Agustina y los gatos

El frío se colaba entre las tablas, palos y cartones trayendo el sempiterno olor a excremento, meados y humo de marihuana. El velorio y el entierro de Edmundo habían cansado a Agustina. Se acostó a las dos de la tarde y se durmió al instante

POR Roger Vilar

 El frío se colaba entre las tablas, palos y cartones trayendo el sempiterno olor a excremento, meados y humo de marihuana. El velorio y el entierro de Edmundo habían cansado a Agustina. Se acostó a las dos de la tarde y se durmió al instante

 

Novela (fragmento)

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1

Edmundo empujó demasiado la carne y el molino le trituró el brazo. Unos reporteros de nota roja llegaron a la Central de Abasto y fotografiaron al hombre de sesenta años con el gran cilindro de acero colgando del torso. Gritaba mucho y no se desmayaba. El Escuadrón de Rescates y Urgencias Médicas lo llevó a la Cruz Roja en helicóptero. Con una sierra cortaron el metal, lo abrieron, salió el amasijo de huesos y venas y Edmundo  murió desangrado. Al mismo tiempo, en la bodega de carnes, uno de los reporteros encontró un dedo. Era la primera vez que veía carne humana y lo alzó hasta un foco. Se asombró ante el color rosa claro. En ese instante llegó una gorda de tez morena, pelo canoso, despeinado, y se presentó como Agustina, esposa de Edmundo. “¿A dónde se lo llevaron?” “A la Cruz Roja que está en Polanco, señora; señora, señora… Mire, aquí tengo uno de sus dedos”. Agustina arrebató el despojo. La carnicera le dio veinte pesos, lo correspondiente al medio día trabajado por Edmundo. “No puedo darle más, y eso que soy buena, el pendejo de su marido me descompuso el molino de carne. Ahora tendré que comprar otro. Pero mire, hay que hacer la caridad, cuando quiera puede revolver en mi basura y llevarse los desperdicios”. Agustina no contestó. Estaba confundida. No recordaba cómo llegar a la Cruz Roja. Pensó en tomar un taxi, pero veinte pesos no alcanzaban. Avanzó pidiendo limosna. Nadie le dio dinero. Abordó un microbús al azar y al cabo de unos minutos bajó en la estación Pantitlán. Se sumergió en la masa de obreros, vagabundos, delincuentes y amas de casa que traspasaban los torniquetes. Salió en la estación Polanco. Al llegar a las bolsas Louis Vuitton se sentó en la acera y se  quitó los zapatos. En los calcañales la piel ampollada se había reventado y su carne estaba al descubierto. Un empleado le ofreció dos pesos para que se fuera y no ahuyentara clientes. Agustina no lo oía. Pensaba en lo solo que debía de estar Edmundo y lloró. Sacó el dedo. Lo lanzaba con una mano y lo recogía con la otra. Si fallaba se golpeaba la cabeza. El empleado guardó el dinero. “¿Qué quiere señora?” “Se llevaron a mi esposo a la Cruz Roja”. “Equivocó el rumbo, señora, está en Ejército Nacional, váyase por esa calle”. Se marchó con los zapatos en las manos. Unos perros olfatearon las llagas de sus pies. Sobre la carne viva sintió el calor de las lenguas. La mordían. Irrumpió una patrulla. Los policías la llevaron a la Cruz Roja. Sacaban, en ese momento, el cadáver de Edmundo. “¡Edmundo! ¡Creo que ese es Edmundo!” Las dos camillas se cruzaron y Agustina abrazó el otro cuerpo. “¡Oiga, oiga…! ¿Qué le pasa, eh? ¡Suelte a ese viejo!” No obedecía y dos hombres se lo quitaron de los brazos.

Al despertar de la anestesia por lo primero que preguntó fue por sus zapatos, pues no tenía otros, y le preocupaba estar descalza en el velorio. Le dijeron que al salir se los darían. Pidió su delantal, sacó el dedo de Edmundo y comenzó a acariciarlo. Los médicos y las enfermeras pensaron que se trataba de uno de esos juguetes de terror que venden el día de muertos.

 

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2

El frío se colaba entre las tablas, palos y cartones trayendo el sempiterno olor a excremento, meados y humo de marihuana. El velorio y el entierro de Edmundo habían cansado a Agustina. Se acostó a las dos de la tarde y se durmió al instante. Al despertar creyó estar ante una fotografía mal tomada. Todo era borroso. Le dolía la cabeza y el estómago, tenía calambres en los miembros lacerados. Probablemente hacía cuarenta y ocho horas que no comía. Echó a rodar su cuerpo gordo hasta un bulto de ropa. Encontró la dirección de sus hijos en Estados Unidos, pero las letras estaban desfiguradas por la última inundación. No podría avisarles de lo que había pasado con Edmundo. Sintió deseos de orinar y dejó escapar el líquido sin  subirse el vestido. Al atardecer defecó en su calzón lleno de hoyos. Desde afuera protestó una voz. “¡Que pestilencia, Virgen Santa! Ya se cagó la vieja,  cómo apesta. Vámonos. Vámonos. Vámonos. Vamos… Vamos… Vamos a entrar. No, entra tú. Nosotros nos vamos, entra tú”. El aire se llenó de truenos diminutos cuando una mano apartó la cortina de polietileno y entró a la choza. Depositó una cazuela con agua y un plato con tripas de pollo cocidas. A Agustina le parecieron un amasijo de lombrices blancas. No dio las gracias. El mareo aumentaba. Cerró los ojos y mientras se dormía decenas de gusanos descoloridos bailaban en su cabeza.

 

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3

Una mancha oscura cruzó frente a Agustina. Ella la persiguió estirando el cuello, chocó contra un plato y la vista se le aclaró. Era un gato enclenque y sarnoso. Compartió las tripas con él. Juntos bebieron agua de una cazuela. “Te vas a llamar Edmundo y te vas a quedar aquí”, le dijo Agustina. Se quitó el calzón que contenía el excremento reseco y tres gatos más entraron a la choza.  “Ustedes se llamarán Juan, Agustín y Alberto, como mis hijos”. Los animales la miraron con ese destello de falsa inteligencia que tienen los gatos en los ojos. Agustina imaginó que le reprochaban un olvido. Extrajo del delantal el dedo de Edmundo, lo sepultó debajo de la mesa, y puso una piedra encima. Juan intentó removerla. Las tripas no los habían saciado. Debía conseguirles algo de comer. Recordó que la dueña de la carnicería le había dicho que podía buscar en la basura. Agustina retiró las vendas de sus piernas. Las heridas no se abrieron. Transitó por el pasillo que separaba las dos hileras de chozas y  salió a la calle con la mano extendida.

De un empujón la lanzaron a la avenida. Un coche casi la arrolla. “¡Cabrona! ¿Estás loca?”, gritó el chofer. Agustina volvió a la acera. La esperaba un viejo encorvado. La barba sucia le llegaba al pecho. Vestía un frac raído y un sombrero de copa. “¡Nadie puede pedir limosna sin mi permiso!”, gritó el anciano. “¡Si pides tienes que darme la quinta parte!” Agustina huyó. Tres cuadras después, junto a una pared llena de grafitis que representaban al Che Guevara, al cantante de Tacuba, a Emiliano Zapata, y al Dalai Lama, se detuvo. Su rebozo cayó al suelo partido en dos por una navaja. El viejo le puso el arma en el cuello. “De todo lo que te den tienes que entregarme la quinta parte.” Ella asintió para salvar la vida. Se sentó en la acera y quedaron al descubierto las mordidas de los perros. Una pareja al verla tan lacerada le dio cinco pesos. “Me corresponde uno”, dijo el viejo. Agustina se lo entregó. “Ahora debo llenar tu alta como pordiosera”. El esperpento sacó un formato donde anotó la dirección y el nombre de Agustina. Ella, con los cuatro pesos que le quedaban,  tomó un microbús a la Central de Abasto.

 

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4

Lidia escupía colérica. “Oiga, oiga…”, llamó Agustina. La carnicera clavó el cuchillo en el mostrador. “Lidia, Lidia, Lidia…” “¿Quién es usted, señora? ¿Qué quiere? Si viene a pedir, váyase, no tengo nada que dar, pinche gente que no trabaja y quiere vivir de los demás”. “Lidia, Lidia, usted me dijo hace unos días que podía venir a buscar cosas en su basura”. “Ah, claro, ya me acuerdo, usted es la mujer de ese pendejo de Edmundo. ¿Se murió o no? Si no se murió le advierto que me tiene que pagar el molino que descompuso. Y que no se esconda, porque lo saco de abajo de la tierra”. “Ahí está, señora Lidia”. “¿Cómo?” “Que se murió, señora Lidia, y vengo porque usted me dijo que podía buscar en la basura”. “Ah, sí. Pero mejor mañana, ¿no?” “Ay, señora, no sea mala, es que ellos tienen hambre”. “¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?” “Mis nietos”, mintió Agustina. “¿Y la madre? Seguro se fue de puta. Bueno, bueno, pase allá atrás, por esos escalones”. Agustina bajó con cuidado. Pellejos podridos, cebo, astillas de huesos y otras carroñas difíciles de clasificar cubrían el suelo resbaladizo. Cientos de moscas volaban. Sacó una bolsa de plástico y empezó a llenarla de vísceras hinchadas. Tomó un hígado agusanado, un gran rollo de tripas y una cabeza de puerco. Abrazó el bastimento, la piel muerta y fría del hocico del cerdo le rozaba los labios. Besó la lengua tiesa y miró con cariño los ojos opacos del cadáver.

 

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5

Los gatos maullaban de hambre. Agustina cortó un pedazo de hígado para ella, y el resto de la bolsa lo vertió en el suelo. En ese momento entraron treinta y cinco gatos más. No podía echarlos, tal vez eran amigos de Edmundo, Juan, Agustín y Alberto. Apagó la luz y ellos la cobijaron con sus cuerpos. Al amanecer  vio que los animales lamían la tierra en busca de más vísceras. Debía pedir limosna para alimentarlos. Fue a la estación Balderas y descubrió que tenía muchos competidores. Un hombre sin brazos ni piernas, más bien un torso regordete del que colgaban piecitos flacos y manitas inútiles, chillaba y sacaba la lengua para señalar un plato donde debían echar las monedas. Una india sucia, con una teta afuera,  extendía la mano, y unos diez chiquillos, sus hijos, corrían por doquier pegándose a los pantalones y faldas de los transeúntes. No hablaban español. Sólo se les entendía: “un peso, un peso…” El lisiado y la india monopolizaban la compasión. Y eso sin contar a los hombres y mujeres harapientos, inmóviles, con carteles colgados que proclamaban: “Soy ciego; soy sordomuda; tengo cáncer; me estoy muriendo de sida; espero un trasplante de riñón; soy diabético; padezco esquizofrenia y mis familiares me ponen aquí;  me cayó una viga de una tonelada en el pie; me violaron y perdí el trabajo; soy maniaco sexual y me corren de todas las empresas por andar tocándole los testículos al director general”. Agustina no había traído ningún tipo de publicidad. Buscó un escalón vacío y extendió la mano.