Euronírica. Madrid y Toledo

POR Teófilo Huerta

(Tercero de cuatro capítulos)

En hotel percibí la narración de un partido de futbol por radio. Al percatarme que se trataba de un amistoso del Atlético de Madrid pedí permiso de escucharlo. Mi interés se fundaba en que Hugo Sánchez se estrenaba en las canchas españolas

 

Madrid: encuentro de costumbres, vivencias y esperanzas

Toledo: pintura viviente que conmueve el alma

(hotelescentromadrid.es)

Tan pronto nos alojamos en un viejo hotel en el centro de Madrid, los más trasnochados tomamos un cafecito en la vía pública. Nuevamente se organizó una ronda nocturna de la que me desmarqué excusando cansancio. Caigo ahora en la cuenta de que, independientemente de que mi cuerpo sí me exigía los puntuales descansos tanto por el cambio de horario como por el diario trajín, tenía una predisposición a huir de la fatiga so pena de tener alguna recaída por la relativa cercanía de una hepatitis que me había tumbado por tres meses.

Poco vi de Madrid la primera noche, máxime que la Plaza Mayor se encontraba cercada en plena rehabilitación. Pero la siguiente mañana en gira grupal recorrimos en autobús las principales avenidas, bajamos al parque de El retiro, entramos al Museo del Prado previa advertencia de tener cuidado con los carteristas, y allí sí retuve imágenes de los cuadros de Goya, como La maja desnuda.

Por la tarde recorrí los alrededores del palacio real y luego me sentí más que nunca que estaba en el Parque Hundido del Distrito Federal, y después fulminantemente como en la mismísima Avenida Juárez, máxime que una sala de cine tenía en cartelera una película de Cantinflas. En efecto, en el centro de Madrid no me sentí ajeno y ello lo atribuí a que finalmente el paisaje arquitectónico mexicano tiene toda la influencia española. Eso sí, los titulares de los diarios en los kioscos me regresaban a la “Madre Patria”.

Me interné en la famosa tienda El Corte Inglés, donde en el departamento de pipiolos encontré un pantalón de mi talla y después en el restaurante de autoservicio pude probar una rica sopa helada llamada Gazpacho. En mi larga caminata por el centro lancé el piropo de guapa a una hermosa y alta madrileña acompañada por su amiga; en respuesta recibí un efusivo gradcias que me dejó perplejo… y satisfecho.

 

(www.euroresidentes.com)

En la jornada siguiente salimos por la Puerta de Alcalá a Toledo, un pintoresco poblado emparentado ampliamente con Taxco. Tomé fotos a diestra y siniestra. Conocimos la Catedral primada, caminamos las calles empedradas y asistimos a un taller de plata. Luego tomamos rumbo a El Escorial, vieja construcción que fue monasterio y que para entonces no sólo guardaba los restos de reyes e ilustres personajes sino que increíblemente tenía con toda prevención apartado el espacio con todo y placa para los reyes vivos Juan Carlos y Sofía. De allí a unos metros el imponente Valle de los Caídos. Si el Coliseo en Roma me trajo remembranzas de un bestial espectáculo de luchas, el Valle parecía que guardaba entre las hojas de los árboles los auténticos ecos de los republicanos que sucumbieron por un noble ideal.

La tarde fue libre y en compañía de Verónica y Marisol fuimos al correo, desde sonde envié algunas tarjetas postales; luego nos retratamos en Las Cibeles, de una reluciente piedra beige y no de bronce como su réplica de la colonia Roma. Las compañeras de pronto se afanaron en recorrer varias joyerías hasta hallar un buen reloj de regalo. A propósito de artefactos que miden el tiempo, a mí me pareció que desperdiciábamos valiosos minutos, máxime con el plan encima de visitar un espectáculo de tablao, lo cual terminó por no concretarse.

En los pasillos del hotel percibí la narración de un partido de futbol por radio. El sonido provenía de la cocina y al percatarme que se trataba de un amistoso del Atlético de Madrid pedí permiso de escucharlo. Mi interés y emoción se fundaban en que un connacional, Hugo Sánchez, se estrenaba en las canchas españolas. El cronista mencionaba continuamente tanto a Hugo como a Dirceu, brasileño compañero suyo que recién también había jugado en México, y con cada mención a mí se me erguía el pecho; de pronto, una falta en el área le dio la oportunidad al mexicano de cobrar un tiro penal, que apenas fallado hizo explotar de enojo a uno de los lavadores de platos y a mí huir del sitio. A la larga y para orgullo nacional pesó la sabia frase de una de las compañeras de la cocina que entre la bravata del otro había expresado: “Bueno, denle tiempo, apenas está comenzando”.

Así transcurrió Madrid, entre parques, museos, futbol por radio…