Banalidades de Mario Bellatin

Coincido con el autor de Salón de belleza, de que muchos ni siquiera escribimos: redactamos con muchos esfuerzos, porque apenas tenemos diez años de edad y nos alimentamos sin cesar de detritus

POR Gabriel Ríos

 Coincido con el autor de Salón de belleza, de que muchos ni siquiera escribimos: redactamos con muchos esfuerzos, porque apenas tenemos diez años de edad y nos alimentamos sin cesar de detritus

(www.dangeroustime.com)

En el café al que acudo todos los días aparece una mujer joven, regordeta, que elabora su tesis de maestría acerca de la necesidad que tenemos, según ella, de lo espiritual, desde un enfoque filosófico-social. No habla conmigo, ni yo lo hago con nadie, pero alza la voz, cuando lo comenta con el libanés, que no tiene otra cosa que hacer que escucharla, pelear con su mujer que siempre anda gritándole al hijo que atiende negocios con un tipo que parece homosexual o en todo caso guarda un gran secreto.

Además de platicar, el libanés saca a pasear a un perro pastor belga malinois todas las mañanas; también disfruta de sus zapatos remendados, con los que lleva 50 años, al igual que su matrimonio. Sí, los perros, como de los que escribe Mario Bellatin en su novela, donde un paralítico tiene a su cargo media docena de estos ejemplares.

Me vino a la mente, no en el café sino en viajes recurrentes que hago al norte del país, el libro de James Hillman, El sueño y el inframundo. Quizá porque aparece Heráclito, y mencionar a un griego siempre da nivel, como en los últimos años lo hizo Gabriel García Márquez al recomendar la novela del Premio Nobel japonés, Yasunari Kawabata, el escritor que fue odiado por Yukio Mishima cuando se enteró que la presea no era para él.

Pero por qué Hillman y no un tal J. Zandel y su libro Death as an Enemy Acording to Ancient Egiptian Conception, quien menciona por primera vez, entre dos polos, el hecho que precisa Kawabata, que cuando la gente anda en el techo se tiene la incómoda consecuencia de que la digestión va en dirección contraria: los excrementos llegan a la boca.

Se puede emparentar, incluso, al perro Pongo, que le puso así Mario Bellatin al suyo, en honor a la novela de José María Arguedas, El sueño de Pongo, cuyo significado en quechua es una suerte de esclavo, y en el texto de Arguedas el can sueña en un mundo de cabeza y él humilla a su dueño.

¿Kawabata intenta lo mismo en La casa de las bellas durmientes? Juro que no tengo nada que ver con las opiniones de Gabriel García Márquez, celebridad de la literatura latinoamericana, porque un cuerpo muerto es menos útil que el estiércol.

El viaje que emprendo, entonces, es totalmente demente, pues mantener vivos los sueños, resulta aplastante. Sin más elementos, el ahora famoso libro de Kawabata puede ser el acuse de un instinto mortal.

Hillman opina que el trabajo onírico es un arte de lo pequeño, y a veces nos volvemos precisos solamente bajo presión. La estrechez del cuerpo en un poema que ha sido repudiado por su autor, Mario Bellatin, pero también conservado como un ejercicio de literatura japonesa del siglo XX o una historia de ficción: podría ser la fotografía de Alicia Benavides de una mujer de lot.

 

Yukio Mishima (www.biografiasyvidas.com)

La escritura, un oficio tan vano y sacrificado, de donde algunas veces salen algunas cosas literarias, como Jacobo el Mutante o Bola Negra, generan la misma escritura. Es algo que anota Mario Bellatin desde su mezquita, donde se escuchan voces de dolor.

¿Será el relámpago de Basho o la pirueta de un derviche? Dos realidades inseparables, diría el poeta Octavio Paz, quien advertiría La mirada del pájaro transparente.

Coincido con el autor de Salón de belleza, de que muchos ni siquiera escribimos: redactamos con muchos esfuerzos, porque apenas tenemos diez años de edad y nos alimentamos sin cesar de detritus.

En la obra de Mario Bellatin no pasa nada para el crítico de lugares comunes, porque no se puede responder con lugares comunes. De tal forma que la joven regordeta, aspirante a una tesis sobre la espiritualidad tiene que ver mucho con lo dicho por Bellatin, pues ha contado últimamente que lava su cabello en una jofaina.

Me recuerda a la Protegida, personaje importante en Efecto invernadero, que sin saberlo vive las culpas de una infidelidad ajena.

Espejeándonos en el niño Bellatin hallamos una noticia: el de un insecto que se come a sí mismo. El entomólogo en proceso de crecimiento y el patólogo, un profesional que siembra rosas, mientras explica lo del fármaco de determinada sustancia, de los inválidos o mutantes, de las orquídeas que no son para los cerdos. Intenta lastimar a sus lectores, pues explica al contrario que Confesiones de una máscara de Mishima, su vida y sus raíces con muchísima contención y culpa.

Sigo escuchando a la regordeta, pero ahora dentro de la mezquita de Bellatin. El libanés abraza al pastor belga malinois. Los alegatos de la mujer del árabe es música de fondo para el beso que se dan en la boca, el hijo y el amigo libaneses ambos.

El inframundo de Bellatin no es más que una fantasía de su ego que no escandaliza a nadie, ni con su Flor Araña y a la protagonista Eva mostrando especial agrado en conversar con el travesti Buganvillas, de mediana estatura, que acudía siempre acompañado por su hijo de tres años. El contexto es Flores deshojadas, vaciadas, desnaturalizadas.

Desde la reseña que escribí de Damas chinas, hace 12 años, se antojaba un padre decapitado, castrado, ahorcado, despreciado, que viene siendo el fundador de La escuela del Dolor Humano de Sechuán. El hastío al que ha llegado Mario Bellatin lo ha llevado a escribir sólo pies de notas.