Enero 31, 2013. El arma para conquistar de Rubén Bonifaz Nuño

En 2009, la revista Contenido entrevistó al poeta veracruzano, quien también fue investigador de la UNAM, profesor de latín y traductor de clásicos romanos y griegos. A continuación, la semblanza del también filólogo

POR Alberto Círigo

En 2009, la revista Contenido entrevistó al poeta veracruzano, quien también fue investigador de la UNAM, profesor de latín y traductor de clásicos romanos y griegos. A continuación, la semblanza del también filólogo

(www.marcha.com.mx)

La sala principal del Palacio de Bellas Artes estaba repleta, el público observaba el escenario en penumbras cuando una rizada cabellera blanquecina rompió la negrura y los aplausos se desataron. No se trataba de un director de orquesta, músico, actor o bailarín, sino del poeta y humanista mexicano Rubén Bonifaz Nuño, que a decir del escritor José Emilio Pacheco es “La única persona en el mundo que ha traducido, él solo, a todos los grandes clásicos de Roma”. Algunos lo consideran “El poeta vivo más importante de México”, otros “El mejor humanista del país” y “El más clásico y mexicano de nuestros poetas vivos”; sin embargo, él afirma que el mejor papel que ha podido tener es el de maestro.

Bonifaz Nuño es un dandy. Su famosa leontina de oro con que sujeta el reloj, y su chaleco de seda contrastan notablemente con su concepto de que “El poeta es un hombre común y corriente que sabe escribir versos”. Este mes se le realizaba un homenaje en el Palacio de Bellas Artes por sus 85 años de vida.

Traductor de más de 100 mil versos del latín y el griego al español, ha reducido su ritmo de trabajo: diariamente convertía 100 versos al español antes de que “la muerte” o “la calaca” le diera varios zarpazos: uno en la vista (está ciego), otro en el oído (escucha a través de un audífono) y uno más en las rodillas (le cuesta mantenerse en pie). A pesar de todo, apoyado por sus secretarias (que le leen los versos y transcriben) y por sus ex alumnos, hoy doctores en letras, sigue traduciendo cada vez mejor aunque ahora trabaja menos que antes.

 

El que nunca se raja

Fue el penúltimo de los siete hijos de un telegrafista y de una villista que estuvo en la División del Norte. La familia, como el gobierno de la época, andaba a salto de mata; así pasó por Oaxaca, Chiapas, Guanajuato y Córdoba, Veracruz, donde nació Rubén. En 1928 se establecieron en el Distrito Federal, en una casa en el centro de San Ángel, donde también estaba la oficina de telégrafos; la renta era parte del sueldo paterno.

A los seis años recibió un regalo de su hermano Juan, Al Polo Norte de Emilio Salgari, que despertó en él su pasión por la lectura; después siguió con Los náufragos de Liguria, El corsario negro y Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Pero sin duda su autor de aventuras más querido es Henry Rider Haggard, del que devoró Las minas del rey Salomón, Cleopatra y otros títulos, y aunque Bonifaz Nuño también ha leído libros de la saga de Harry Potter dice que éstos no tienen comparación con los libros de aventuras de su niñez. También leyó Ilíada y Odisea en la colección de clásicos editada por José Vasconcelos.

“Yo entonces no sabía que eran clásicos, pero los leía por puro gusto; encontré en ellos una exaltación de lo humano, un ennoblecimiento del ser humano que daba orgullo ser hombre”. Años después emprendió la magna tarea de traducir Ilíada. Su traducción es considerada una de las mejores porque reproduce fielmente el espíritu homérico.

Las primeras lecciones escolares las recibió de su madre, luego pasó por las primarias Encarnación Gómez y Porfirio Parra, escuelas oficiales donde además se fue forjando el carácter. La secundaria la estudió en la número 10, donde tuvo a un compañero llamado Ángel Bassols con el que se peleó una docena de veces y siempre perdió. Cincuenta años después cuando le preguntaron a Bassols cómo era Bonifaz en su juventud, él respondió: “No sabía pelear, pero nunca se rajaba”.

Cursó el bachillerato en la UNAM: primero ciencias químicas, que cambió luego por ciencias sociales, e ingresó a la Escuela de Jurisprudencia donde se graduó como abogado y empezó su contacto con el latín.

 

Versos de cantina

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En la adolescencia, su hermano Juan le regaló su primer libro de poemas, Rimas, del romántico español  Gustavo Adolfo Bécquer, y empezó a hacer poesía como arma para conquistar a las mujeres: “Pero nunca me dio resultado”, aunque sí a sus amigos, quienes con los poemas de Bonifaz lograban enamorar a las muchachas.

Empezó a escribir versos, primero imitando a Bécquer y entró al concurso de Poesía Aguascalientes (1945) y ganó un premio, además del dinero que era muchísimo en comparación al sueldo de telegrafista de su padre. Allí conoció a Gabriel Méndez Plancarte, uno de los jurados quien le dio, en un breve encuentro, una gran lección de retórica y versificación, que le sirvió para que un año después ganara los tres premios del concurso y repitiera en los dos años posteriores. Pero no sólo eso, sino que Agustín Yáñez, otro de los jurados y gran literato mexicano, escribió un elogioso artículo que todavía “Cuando estoy en la depresión, esta página me alienta y hace que me sienta como entonces: aspirante a la gloria del poeta”. Sin ese aliciente, dice Bonifaz  Nuño, él no hubiera podido seguir escribiendo.

Entre sus libros de poesía fundamentales se cuentan Los demonios y los días, El manto y la corona, Fuego de pobres, Siete de espadas, Tres poemas de antes, As de oros, El corazón de la espiral, Albur de amor, Del templo de su cuerpo, Trovas del mar unido y Calacas. Uno de los momentos más gratos como poeta lo recibió cuando en una cantina un hombre recitó sus versos, lo cual lo emocionó mucho.

 

El sentido de la vida

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Otro aspecto que también se reconoce en Bonifaz Nuño es su interés por el mundo prehispánico, sus manifestaciones plásticas y su poesía. Comenzó a interesarse cuando de joven iba al Museo Nacional, entonces situado en la calle Moneda –a unas cuadras de la escuela de leyes en San Ildefonso— a observar la imagen de Coatlicue y otras esculturas, y empezó a “interrogarlas” desde entonces. Parte de esas respuestas que en “secreto” le otorgaron se encuentran en sus libros El cercado cósmico, Imagen de Tláloc, Escultura azteca, Hombres y serpientes, Iconografía olmeca y Cosmogonía antigua mexicana. En épocas recientes escribió Los cuentos de los abuelos, un libro que la Secretaría de Educación Pública repartió entre los infantes mexicanos, basado en historias que le contó un indígena que trabajaba en el telégrafo como mensajero de su papá.

Su amor por las letras clásicas tomó forma cuando en la UNAM uno de sus maestros dejó como suplente a una alumna suya. Bonifaz, por enamorar a esa muchacha, se interesó en el latín, materia que después él mismo impartió por más de 20 años.

Profundo admirador de las mujeres, Bonifaz coincide con el poeta Rilke en que la mujer es superior al hombre, y en una entrevista con la periodista y poeta Miriam Moscona señaló: “Los hombres sólo servimos para servir a las mujeres y muy pocas veces lo hacemos bien”. Hoy, Bonifaz agrega: “En cuestiones de amor el hombre no hace más que repetir y repetir mal lo que ha aprendido de la mujer y nunca aprende”.

Bonifaz Nuño es ampliamente reconocido por su habilidad como traductor de los grandes clásicos de los que ha decantado la técnica, la perfección gramatical y el ritmo; ha puesto en español a Virgilio, Ovidio, Homero, Eurípides, Catulo, Píndaro, Lucrecio, Horacio y Julio César.

En estos tiempos en que la violencia sacude al país, Bonifaz dice que le gustaría tener el poder de cambiarlo, no obstante “La poesía no puede hacer nada; quien puede cambiar todo es el hombre común, que no cree en la gloria efímera del poeta pero que sí puede tener la gloriosa resistencia de Héctor cuando defendía la ciudad de Troya”, sostiene el humanista.

A pesar de que comparte la ceguera con el poeta Homero o el escritor Jorge Luis Borges, Rubén Bonifaz Nuño se mantiene firme, como su poesía, que no se raja:

 

Trabajo tuyo y mío

es abrir las ventanas, las opacas

paredes, asomarnos a las cosas,

y no quedar en paz, no ser felices

mientras haya tristeza, mientras haya

algo que no esté hecho, mientras llore

sentado en una calle, entre las gentes,

un perro abandonado.

 

Recuadro

Rubén Bonifaz Nuño es poeta, investigador de la UNAM desde hace más de 40 años, profesor de latín y traductor de los grandes clásicos romanos y griegos. Ha sido director de Publicaciones de la UNAM, coordinador de Humanidades, creador del Instituto de Investigaciones Filológicas, director de la colección Nuestro Clásicos y de la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Latinéate Fovendae de Roma. También ha sido director del Centro de Estudios para la Descolonización de México, doctor Honoris causa por las universidades Nacional Autónoma de México, Autónoma del Estado de México, la De Colima y la Veracruzana; Premio Nacional de Letras y recibió la Orden del Mérito de la República Italiana en grado de Comendador. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, portugués, alemán y ruso.

 

Tomado de: Contenido. Enero 31, 2013.