Tito Monterroso y el sentir del tiempo

La personalidad de Monterroso, en primera instancia, era la de un hombre equilibrado, armonioso. Me parecía que sus impulsos hermanados entre sí seguían sin complicaciones la guía de su mente. Sus pasiones no sé si eran sosegadas, pero nunca evidenciaba angustia o desesperanza alguna

POR Gabriel Ríos

 

La personalidad de Monterroso, en primera instancia, era la de un hombre equilibrado, armonioso. Me parecía que sus impulsos hermanados entre sí seguían sin complicaciones la guía de su mente. Sus pasiones no sé si eran sosegadas, pero nunca evidenciaba angustia o desesperanza alguna

 

(rtve.es)

Y para qué digo infierno, si yo no vivo ahí. Es ese complicado, pero en todo caso, monumental esfuerzo mental del pensamiento, diría Monterroso.

Observo con delectación a la vejez, a un señor de unos 80 años o más, regando sus plantas. Alguna vez me platicó que su muchacho, supongo que su hijo, le traía lo necesario para sus alimentos, además de su compañía.

Algo usado por Monterroso, válido por ser literatura, era apoyarse en frases, por ejemplo, la de Jaime Sabines, que a pesar de ser pesimista, Tito le daba el toque de humor y al mismo tiempo la asociaba con la timidez propia.

“De una humilde arrogancia” como el caso de Jorge Luis Borges, decía.

El señor, me daba cuenta, lavaba su baño y su ropa casi a diario: siempre había un olor a desinfectante, aromas a bosque, con su aparato de sonido encendido todo el día, con música de sus años, boleros de gran nivel.

Lo que más me gusta de la relectura de la obra de Monterroso son sus moscas-frases, como aquella que se refiere a los clones de Wittgenstein.

Tito se incluía en sus cuentos: la esencia del poema.

De las lecturas de uno de sus personajes, la de Los hermanos karamazov, mezclados con media botella de ron y la Tercera sinfonía de Brahms, ocurre el pensamiento asistido por un epígrafe: el mundo es perfecto, pero confuso, porque Dios sólo está imaginándolo.

Quién no recuerda esa pieza única e imprescindible de Tito Monterroso, llamada “El informe Endymion”. Describe el bar “en el que el poeta Dylan Thomas bebía a diario”, pero, advierte Monterroso, no habría que confundirlo con el Woody’s Bar and Grill, en el que Thomas ingirió en la desolación 18 whiskey finales que lo llevaron directamente al Delirium tremens.

Por cierto, qué alivio saber que todavía se encuentran entre nosotros los cuentos de Tito Monterroso, pues me llama la atención con respecto a alguna mínima de Proust: “Y también por las moscas, que estaban ejecutando en mi presencia, y en su reducido concierto, una música de cámara del estío”.

Digo lo anterior, porque casi como siempre me sucede, tuve una opinión indescifrable de su relato “Las criadas”, en uno de los talleres que impartía en la UNAM. Su sonrisa me dejó muy inquieto.

“El movimiento perpetuo” de Monterroso, tenía que ver con su estatura, ligereza en el andar, punzante, pero siempre buena onda. De lo que sí estoy seguro es que lo que más le molestaba hasta el copete era la solemnidad.

Un ejemplo extraordinario de lo anterior, es lo del poeta William Blake, que sentado al lado de su esposa en un pequeño pabellón, sintiéndose Adán y por supuesto, ella Eva, recitaban pasajes del Paraíso perdido de Milton.

 

(ciudadseva.com)

La personalidad de Tito Monterroso, en primera instancia, era la de un hombre equilibrado, armonioso. Me parecía que sus impulsos hermanados entre sí seguían sin complicaciones la guía de su mente. Sus pasiones no sé si eran sosegadas, pero nunca evidenciaba angustia o desesperanza alguna.

Sin embargo, en su literatura, básicamente en el cuento titulado “Bajo otros escombros”, un alma en pena se pasea ante la puerta de un hotel de paso, ubicado en la calle París de Santiago de Chile.

Al sospechar de la infidelidad de su mujer, pero al mismo tiempo dudar, la recurrencia es la discrepancia hasta sus últimas consecuencias.

Acarrea resultados sorprendentes para el lector, cosa que satisfacía enormemente a Monterroso, pues para él una cosa elemental, la historia de esa pareja, estaba llena de abjuraciones, mentiras y vanidades.

Para mí, Tito Monterroso era una especie de converso, cuyas ideas ocupaban una extrañeza, el espacio habitual de su energía. Tito, al igual que ese señor, mi vecino, vivía en pleno recogimiento: sin sufrimiento por el futuro ni por los resultados de cada día. Tomaba en cuenta los acontecimientos, tal y como se le presentaban por momentos.

Olvidar el pasado, para Monterroso, era dejarle el paso a los deberes.

En aquel entonces me descubrió el prólogo de Jorge Luis Borges, “Beneficios y maleficios” sobre La metamorfosis de Kafka: un mundo de laberintos metafísicos, infinitos, eternidades, trivialidades trágicas, relaciones domésticas equiparables al mejor imaginado infierno.

El prefacio de Borges constituyó para mí algo tan necesario como respirar.

Luego me introduje en las maravillas de Tlön, donde el mismo Borges prefirió instalarse en una Quinta de Ramos Mejía, acompañado de Bioy Casares, y ante la vista  de un inquietante espejo se le ocurrió lo de los espejos y la cópula: abominables, porque multiplican el número de los hombres.

Además entendí que las alegorías de Kafka parten de algo absurdo o imposible, para relatar en seguida los efectos con lógica sosegada, un realismo difícil de aceptar, sin la buena fe o la credulidad previa del lector.

De esa materia está compuesta la obra de Tito Monterroso: joya que nos descubre la cultura de la cotidianidad y el sentir del tiempo.