las mujeres increpan a los hombres, hay uno que otro altercado, algunas de ellas alzan la voz, se atreven a sacudir a sus esposos, otras golpean sus pechos, terminan por llorar y maldecir, lo hacen para que de una buena vez se larguen tras de los asesinos, y emplean el plural con la intención de paralizar al horror, mientras ellos que no van todavía, en silencio, soportan hasta los más feroces insultos, cobardes, cobardes, es lo menos que les llegan a gritar, y no falta el que responda de ellos: a ver si te pones tú con alguien que de seguro va armado a lo mejor no con una pistola, aunque también para eso tienen en el pueblo machetes y hachas, justo una de estas fue la que rebanó el cráneo de Emiliano, bola de cabrones inútiles, pero en sus comparaciones de rapidez muchos hombres trazan dos líneas paralelas, y en una de ellas colocan a las balas cuando salen de cualquier hocico de pistola, y en la otra línea colocan los mejores y más rápidos movimientos de cualquier machete o hacha, y aunque a la que cayó sobre los pensamientos de Emiliano le dan el récord nada más con imaginarla, se repliegan los hombres, parece que se recuestan sobre las tantas y tantas miradas donde hace ocaso la incertidumbre, entonces qué, bola de cabrones inútiles, insiste una voz, esperamos a que no sólo lleguen por las mujeres sino para que también se los lleve la chingada a ustedes, y es en ese momento cuando algo en el pueblo comienza a apestar, puede ser el miedo, porque del odio ya no se habla, mucho de su apeste lo recogió un joven, luego lo envolvió cuidadosamente, inhaló de él antes de hacerlo, sus pulmones se agrietaron, hasta que el apeste del odio se esparció dentro de él, lo echó en una mochila, ese apeste ahí junto a las pocas cosas que llevaba roza la única carta de Andrea, y una última mirada antes de trepar por la mañana, ese pueblo de hombres incompletos, o cobardes, porque si algo ha aprendido el joven es que las dos cosas significan lo mismo, vaya lección.